Ventajas de vivir en París.

El cielo gris de París me resulta especialmente atractivo. París es París cuando los días son grises y húmedos. Cuando amenaza tormenta y las nubes son de un gris oscuro es entonces cuando soy más consciente de vivir en París. Todavía hay momentos en los que me sorprende verme en esta ciudad, doblo una esquina y me digo, no sueñas, vives en París. Esta sensación es fugaz, un breve instante que sucede cuando consigo liberarme de los ruidos que produce mi jodida cabeza con el único objetivo de volverme loco. Después de todo, yo no debería estar viviendo aquí, pienso esbozando una sonrisa. A veces pienso que debería, como mínimo, estar encerrado a cal y canto en algún tipo de institución mental.

La principal ventaja de vivir en París es que ya no necesito soñar que vivo en París. Como sueño no es muy original, no pretendo serlo. No soy original y me importa un bledo. París me impide pensar en todas aquellas ilusiones vanas de la infancia y de la adolescencia. Mi pasado es borroso, muy confuso, ni siquiera estoy seguro de recordar si tenía algún sueño o aspiración especial cuando era un chaval a parte de ser escritor. Siempre quise ser escritor, podría incluso decir que siempre me sentí escritor. Imaginar historias ha sido siempre mi afición preferida. A los cinco años contaba aventuras increíbles y totalmente improvisadas a mis compañeros de clase mientras esperábamos nuestro turno para comer. Historias de náufragos, eso es lo que les contaba a mis dos mejores amigos en aquel pasillo de colegio. Los tres hemos resultado unos náufragos de la vida como lo somos todos lo queramos aceptar o no.

En algún momento soñé con ser un autor famoso e influyente. Es muy posible que no fuera ese mi destino, es muy posible también que carezca de todo cuanto se necesita para ser ese tipo de persona. Tengo la sospecha que la fama es pasajera y caprichosa. Sospecho igualmente que el éxito esclaviza a las personas y que antes o después anula su autenticidad.

No soy ambicioso porque aún no me conozco bien, todavía ignoro quién soy en realidad. Llegó un momento de mi vida en que sobrevivir se convirtió en algo totalmente prioritario, las ambiciones y aspiraciones quedaron en un segundo o tercer lugar. Desconozco si volverán a despertar, si volveré a soñar con ser algo más que un náufrago en una isla desierta. No podría poner la mano en el fuego, a lo largo de mi vida me he quemado infinidad de veces.

Mi vida en París es como un regalo. Por el momento, no me veo en otro lugar. Quizá mi única ambición sea vivir en París por el resto de mi vida.

Le RER B direction Mitry

Ayer en la Gare du Nord. Tenía que dar una última clase de español en Villepinte, no lejos del Aeropuerto Charles de Gaulle. La última vez que fui hasta allí me perdí. Llegué tres cuartos de hora tarde. La madre de la alumna tuvo que venir a buscarme a un pueblo vecino. Eso sucedió hace dos semanas, al día siguiente me mudaba.

Debido a una huelga hay servicios mínimos en el transporte. La Gare de Nord es un hervidero de gente desorientada que no encuentra el tren que les lleve a sus casas o al aeropuerto. Yo soy uno de ellos. Me pregunto qué coño hago aquí. Todo este lío para dar una hora y medía de español a una chica que ya terminó sus clases. Un agente de la RATP me informa que el RER B dirección Mitry no sale de su plataforma habitual.

Me cuesta unos minutos entender de donde sale este jodido tren. Finalmente, lo encuentro y me subo al vagón. Enseguida se llena de gente, de gente humilde que vive en lugares como La Courneuve o Drancy. Yo voy a Vert Galant, no lejos del final del trayecto. En diez minutos el vagón se llena hasta los topes, no cabe un solo alfiler y hace calor. Yo me he podido sentar y observo con un ligero punto de angustia los rostros curtidos de todos mis compañeros de viaje. La mayor parte de ellos son inmigrantes. Hay un hombre de apariencia magrebí con una enorme cicatriz en su cabeza afeitada. Hay mujeres con velo, jóvenes de color con los cascos de música enfundados en sus cabezas, mujeres del este de Europa con melenas rubias y rizadas, dos chicas jóvenes de color con piercings y tatuajes y un señor árabe de gesto grave y ausente.

