Le Canal Saint Martin

En un par de días dejo el 10ème. Lo abandono por el 11ème. Soy un traidor. Eso es lo bueno de ser extranjero, no tengo raíces. Sin embargo, voy a echar de menos el Canal Saint Martin. He pasado mas de un año en este barrio y me he acostumbrado a tenerlo siempre cerca. Ha sido mi referencia durante todo este tiempo. Bajarlo en dirección sur hacia Bastille o République. Subirlo hacia Jaurés o la Villette. Me he agarrado a él como un naúfrago a una tabla de salvación.

No exagero al decir que el Canal me ha salvado la vida en más de una ocasión. Ha sido capaz de consolarme y tranquilizarme cada vez que me he acercado a él en busca de paz y serenidad. Nunca me ha decepcionado, su presencia ha sido siempre apaciguadora.

Estos últimos días me estoy despidiendo de todos los rincones del barrio. Es una labor metódica y minuciosa. No quiero dejar cabos sueltos. Muchas veces he tenido que dejar los sitios donde he vivido de manera precipitada y luego he pagado las consecuencias. Hay que tomarse el tiempo necesario para decir adiós. Cambiar de escenario en la vida puede parecer algo sencillo, pero no lo es en absoluto. Para mi es de las cosas más complicadas y traumáticas que puedan existir. Si la enorme mayoría de los seres humanos somos sedentarios es por alguna razón.

A los que no voy a echar de menos es a los macarras del barrio. De todas formas, en mi nuevo barrio también los habrá. Macarras los hay en todos los sitios. Pobres, ricos o de clase media. El macarra es universal. El macarrismo es una filosofía de vida muy extendida. Sus adeptos son millones de jóvenes urbanos que están superados por el miedo y fascinados por la violencia.

Uno de los lugares que voy a extrañar es la piscina de Chateau Landon, una de las piscinas públicas más antiguas de París. Esta semana fui a nadar un par de veces. Ayer ayudé a un joven con la pulsera de plástico del armario donde se deja la ropa. Lo hice de una manera tan rápida y eficiente que nos dejó a ambos sorprendidos. Antes este tipo de pequeñas y absurdas dificultades me ponían muy nervioso. Ahora soy capaz de ayudar a los demás. Eso me da que pensar. Me da la impresión que aquellos a los que las cosas más nimias de la vida nos resultaban complicadas desarrollamos una interesante capacidad para enseñar a los demás.

Definitivamente, voy a echar de menos a mi querido amigo el Canal Saint Martin. Prometo volver pronto y no olvidar todo cuanto he aprendido en sus orillas de asfalto.

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El invencible Monsieur Gazpacho

La semana pasada interpreté el papel de mi vida. Encarné al mismísimo Monsieur Gazpacho en un bistró bobo ( bourgeois-bohème) del Faubourg de Strasbourg Saint-Denis en el Xème arrondissement. Nadie estaba preparado para la irrupción de tamaño tocapelotas. Los camareros ultra bobo intentaron frenarle y aplacarle sin éxito alguno. Monsieur Gazpacho es invencible. Esta es la breve e increíble historia de este legendario justiciero lingüístico.

Conocí el local de marras por puro azar. No suelo frecuentar Strasbourg Saint-Denis, pero había quedado con un danés que me había propuesto traducir un texto del español al inglés. El escandinavo llegó tarde a la cita y aproveché para dar un paseo por este barrio de corazón africano. En el mismo corazón del Faubourg di con un café recién reformado que me pareció bastante atractivo. No entré en ese momento, aún debía encontrarme con el danés en la boca del Métro. Una vez reunido con este, nos dirigimos juntos al local para hablar sobre la traducción. Era tarde para pedir café, pero no se me escapó la imponente cafetera que dominaba la barra. Tampoco pasé por alto que fabricaban su propio café de filtro. Al salir del bistró tanto el danés como yo nos hicimos con sendas de tarjetas del local.

