Le secret derrière la porte

Cuando realmente quiero disfrutar de mi propia compañía voy al Quartier Latin a ver una película antigua. No tengo que llamar a nadie para que me acompañe. Es mi plan infalible y solitario. De hecho nadie sabe que esta noche iré a ver Le secret derrière la porte, esa antigua película de Fritz Lang, al Champo, el espacio Jacques Tatti, en el 51 de la Rue des Écoles. Esta es una felicidad secreta. Digamos que antes era más de infiernos secretos.
La felicidad es algo extraño. Se presenta sin avisar y se despide de la misma silenciosa e imprevista manera. La felicidad es como recibir un regalo de Navidad que en un principio no era para ti. Lo miras entre ilusionado y desconfiado. No acabas de creer que sea tuyo, debe de tratarse de un error. Alguien vendrá pronto a reclamarlo y te lo quitará de las manos. Pero mientras tanto, antes de que lo reclamen y te lo arrebaten, debes aprovecharlo al máximo.
Quizá sea una buena idea esconder rápidamente el papel de envolver del regalo. De esta manera, si luego se lo llevan, conservamos para siempre el recuerdo de ese instante de felicidad. Es importante no olvidar que la vida nos ofrece regalos, hay que saber guardarlos, al menos el papel que los envolvió. Con ese papel podemos decorar ese cuarto interno y secreto donde nos refugiamos cuando nos perdemos en el ruido del mundo.
Mi cuarto interior está decorado de papel aluminio. Es muy moderno y acogedor. Nunca hace frío ni calor. Es perfecto para dormir, meditar y no hacer nada. Pero es muy frágil e inseguro, se cuelan todo tipo de roedores y serpientes en mi cuarto interior. Se persiguen sin cesar, pero nunca se atrapan. Lo dejan todo patas arriba y luego debo recogerlo. Cada vez me molestan menos, les he cogido cariño a esas bestezuelas. Antes no les paraba de gritar, me volvían loco. Ahora les miro con distancia, curiosidad y hasta con cierto cariño.
Mi regalo es ir al cine esta noche. Los roedores y las serpientes que se cuelan en mi cuarto interior vienen conmigo.

Bonne soirée a tous !

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Chercher Hortense

Los macarras de mi barrio celebran reuniones todas las semanas. Les encanta dejarse ver y hacer ostentación de su fuerza y número. El jueves pasado a eso de las ocho de la tarde consiguieron reunir un pequeño ejército, eran unos veinte. Lo más gracioso es que nadie les hizo el menor caso. Nadie expecto yo y quizá algún otro aburrido vecino que asomado a la ventana observaba el curioso espectáculo ofrecido por estas particulares hordas macarrescas.
Mi relación con ellos, quiero decir con los macarras, es ciertamente compleja. Por un lado, me tocan los huevos y me producen un profundo rechazo. No soporto sus maneras exageradamente viriles ni sus constantes gritos. Pero, por otro lado, me inspiran un poco de lástima. Siempre están allí, me da la impresión que no saben hacer otra cosa.
Su edad ronda los veinte años de edad. Muchos de ellos no han terminado sus estudios. Algunos no trabajan. Otros son repartidores y surcan París a lomos de sus pequeñas y ruidosas motocicletas. Otros, lo más populares, se dedican a vender chocolate. Conozco bien sus costumbres y sus miedos. La ciudad es un territorio demasiado vasto y peligroso para ellos, por eso se quedan varados enfrente del edificio de vivienda social que les ha visto nacer.
Por mi lado, dejando por el momento tranquilos a mis queridos amigos, he comenzado mis clases de español. Este año enseño en un École élémentaire privado y en el Liceo público para décrocheurs en el que trabajo desde el curso pasado. También tengo mis clases particulares. Por ahora sólo tengo un alumno, pero reside en la misma calle donde vivió sus últimos días Joseph Roth, uno de mis escritores predilectos y, sin duda alguna, el que me inspira mayor simpatía y ternura.
La semana que viene tendré todos mis cursos en marcha. El año acabó por organizarse, tan sólo faltan una par de detalles para cuadrarlo. A pesar de ello, ayer no fue un día fácil. Demasiados viejos fantasmas en mi cabeza. Demasiada ira y frustración mal canalizada que brotaba de manera torpe y agresiva.
Para calmarme decidí volver a ver Chercher Hortense del escritor, realizador y guionista Paul Bonitzer. Es una película sencilla y poderosa. En una de las últimas escenas del filme, el personaje encarnado de manera excepcional por Jean-Pierre Bacri hace frente a su padre, presidente del Conseil D’état. Este último se a negado ha utilizar su influencia para ayudar a una joven balcánica amenazada con ser expulsada del país.
Cuando hace un par de años vi la película en el cine me causó una muy buena impresión. Anoche me pareció aún mejor. No tuve que subir el volumen de la televisión. Ayer, aunque era viernes, la calle estaba extraordinariamente tranquila. Los macarras no se reúnen los fines de semana enfrente de su edificio. Me pregunto qué hacen los fines de semana. Me pregunto dónde irán. Me gustaría saber qué buscan allá donde van. Espero que lo encuentren, sea lo que sea.