Sentada a mi lado, hay una pareja francesa de mediana edad que habla con el típico acento de las clases populares de París. La mujer habla por teléfono y dice : «On décolle dans 7 minutes». Su propio labsus le hace reir, décoller quiere decir despegar. La imagen de este tren despegando para surcar los cielos de la région parisienne me ha arrancado una cínica sonrisa. Pero no la miro, estoy un poco angustiado en este vagón lleno hasta los topes que parece no querer partir de la Gare du Nord.

El tren sale con tan sólo cinco minutos de retraso sobre el horario previsto. Llego puntual a mi cita. La clase transcurre de manera satisfactoria. La alumna, a pesar de sus frecuentes bostezos, realiza todos los ejercicios que le propongo. Hemos dado la clase en la cocina de esta humilde casa. La madre me tiende los cupones de pago, pero se equivoca y me da uno de más que le devuelvo con una sonrisa. Me previene que debido a la huelga puede que me resulte difícil volver a París.

En la estación de Vert Galant debo esperar tres cuartos de hora. Tengo tiempo para meditar. Recuerdo todo lo sucedido en estos últimos meses. Los alumnos del Collège, sus ávidas miradas y aquellas noches sin dormir. Recuerdo también aquella mañana en la que mi ex, antigua viajera del RER A, me dijo que quería dejarlo. Yo estaba en la cama, medio dormido. No me dio más explicaciones. Cuando luego la llamé por teléfono a su trabajo me trató como si fuera un desconocido, una persona que te molesta con un asunto absurdo e intrascendente a media mañana.

Me vuelve la imagen del piso de Jourdain donde pasé dos meses y medio y me rehice una vez mas a mí mismo. Esto es lo que pasaba por mi cabeza en la Gare de Vert Galant. ¿Cuántas veces podemos rehacernos a nosotros mismos? ¿Acaso no es eso la vida? ¿Rehacerse y transformarse constantemente?

El RER B me devolvió a la Gare de Nord, pero yo ya me había vuelto a transformar en otra persona, en otro ser humano hambriento por vivir.

Unknown

Déménager. (Solo)

Soy un experto en mudanzas de pequeña escala. Las organizo meticulosamente, no dejo un mínimo detalle al azar. Creo que esta vez me he superado a mi mismo. Un viaje en el Bus 26, un pequeño trayecto en taxi y asunto arreglado. Sin embargo, no puedo evitar experimentar cierta sensación de vértigo y desasosiego una vez que me encuentro sólo rodeado de mis bártulos en mi nuevo espacio.

De nuevo debo habituarme a una nueva casa, a un nuevo barrio. Después de tantes mudanzas, cinco en los últimos dos años, debería estar acostumbrado. No es así, me sigue resultando agotador cambiar de decorado. Los nuevos ruidos, los nuevos vecinos, los nuevos macarras del barrio…

Vaya donde vaya me encuentro siempre con los típicos pintamonas de barrio. No me molesta, son acogedores a su manera, se dejan ver y son los primeros en darte la bienvenida con sus gritos y aspavientos.

Luego están los ancianos del barrio y del edifico. Son los segundos a descubrir, son estáticos y eso les hace mas visibles. Asomados a las ventanas del inmueble ven la vida pasar sin juzgar a los demás. Sus miradas vacías han visto demasiado y atrincherados en sus apartamentos renuncian a seguir tomando parte del juego absurdo, fascinante y cruel de la existencia humana. Los jóvenes macarras y los viejos lo ignoran, pero forman parte del mismo grupo de gente. Son los primeros en darte la bienvenida.