No volví hasta la semana pasada, un mes después de aquella primera visita. Estaba un tanto cansado de ir a escribir a mi café habitual. La tarjeta del local apareció una mañana como por arte de magia dentro de un libro que había dejado de leer hacía unas semanas. Decidí ir a pie desde mi casa, no vivo lejos de Strasbourg Saint-Denis, de hecho vivo en el mismo distrito. Aunque es cierto que vivo en el norte del 10ème, pegado al 19ème y apenas frecuento la parte sur oeste del arrondissement. Casi nunca paso por Châteu d’Eau o Strasbourg St-Denis. Esa zona siempre me ha impresionado mucho. Hace veinte años, cuando intenté por primera vez instalarme en París, visité un piso por esa zona de la ciudad y recuerdo el propietario diciéndome que a parte de los heroinómanos que dejaban sus jeringuillas usadas en el portal de la casa todo era de lo más tranquilo y agradable. Afortunadamente, la época dorada de la heroína ha pasado, pero este barrio sigue teniendo un fuerte carácter por decirlo de alguna manera.

Me perdí un par de veces antes de dar con el café. No me suele pasar a menudo el perderme en París y menos en mi propio distrito. Estoy seguro de que algo en mi interior intuía lo que iba a suceder e intentaba evitarlo. Era demasiado tarde, para aquel entonces el espíritu de Monsieur Gazpacho se había colado dentro de mi. Demasiadas pequeñas humillaciones, demasiadas dificultades y obstáculos son los que encontramos aquellos ilusos que intentamos echar raíces en París. Por algún lado debía encontrar salida toda esa frustración acumulada durante más de tres años.

Me senté en una mesa situada en una esquina del bar que tenía una privilegiada vista de la calle. Pedí un café y el camarero, un joven y aún no resabiado bobo, me recomendó no añadirle azúcar ya que se trataba de un café artesanal con un sabor muy especial. Seguí su consejo, no era la primera vez que tomaba un café de este tipo y que recibía una indicación parecida en París. Normalmente tomo el café con azúcar. Desde mi mesa pude ver al otro lado de la calle al actor Vincent Macaigne. Esta circunstancia me debía haber alertado, nada bueno sucede si este tipo anda cerca. Es el clásico cenizo absurdo y pretencioso. El típico personaje que protagoniza escenas ridículas y rocambolescas y que no tienen ninguna gracia.

Había quedado con un amigo para comer y cuando una altiva y fría camarera nos tendió la carta algo me llamó poderosamente la atención. A parte de no tener Plat du jour, señal inequívoca de rigidez, tenían Gaspacho. Allí estaba mi oportunidad. Me pareció intolerable que escribieran gazpacho con «s». Algo un tanto absurdo ya que lo había visto escrito así mil veces desde que vivo en París. Y además, no es que en España no hagamos cosas parecidas con vocablos franceses, valga el ejemplo de Champán. Sin embargo, no pude reprimirme y hacer algo totalmente impropio de mi persona. Con un tono y una seguridad totalmente desconocida le dije a la camarera que no podía evitar decirle que gazpacho no se escribe con «S» sino con «Z». No lo digo para molestar, añadí, pero es una palabra española y así es como se escribe correctamente. La reacción de la camarera fue fulminante. Sin mover una sola facción de su joven e impoluto rostro me dijo que lo importante eran los platos y no las palabras y que además dudaba ciertamente de lo que le decía. Decidí no insistir, pero mantuve el tipo y la sonreí cínicamente. Era evidente que el comentario había dado en la diana, por mucho que se esforzase estaba claro que le había molestado mucho.

La cosa parecía haber quedado ahí, pero en cuestión de dos minutos el mismísimo encargado del local se presentó en nuestra mesa para defender su dichoso gaspacho. Era un tipo alto y fornido de unos treinta y pico años, un verdadero estandarte de su estirpe. Le había visto entrar al local unos minutos antes y me ha había dedicado una penetrante mirada que yo había sostenido estoicamente. El encargado sostuvo que en francés se escribía de esa manera y que, de todas formas, era una receta original que distaba bastante de la original. Me abstuve de comentar los ingredientes que se habían permitido añadir a uno de nuestros brebajes más patrios. Le dije que no se lo tomara tan mal, que había sido un comentario inocente, una pequeña broma. Esto pareció desconcertarle, el verme sereno y con un rápido sentido del humor no entraba en sus planes. Seguramente esperaba un enfrentamiento o que bajase intimidado la cabeza, pero no que me tomase el asunto a broma. Bajo entonces un poco la guardia y con una aire más resignado admitió que los franceses tendían a apropiarse de las palabras extranjeras. Yo, sintiendo su momento de debilidad, decidí asestar el golpe definitivo. Le dije que si, de todas formas, quería escribir la palabra correctamente yo me ofrecía a corregirla directamente en su carta con mi bolígrafo rojo de profesor de español.