Les jardins du Luxembourg .

No tuve el placer de conocer el parque de Luxemburgo hasta la tercera vez que visité París en 1998. Hay que decir que la primera visita fue muy breve, apenas cuenta, y que después, aunque viví un par de meses en París en 1997, estaba cojo y además residía en el extremo sur del 15ème. Una zona ciertamente alejada del 6ème y de los jardines de Luxemburgo. La historia de mi cojera la dejaré para otro momento, es una historia larga y complicada de contar. Como suculenta primicia puedo adelantar que visité el Mussée d’Orsay en silla de ruedas.

Pero volvamos al parque de Luxemburgo. La primera vez que entré en dichos jardines fue acompañado de una joven rusa. La había conocido una media hora antes en un Café de Saint-Michel. Yo estaba sentado tomando un café en la terraza cuando la persona que estaba sentada a mi lado, una atractiva mujer rubia que leía una revista de moda, me preguntó el motivo de mi tristeza: Pourquoi êtes-vous triste? Es posible que estuviera triste aquel día, poco importa, ha llovido mucho desde entonces. A partir de ese momento nos pusimos a charlar y al poco rato me preguntó si conocía el Parque de Luxemburgo. Dije que no, ella se ofreció a acompañarme. Está muy cerca de aquí, me dijo.

Subimos juntos el Boulevard Saint-Michel hasta la entrada del parque y nos sentamos en las típicas sillas de hierro cerca del estanque. Nos comunicamos en una mezcla de francés e inglés. Esa misma tarde volvía a Madrid. Recuerdo que nuestra conversación fue intensa y extraña. En algún momento le hablé de Don Quijote y Sancho Panza y también sobre mi intención de escribir una novela. No soy un conversador ni ágil ni original. Ella me habló de su trabajo. Se dedicaba al turismo individual, acompañaba a sus clientes a la Ópera y a sitios del mismo estilo. Obviamente su ocupación profesional me llamó la atención. Hacía un espléndido día de primavera.

Nos despedimos un tanto azarados, era verdaderamente frustrante decirse adiós nada más conocerse. Por un breve segundo se me pasó por la cabeza quedarme un día más, reservar un hotel y quedarme con ella, conocerla. No lo hice.

Así, de esta manera tan novelesca, fue como conocí el Parque de Luxemburgo. Desde aquella primera vez lo he cruzado en innumerables ocasiones, pero nunca me ha parecido tan embriagador y misterioso como cuando lo hice acompañado por esa atractiva e inquietante mujer rusa. Ninguna otra desconocida me ha vuelto a preguntar cuál era el motivo de mi tristeza.

Bonne continuation pour vos activités littéraires.