Por otra parte, alejándome de consideraciones aparentemente más profundas, me veo obligado a conceder que el barrio donde vivo ahora es especialmente agradable. No me puedo quejar, esta vez he subido de nivel. Vivir cerca del Canal Saint Martin es un verdadero lujo. Salgo de mi casa, camino dos minutos y me doy de bruces con él. Me entran unas enormes ganas de sumergirme en el agua verde oscura del Canal Saint Martin.

Ayer por la tarde me infiltré en el Point éphémère, centro de enrollados culturetas donde los haya. No llegué a tomarme nada. Me hubiera tomado una tónica swcheppes, pero los camareros eran tan estúpidos que decidí que era mejor no establecer contacto visual directo con ellos. La estupidez extrema resulta peligrosamente contagiosa.

Aún no tengo instalada la conexión a internet ni tampoco la televisión. Me han mandado un paquete con la dichosa Freebox, pero se olvidaron de incluir una pieza sin la cual no puedo hacer nada de nada. Mientras espero la llegada de esta santa pieza me dedico a ver viejas películas francesas.

Ayer vi por segunda vez “Solo” de Jean-Pierre Mocky. Es una película muy curiosa que tiene unos diálogos francamente inspirados. Narra la historia de un grupo de estudiantes parisinos que desencantados de las vanas promesas del Mayo del 68 deciden pasar a la acción. Se convierten en terroristas.

Mocky interpreta al hermano mayor del jefe del comando, un elegante violinista y sofisticado ladrón de joyas. La suya es una lucha individual. Un personaje, un componente del comando, le califica de parásito y de cínico. Una atractiva chica, también miembro del comando, le tacha de conservador por no querer practicar sexo con ella en un coche. El personaje encarnado por Mocky le replica a esta última: «C’est mon côte de vieux à la con».

Yo también tengo un lado de viejo cínico y estúpido. Es cierto que la mía es también una lucha principalmente individual.

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Adieu au 20 ème !

Me voy del 20ème. Llegué el mes de noviembre pasado pensando que pasaría en este barrio del este de París un importante y largo periodo de mi vida. Finalmente no ha sido así. Importante puede decirse que ha sido, eso no lo niego. En los apenas siete meses que he vivido aquí me han pasado muchas cosas, algunas de ellas un tanto duras, todo hay que decirlo. Pero no le guardo ningún rencor a este barrio, todo lo contrario, he aprendido mucho de la vida en el 20ème.

La portera de mi edificio, como no podía ser de otra manera, ya sabe que me voy. Es prácticamente imposible escapar a la vigilancia de esta mujer y de sus dos gatos. En el pasado llegó a tener diez gatos y un perro, un bulldog. Todos vivían en perfecta harmonía. Estuvo a punto de comprar un dogo argentino a quién pretendía llamar Diego, pero desechó la idea debido a una característica de estos perros que ahora me resulta imposible recordar. Yo siempre he tenido perros, soy alérgico a los gatos. De hecho, no me gustan nada los gatos. Cuando era pequeño un gato me mordió el dedo gordo del pie, fue una experiencia traumática que me ha marcado para siempre.

Esta mañana le pagué lo que le debía al propietario del apartamento donde he pasado estos dos últimos meses. Fue rápido, este hombre es un pintor de origen iraní que no se anda con rodeos. Le pagué, cogió un par de grabados que guardaba en un viejo arcón y se fue. Creo que ni siquiera se quitó el casco de la moto.

Mañana termino mi trabajo en el Liceo. Luego el vacío total. No tengo nada previsto, no tengo ningún trabajo salvo quizá alguna que otra clase particular de español.

El otro día alguien me preguntó porqué seguía en París después de todo cuanto me había sucedido. La verdad es que no creo que sea para tanto, hay gente que lo pasa mucho peor. Mis últimos diez años en Madrid fueron infinitamente más duros. En Madrid me divorcié de mi ex mujer, posiblemente la mejor amiga que he tenido en mi vida. En Madrid tuve que cerrar mi negocio, la librería bar que llevaré siempre en mi corazón. Y sobre todo, en Madrid me perdí por completo. Pequeños fragmentos de mi ser vuelan todavía por los rincones de Madrid y de su periferia como los pedazos desprendidos de una estación espacial abandonada. Dan vueltas y vueltas en el espacio de la noche y de la madrugada madrileña. Ahora sirven como puntos de referencia para otros navegantes intergalácticos.