La semana pasada rechacé dos ofertas de trabajo. Una era una jornada completa en un Collège. Dije que no sin dudar un instante. El año pasado ya tuve el placer de trabajar en un Collège público y no tengo ningún deseo de repetir la experiencia. Les dije que ya trabajaba media jornada en un Liceo de Paris y que en todo caso podría considerar la opción de complementarlo con otra media jornada siempre y cuando fuese en un Liceo. La mujer que me llamó pareció muy admirada de que trabajase en un centro en París, le tuve que explicar que no estaba adscrito a la Académie de Paris, que intervenía como auto-entrepreneur (Autónomo). Eso la calmó, todavía podía ser una presa fácil para ellos. El año pasado ya sufrí diversas amabilidades y delicadezas de su parte, da gusto el celo con el que se trata a los contractuels en la Éducation National.
Al día siguiente recibí una llamada sorprendente. Se trataba de un Proviseur, un director de colegio, que afirmaba tenerme asignado en su base de datos como profesor de español para el presente curso. Le dije que no salía de mi asombro, que nadie me había prevenido de dicha eventualidad. En un primer momento pensé que me llamaba del Collège que me habían propuesto la víspera, pero no era así, este señor me llamaba de un Liceo y me proponía un tiempo parcial. No conocía la localidad donde estaba emplazado el Liceo, pero cuando me dijo que no se encontraba lejos de donde enseñé el curso pasado me temí lo peor. Le pregunté si tenían problemas disciplinarios y me contestó que si era un buen profesor no tendría problema alguno. Clásica respuesta de Proviseur, me dije. Finalmente, quedamos en entrevistarnos en el Liceo el día siguiente.
La posibilidad de enseñar en un colegio público de la banlieue de París no me seducía mucho, pero tampoco tenía nada que perder, podía entrevistarme con el director y así ver cómo era el Liceo en cuestión. El primer aspecto negativo era lo lejos que estaba el centro de mi casa. El trayecto no bajaba, en el mejor de los casos, de la hora y cuarto. La página web del Liceo daba una imagen idílica del centro. Una parte de mi quería creer en los milagros. Sin embargo, aquella noche me costó mucho conciliar el sueño.
Después de atravesar casi de cabo a rabo una línea de metro me subí en un auto bus que me llevaba muy cerca de la puerta del Liceo. El trayecto me ayudó a hacerme una idea de mi destino. Todo eran enormes torres grises, las típicas construcciones de las Cités de París. No me costó dar con el Liceo. Una vez allí comencé a tener una imagen más clara del tipo de centro en el que me encontraba.
La entrevista con el Proviseur fue ciertamente interesante. Su manera de acogerme también lo fue. Me hizo dos o tres bromas sobre el carácter «despistado y relajado» de los españoles. No entré al trapo, le comuniqué mis dudas sobre el puesto y le señalé que había venido a verle por educación y curiosidad, en ningún momento había dicho que aceptaba el trabajo. Me limité a informarme sobre los horarios que me proponían y el número de alumnos por clase. Los horarios eran, digámoslo así, poco convenientes. El número de alumnos era de 35 por clase. Allí me planté, les dije que era imposible enseñar una lengua extranjera a tamaño número de alumnos, que ya tenía la experiencia del Collège del curso pasado donde me había sido prácticamente imposible manejar un grupo tan numeroso. El adjunto, que por aquel entonces se había sumado a la entrevista, agradeció mi honestidad. Asimismo, expuse que mi perfil literario y de escritor no se adaptaba excesivamente al carácter más tecnológico y profesional del centro. En ese punto, el Proviseur cambió de actitud, finalmente asumió que eran ellos los que debían convencerme de trabajar allí, pero ya era tarde, yo ya había tomado una decisión. Nos despedimos muy amablemente y me emplazaron a comunicar mi decisión por correo electrónico antes de las diez de la mañana del día siguiente.
Mandé el e-mail antes de acostarme. Mi respuesta fue negativa, no me sentía ni capacitado ni interesado en enseñar en el Liceo. Recibí un correo electrónico del Proviseur hacía el medio día. Agradecía mi respuesta y me animaba a continuar mis actividades literarias: Bonne continuation pour vos activités littéraires.