Inventario personal después de dos años en París.

Hace dos años que vivo en París. Durante este tiempo he vivido en cuatro apartamentos diferentes. Hace un año que comencé este blog. Al menos espero vivir un año más aquí. Vivir en París se ha convertido en mi raison d’être.

Tengo un número de seguridad social provisional que me permite trabajar pero todavía no tengo derecho a recibir asistencia médica. Esto es lo que pasa cuando uno nace en E.E.U.U, menuda ocurrencia la mía.

Me defiendo bastante bien con el francés. Mi esfuerzo me ha costado, cuando llegué me costaba mucho hacerme entender. Escribo francés todavía de manera regular. Soy disléxico, o eso al menos me cuento a mi mismo para enmascarar y no asumir mi congénita pereza ortográfica.

París es una ciudad cinéfila, aquí la gente va más al cine que a misa. Yo soy un feligrés mas en la oscuridad del Mk2 Gambetta o del Majestic Bastille.

Soy habitual de varios cafés del 20ème arrondissement. Últimamente frecuento Aux Ours en el 236 de la Rue des Pyrénées.

He trabajado en una librería regentada por un doble de Peter Sellers. He colaborado para dos editoriales francesas leyendo manuscritos en lengua castellana. He enviado mi C.V. mil y una veces. Me han respondido en muy contadas ocasiones. He trabajado como profesor de español en un Collège infernal. He organizado talleres literarios en un Liceo alternativo para jóvenes “décrocheurs”. He leído cuentos a niños de 3 a 5 años en Écoles maternelles del 15ème y del 16ème arrondissement. He organizado un taller de escritura de blogs literarios en el Instituto Cervantes de París, (logro mayúsculo). Desde el pasado mes de marzo organizo un taller de español e inglés en un Liceo alternativo para jóvenes que han tenido problemas de adaptación en la educación tradicional.

Tenía una novia parisina, francilienne para ser mas exactos, pero me salió rana y ahora salgo con una chica alsaciana que, entre otras cosas, me hace reír un montón. Mi abuela materna que era de Pamplona hubiera dicho de ella: «Esta chica es hinchante».

Sigo sin consumir. Sigo asistiendo a las reuniones. Sigo esperando un milagro que ignoro para qué servirá, si es que sirve para algo.  Sigo mirando a las mujeres de manera obsesiva. Como si una de ellas pudiera salvarme la vida. Ese debe ser el milagro, que una mujer me salve la vida.

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Jean Pierre Léaud en El Reino de los Sueños Perdidos.

El otro día coincidí con Antoine Doinel, es decir, con Jean Pierre Léaud, en un restaurante español del 5ème arrondissement. Léaud tenía muy mal aspecto, apenas hablaba y cuando lo hacía su débil hilo de voz era casi inteligible. Estaba acompañado por otras dos viejas glorias a las que no pude poner nombre. Un hombre grueso que no paraba de hablar de los «viejos tiempos» y una vieja dama tan demacrada como coqueta que no abrió la boca para hablar una sola vez.

Yo le daba la espalda a Jean Pierre Léaud, sólo podía verlo si me daba la vuelta, pero su presencia me impresionó enormemente. Nunca pensé que podría coincidir con él, llegar un día a verlo con mis propios ojos. Aquel niño que mira directamente a la cámara en la escena final de Les Quatre Cents Coups estaba sentado tan sólo a unos dos metros de mí. Por un momento, todo mi cuerpo se estremeció, Jean Pierre Léaud…

Al levantarme para ir al baño pude verle mejor. Parecía borracho y estaba totalmente dejado. Mi admiración se tornó en una profunda sensación de tristeza. Era tan sólo una lejana sombra de lo que fue en su día. Un rostro difuminado por interminables horas de alcohol y soledad, eso es lo que tenía ante mí. El cruel rostro del abandono, de la renuncia y del dolor.