Agosto en París.

Los macarras de mi barrio se han ido de vacaciones. Hace una semana que no se reúnen en el banco que hay enfrente del número 13 de mi calle. Yo vivo en el 10 y sus risas nocturnas me han desvelado en más de una ocasión. Los alumnos del Progress Santé, una escuela superior privada, también están de vacaciones. La calle está mucho más silenciosa de lo habitual. Tan sólo los autobuses y los dichosos scooters permanecen obstinadamente fieles a esta arteria del 10e arrondissement. Yo también me he quedado aquí y no me arrepiento.
El secreto para pasar un agosto agradable en París reside en hacer lo mínimo posible. Nada de museos ni de exposiciones, eso es para los turistas. Tampoco hay que contar con las piscinas públicas, los funcionarios aprovechan los domingos para hacer huelga. Algunas estaciones del Métro cierran por obras. De los RER y de los trenes mejor no hablar. Nunca sabes lo que puede pasar una vez que te subes a un tren de la SNCF. En el mejor de los casos te lleva a tu destino, si además llegas a la hora y en plena salud física y mental puedes dar gracias a Dios.
Lo mejor es no salir del barrio en el que vives, tan sólo cuando sea estrictamente necesario. Yo me veo obligado a cruzar a la Rive Gauche tres días por semana y cada vez que vuelvo a la Rive Droite lo hago con gran alivio. Todo el barrio latino está infectado de turistas, para mayor inri muchos de ellos hablan castellano.
El otro día en la línea 7 de metro me senté cerca de una madre y de un niño españoles. Este último debería tener unos seis o siete años. Llevaba gafas y tenía un aire de lo más frágil. Tenía un punto casi evanescente. Miraba todo con una enorme curiosidad y luego le preguntaba a su madre. Ella sonreía e intentaba contestarle lo mejor posible. Luego, ella nos miraba y sonreía. Parecía sorprendida de la candidez de su propio hijo y parecía buscar ayuda entre el resto de pasajeros del vagón. Como si buscase a alguien que pudiera responder mejor que ella a las terriblemente tiernas preguntas de su hijo. Yo no me quité los cascos. Aquel día los llevaba puestos sin escuchar música.
De repente, el niño se levantó de su asiento y se lanzó hacia el centro del pasillo. Su rápido gesto nos pilló a todos por sorpresa. La madre dio un respingo, atrapó a su hijo y lo recondujo junto a ella. Fue una escena que duró unos breves segundos, pero que se me ha quedado grabada en la cabeza.

Le Corbeau.