Le había visto por última vez en la estupenda película Camille Redouble de Noémi Lvovsky. En esta película tiene un pequeño papel, interpreta a un excéntrico relojero que recita una oración a la protagonista, la oración de la serenidad. Una oración que, aunque no soy creyente, conozco muy bien. Dice así:

«Dios, concédeme serenidad para afrontar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia».

Cuando le escuché recitar esta oración me conmovió profundamente. En la reparadora oscuridad de la sala de cine me sentí íntimamente conectado con el viejo Antoine Doinel. Ambos conocíamos el secreto de la oración de la serenidad. Un año y pico después, allí lo tenía, borracho y consumido ante mis propios ojos y a plena luz del día.

Yo no quiero convertirme en la sombra de mi mismo. No quiero ser un alma en pena. No quiero ser un jodido muerto viviente o un fantasma condenado al limbo. No quiero escuchar ausente y abatido las viejas y aburridas historias de tiparracos que lo único que quieren es aprovecharse de mí.

Es por eso que desde hace ya más de cuatro años intento cambiar lo que está en mi mano y no pensar demasiado en aquello que queda fuera de mi alcance. El rezo lo dejo para otros, pero cualquier cosa me parece válida para evitar ser un triste y escalofriante habitante del reino de los sueños perdidos.

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LAS BANZAI (Versión 2014).

Las Banzai eran tres. Iban siempre juntas. Tomaban la primera cerveza en el bar que mis amigos y yo frecuentábamos cuando teníamos dieciséis años. Nosotros las llamábamos las Banzai. Ellas eran más jóvenes, tendrían un par de años menos, o quizá o no, puede que tuvieran nuestra misma edad. Es difícil decirlo, nunca hablé con ellas, nunca les dirigí la palabra. Ellas tampoco nos hablaron jamás.

Pocos años antes de conocer a las Banzai, yo era un pequeño freak que jugaba a las chapas reproduciendo el Tour de Francia etapa por etapa y que pasaba horas interminables desplegando ejércitos de soldados en miniatura por jardines propios y ajenos. En un abrir y cerrar de ojos me vi en un descampado, no para jugar con mis inofensivas chapas e inocentes soldaditos de plástico, sino formando parte de una enloquecida pandilla armada de drogas hasta los dientes.

Mis amigos y yo éramos una pandilla de suicidas superados por los efectos del alcohol, el hachís y los ácidos. Teníamos algo de esos soldados que son enviados al frente sin preparación alguna, de carne de cañón. No estábamos preparados para recibir tanta metralla y menos aún para las sutilezas de la seducción femenina. Yo desde luego, no lo estaba. No sé que me aterraba más, las peleas o tener que hablarle a una chica que me gustaba. Ambas cosas me dejaban completamente paralizado.

Algunos de mis amigos eran expertos seductores que no pestañeaban al acercarse a las chicas en antros y tugurios de todo tipo, otros, en cambio, eran guerreros consumados siempre listos para el combate y no dudaban un instante a la hora de soltar un buen par de puñetazos al primer despistado que pasaba por allí. Yo destacaba en el arte del mutismo absoluto. Mis negras ojeras alcanzaban desmesuradas dimensiones y mi boca quedaba sellada ante el dantesco espectáculo nocturno del noroeste madrileño. Bares y discotecas atrozmente impersonales donde era ciertamente imposible no perder la cabeza ante tanta exhibición de mediocre superficialidad. La violencia era una salida fácil, lógica. No para mi, un ser amedrentado que tan sólo bajo los efectos de las drogas y el alcohol podía derrumbar todas las barreras de terror que me producían los demás.

Los viernes por la tarde, después de salir del colegio, llamaba uno a uno a todos mis amigos. Me pasaba una hora al teléfono. Quedábamos primero en mi casa. En mi terraza fumábamos los primeros canutos. Juntos cogíamos el auto-bus que nos llevaba al pueblo vecino. Una vez allí nos dirigíamos al bar donde coincidíamos con las Banzai. Las Banzai tenían un estilo propio y cierta actitud de rebeldía, no eran como la mayoría de las chicas de la zona.

La más alta era mi chica Banzai. Tenía el pelo largo y castaño cortado a flequillo. Era delgada, y en mi memoria la recuerdo vestida con un holgado jersey de lana, pantalones ajustados y zapatillas de deporte blancas muy gastadas. Sus ojos eran castaños y tenía unas ojeras que me resultaban muy atractivas. Tenía una mirada triste, o quizá es así como yo la quiero recordar. Su mejor amiga, con la que siempre parecía estar conspirando, era bajita y morena. De la tercera tan sólo puedo recordar que era rubia y que llevaba el pelo corto. Ninguna de ellas encajaba en aquel bar inmundo donde nos sentábamos tan cerca los unos de los otros en unas incómodas butacas blancas.

No coincidíamos nunca con las Banzai en otro bar o discoteca. Seguramente saliesen luego por Madrid, tan sólo tomaban esa primera cerveza en el pueblo. Nosotros nos quedábamos en aquel maldito pueblo de mierda. No teníamos coche y las pocas veces que lo conseguíamos, resultaba verdaderamente milagroso no sufrir un accidente mortal. Tuvimos suerte, otros no la tuvieron. Una noche coincidimos con ellas por la calle. Las vimos a los lejos, bajaban hacia la parada del auto-bus. Uno de mis colegas salió corriendo totalmente enloquecido tras ellas gritando: ¡ Banzai, Banzai ! Creo que ellas no se dieron cuenta de nada, las vimos subir la auto-bus sin mirar atrás. Nuestro amigo, el idiota que las persiguió, resbaló y cayó al suelo. Desafortunadamente, no se hizo ni un triste rasguño. Lo hubiese matado en ese mismo instante. Nunca le perdoné.

Las Banzai dejaron de ir a tomar la primera cerveza en aquel bar. No las volví a ver. No tengo la menor idea de lo que habrá sido de sus vidas. No sé como se llaman. No las puedo buscar en Google, ni en Facebook y menos aún en la GuíaTelefónica. Lo que tengo claro es que existía una silenciosa complicidad entre nosotros. Nos reconocíamos los unos a los otros. Nos hubiese gustado hablar otro idioma, haber tenido una familia diferente y haber estudiado en otro colegio. Nos hubiese gustado crecer en otro barrio, en otra ciudad, en otro país.

Monsieur Putain et la concierge.

Monsieur Putain, así me llamaban algunos de mis alumnos en el Collège. Me enteré a la vuelta de las últimas vacaciones escolares. Cuando entré en clase aquel ya lejano lunes 3 de marzo había una nota sobre mi mesa. La nota decía lo siguiente: «Monsieur Pita, vous êtes cool !». Este mensaje no era negativo, todo lo contrario, pero la nota no se acababa allí. Escrito con una letra diferente, otro alumno había escrito un mensaje que decía únicamente: «Monsieur Putain…». Finalmente, era Monsieur Putain lo que prevalecía. Monsieur Putain no podía ser tan «cool».

Lo comenté con los otros profesores. Una profesora me dijo que debía localizar a los alumnos que me habían escrito la nota. «Puedes descubrirlo por la caligrafía», me dijo muy convencida. Era mi última semana en aquel colegio infernal y no juzgué oportuno perder mis últimos días en tamaña investigación.

Hoy hace un mes que acabé mi contrato en el Collège y tengo la impresión de estar viviendo una vida totalmente diferente. De hecho, muchas cosas han cambiado en este último mes. Una de ellas es el lugar donde vivo.