Llevo más de un mes sin internet ni televisión. Si el martes no llega la maldita Freebox me cambio de operador. He tenido demasiada paciencia. No me reconozco, en el pasado ya hace tiempo que les hubiera mandado a paseo.
No he visto apenas un mísero partido del Mundial de Fútbol, tampoco me importa, después del triste papel de la selección española casi que lo prefiero así. No soy un buen perdedor. A decir verdad, el resto de los países me trae por saco.
Estas circunstancias, no tener internet y la debacle de la Roja, han provocado que vea aún más películas que de costumbre. La misma tarde que Les Bleus obtenían una pírrica victoria sobre Nigeria, decidí comprarme un pack de tres películas del realizador francés Henri-Georges Clouzot. Poco o nada sabía de este director. Ha resultado todo un descubrimiento.
Le Courbeau (1943) es una película sumamente interesante. Está basada en un suceso acontecido en la ciudad de Tulle en los años 20. EL argumento es el siguiente: Los habitantes de una pequeña ciudad de provincias comienzan a recibir unas cartas anónimas extremadamente calumniosas firmadas por Le Corbeau (el cuervo). La paranoia se desata entre los ciudadanos, las sospechas se disparan, una enorme sensación de desconfianza se apodera de la modesta ciudad. El personaje principal es un médico al que Le Corbeau acusa de realizar abortos ilegales y de mantener un affaire amoroso con la mujer de un compañero de profesión.La película es dura, los personajes apenas sonríen, no hay una sola escena cómica.
Le Corbeau fue realizada durante la ocupación alemana y producida por la Continental films, una sociedad alemana promovida por Joseph Goebbels. La película fue duramente criticada por la resistencia, la prensa comunista, el partido conservador y La Centrale Catholique. Al parecer el film resultaba anti-francés. Es paradójico constatar que fueron los alemanes quienes produjeron una de las más profundas autocríticas de la sociedad francesa jamás realizadas por director francés alguno.
Conviene recordar que durante la ocupación innumerables ciudadanos franceses de todo tipo de orientación política denunciaron a extranjeros y a sus propios compatriotas a las autoridades nazis. Muchos de los denunciados acabaron en campos de concentración.
Tras la liberación, Henri-Georges Clouzot fue acusado de ser un collabo y se le prohibió ejercer la profesión cinematográfica. Sin embargo, diversas personalidades del mundo de la cultura y del cine francés unieron sus fuerzas para rehabilitarlo en 1947. Uno de los defensores de Clouzot escribió a uno de los detractores: “Mon cher, tu sais bien que Clouzot n’a pas plus été collabo que toi tu n’as été résistant”.

Ventajas de vivir en París.

El cielo gris de París me resulta especialmente atractivo. París es París cuando los días son grises y húmedos. Cuando amenaza tormenta y las nubes son de un gris oscuro es entonces cuando soy más consciente de vivir en París. Todavía hay momentos en los que me sorprende verme en esta ciudad, doblo una esquina y me digo, no sueñas, vives en París. Esta sensación es fugaz, un breve instante que sucede cuando consigo liberarme de los ruidos que produce mi jodida cabeza con el único objetivo de volverme loco. Después de todo, yo no debería estar viviendo aquí, pienso esbozando una sonrisa. A veces pienso que debería, como mínimo, estar encerrado a cal y canto en algún tipo de institución mental.

La principal ventaja de vivir en París es que ya no necesito soñar que vivo en París. Como sueño no es muy original, no pretendo serlo. No soy original y me importa un bledo. París me impide pensar en todas aquellas ilusiones vanas de la infancia y de la adolescencia. Mi pasado es borroso, muy confuso, ni siquiera estoy seguro de recordar si tenía algún sueño o aspiración especial cuando era un chaval a parte de ser escritor. Siempre quise ser escritor, podría incluso decir que siempre me sentí escritor. Imaginar historias ha sido siempre mi afición preferida. A los cinco años contaba aventuras increíbles y totalmente improvisadas a mis compañeros de clase mientras esperábamos nuestro turno para comer. Historias de náufragos, eso es lo que les contaba a mis dos mejores amigos en aquel pasillo de colegio. Los tres hemos resultado unos náufragos de la vida como lo somos todos lo queramos aceptar o no.

En algún momento soñé con ser un autor famoso e influyente. Es muy posible que no fuera ese mi destino, es muy posible también que carezca de todo cuanto se necesita para ser ese tipo de persona. Tengo la sospecha que la fama es pasajera y caprichosa. Sospecho igualmente que el éxito esclaviza a las personas y que antes o después anula su autenticidad.

No soy ambicioso porque aún no me conozco bien, todavía ignoro quién soy en realidad. Llegó un momento de mi vida en que sobrevivir se convirtió en algo totalmente prioritario, las ambiciones y aspiraciones quedaron en un segundo o tercer lugar. Desconozco si volverán a despertar, si volveré a soñar con ser algo más que un náufrago en una isla desierta. No podría poner la mano en el fuego, a lo largo de mi vida me he quemado infinidad de veces.

Mi vida en París es como un regalo. Por el momento, no me veo en otro lugar. Quizá mi única ambición sea vivir en París por el resto de mi vida.