Mi nuevo apartamento no tiene mucha luz, pero tiene los techos altos y no tengo la sensación de claustrofobia y hacinamiento que tuve en anteriores pisos. Mi vecino es un gran aficionado al fútbol, todos los fines de semana le escucho animar al PSG. Por la única ventana del piso puedo ver un edifico en el que han construido unos enormes lofts. Por las noches, uno de los inquilinos de estos lofts ve la televisión en una pantalla gigante.

La portera de mi edificio es una cotilla empedernida. Cada vez que me cruzo con ella por las escaleras sufro un interrogatorio en toda regla, ella misma lo dice: «Je suis curieuse, tu sais ?». El otro día coincidimos con ella en la entrada del edificio, yo iba con una amiga, y la concierge, ni corta ni perezosa, me preguntó: «C’est ta copine ?». Cuando recibo correo lo hace pasar por debajo de mi puerta y luego siempre lo comenta conmigo cuando nos cruzamos por las escaleras.

Los días de diario a las diez de la mañana, si aún no estoy despierto, los niños del colegio que hay justo pegado a mi edificio se encargan de hacerlo. El griterío que forman durante su primer recreo del día sería capaz de despertar y devolver la vida a los mismísimos difuntos.

En el nuevo edificio nadie conoce al Monsieur Putain, ni siquiera la portera sabe que aquellos petits monstres me llamaban así. Seguro que le haría mucha gracia. Monsieur Putain, diría muerta de risa, Monsieur Putain…

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Madame Connasse.

El pasado miércoles tuve el gusto de conocer a Madame Connasse en la línea 6 del metro. Se subió en Nationale o en Dugommier, no podría decirlo con certeza. Llevaba una botella en la mano de champagne de dudosa factura como quién porta la llama olímpica. En la otra mano llevaba un papel, una especie de notificación oficial. Tenía un compañero, un hombre con aspecto de clochard que a diferencia de Madame C., no parecía querer llamar la atención. Vive la France!, ese fue el primer grito de guerra de Madame C. Su voz era ronca, tenía un ligero acento extranjero y su rostro rivalizaba en maldad y dureza con el de la mismísima Cruela Devil. Iba vestida de forma sencilla, pero en absoluto daba la impresión de ser una persona descuidada o abandonada.

Eran alrededor de las tres de la tarde, me dije que debía llevar toda la mañana pimplando. Descorchó el champagne como una auténtica profesional, ni una sola gota cayó de la botella. Comenzó entonces a mostrar el papel al mendigo, parecía muy orgullosa de ese dichoso trozo de papel. Deduje entonces que Madame C. festejaba algo y que su acompañante era posiblemente una amistad reciente, un camarada de borrachera. Un tipejo que soportaba entre estoico e indiferente los aspavientos de su nueva «mentora». Madame C. comenzó a buscar nuevos horizontes, nuevos interlocutores, era obvio que el mendigo no era público suficiente para ella.

El vagón no estaba muy lleno, éramos unos quince afortunados los que asistíamos al gratuito espectáculo de esta extraordinaria mujer. Giró la cabeza y empezó a gritar hacia su nuevo público. «Vous êtes tous des alcooliques !», fue la cosa más agradable que salió de su boca. Luego personalizó el discurso para cada uno de nosotros. A una mujer que tenía justo detrás le dijo que no disimulara, que ella sabía bien que se escondía en su casa para beber todos los días. Luego me miró a mi, yo estaba un poco más alejado, pero no lo suficiente para escapar a su radio de acción. A mi me dijo algo así como que fumaba una cajetilla de porros al día. Yo permanecí impasible. Venía de dar clase en el Liceo y de comer con una compañera de trabajo y la verdad es que el espectáculo me estaba resultando muy entretenido.

Madame C. volvió a cargar contra la señora que estaba sentada más cerca de ella, de hecho era la única persona que se había mantenido en primera de línea de fuego desafiando impertérrita la cólera de Madame C. Esta mujer respondió de manera contundente al segundo ataque de Madame C: Ferme ta gueule !, le espetó secamente. La reacción de Madame C. no se hizo esperar, sin moverse de su asiento la miró con la peor de sus miradas asesinas, se bebió de un trago casi la mitad de la botella de champagne ante la mirada desesperada del mendigo y acto seguido soltó una terrorífica carcajada que nos hizo temer lo peor a todos los que íbamos en el vagón. Sin embargo, la cosa no fue mucho más lejos, ya tan sólo quedaban dos paradas para Nation, el terminus de la línea 6.

Madame c. lanzó un último ataque verbal a su íntima enemiga, la irreductible señora de la que yo tan sólo podía ver una melena rubia teñida peinada en una permanente pasada de moda. La mujer repelió de nuevo el ataque con una repuesta seca y contundente: Connasse !, le replicó esta verdadera heroína parisina. Madame C. vio entonces la oportunidad para reafirmarse, su gran momento, su bautizo metropolitano. Ni corta ni perezosa, se levantó y dijo: Madame, Madame Connasse ! 

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Pour l’amour de Paris.

Todavía no he ido a ver la exposición fotográfica de Brassai en el Hôtel de Ville y, la verdad, ya no creo que lo haga. Es una exposición gratuita y siempre hay unas enormes colas para entrar. No soy persona de hacer colas, no soy un tipo paciente ni pretendo serlo. Pero el título de la exposición, Pour l’amour de Paris, me gusta especialmente. Habla de mi relación con París. Aunque me cueste decirlo, soy un tarado un tanto pudoroso, estoy enamorado de esta ciudad. Lo estoy desde hace mucho tiempo, creo incluso que desde antes de conocerla si es que tamaña estupidez sea posible.

La primera vez que visité París tenía 18 años. Pasé una noche en un hotel con mi novia de entonces, el primer amor de mi vida. No recuerdo en que barrio estaba el hotel, tengo la impresión de que era el 3ème arrondissement. Después de aquella primera vez, he vuelto muchas veces a esta ciudad. Aquí he vivido todo tipo de experiencias, buenas, malas, tristes, alegres, horribles y maravillosas.

Hace unos quince años pensé en instalarme en París. No lo hice, tampoco lo intenté verdaderamente, no era mi momento. Dentro de unos días hará dos años que vivo aquí. Cuando llegué, ahora puedo decirlo, era un auténtico y genuino mar de dudas. Venía de muchos años difíciles y complicados en Madrid, tuve que partir casi de cero, volver a aprender a vivir.

En París he vuelto a nacer a los cuarenta años de edad. Nunca es tarde si la dicha es buena, eso dicen. El tema de la suerte es muy relativo. No hay que ser un genio para darse cuenta de que las cosas que nos hacen felices son raras, pertenecen generalmente al terreno de lo escaso y lo excepcional. Esta realidad, este aspecto esquivo de la «felicidad» se me hace especialmente visible y palpable en París. Una fugaz sonrisa en el metro, un jardín oculto, una mujer bella y distante, una película antigua, un libro de mi autor favorito, una librería abierta todos los días de la semana, un día soleado entre una semana entera de cielos grises, un rincón donde poder escribir, una preciosa canción, un rayo de sol entrando tímidamente en el café del barrio donde voy todos los fines de semana. Esta ciudad me da todos los días, al menos, una de estas cosas.

¿Qué estoy dispuesto a hacer por el amor de París? Nada, tampoco pido nada a cambio. Mi amor por París es pasivo, contemplativo. Sólo aspiro a que me dejen admirar  tranquilamente la belleza de la ciudad. Por ahora, lo digo sin levantar mucho la voz, creo que nos entendemos. París y yo hemos llegado a una especie de acuerdo tácito, tenemos un pacto secreto mediante el cual yo me he comprometido a pedir muy poco y a aceptar todo aquello que París decida ponerme en el camino. Amores, desamores, trabajos de mierda, trabajos cojonudos, pisos con ascensor, pisos sin ascensor, frío, calor, luz, oscuridad, compañía o soledad.

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