El encargado se retiró sin decir una palabra más, tuvo que hincar la rodilla ante el invencible Monsieur Gazpacho, pero durante el resto de la comida sentí sus ojos bien clavados en mi, no sólo los suyos, también los de los demás camareros del local. Yo evité mirarles y no seguí la broma con la camarera cuando momentos mas tarde nos sirvió el café. Sin embargo, no me tembló el pulso una sola vez y pedí la cuenta con gran firmeza. La camarera apenas pudo reprimir una sonrisa cuando nos fuimos, ella también se rindió al invencible Monsieur Gazpacho.

Transformaciones después de tres años viviendo en París

Ayer hizo tres años que vivo en París. Tengo la sensación de que ha pasado mucho más tiempo. He vivido mucho y creo que he también he cambiado bastante. Sin embargo, sigo siendo un tarado en muchos sentidos. Un intenso y redomado tarado. Hay cosas que parecen ser imposibles para mi. Una de ellas es aceptar que la vida es aburrida. Otra es pensar que las personas podemos entendernos los unos a los otros. Quizá por eso la vida me resulta aburrida y frustrante. La imposibilidad de alcanzar a ser comprendido me deprime ligeramente. Luego se me olvida, es decir, vuelvo a pensar que un día alguien me comprenderá. Aún no he conocido a esa desgraciada persona. Todo me hace pensar que el conocerme no es ningún chollo. Yo he intentado durante años evitarlo, pero al final no me ha quedado más remedio que intentarlo. Al parecer hay cosas mucho más urgentes que el hacerse entender de una manera profunda y completa. Es evidente que hay que estar mal de la cabeza para pretender tamaña cosa.

Después de tres años en París me sigo enamorando de mujeres en el metro. Me iría con ellas a vivir el resto de mi vida sin dudarlo un instante. Hoy en la línea 9 me he enamorado total y estúpidamente de una joven dinámica que llevaba las gafas de sol puestas. Tenía un aire de estrella de cine de los años 50. Tenía algo de Audrey Hepburn. Estaba impecablemente vestida con un traje de verano y unos zapatos negros. Una elegante chaqueta de verano doblada en su brazo derecho, un bolso de color crema en el izquierdo. Llevaba medias blancas y manejaba con insolente agilidad su smart phone. Brillaba en el ambiente cargado del vagón con rabiosa e irresistible fuerza. Sus perfectos labios dibujaban un cierto aire de desdén. Era dolorosamente misteriosa. Podría interpretar sin despeinarse una película de la mejor época de David Lynch. Luc Besson la hubiera contratado sin dudarlo un instante para interpretar de nuevo a Nikita.

Yo la espiaba discretamente, intentaba no mirarla demasiado, pero mi mirada no es precisamente pura e inocente. No pasa desapercibida aunque ponga mi alma en ello. Así es como yo miro a las mujeres. Las espío torpe y obsesivamente. He perdido el juego desde el principio y ellas lo saben.

Un sitio se quedó libre a mi lado, pero ella prefirió sentarse en los asientos plegables situados cerca de las puertas. Entonces una anciana dama entró en el vagón y ella se vio forzada a dejarle su plaza. Yo me dije, eso le pasa por no querer sentarse cerca mía. En la siguiente parada, un nuevo asiento enfrente de mí quedó libre. Esta vez ella se sentó. Allí la tenía, la podía ver bien de cerca. Pero no lo hice. Apenas la miré. Ella me miró fugazmente y yo fingí estar totalmente embebido en la música que escuchaba con mis cascos. No la pienso mirar, no sirve para nada. Yo estoy bien tal y como estoy. No necesito más mujeres misteriosas. Me gusta mi vida después de tres años en París.

Nos bajamos en la misma parada. Antes de hacerlo, antes de bajar, pude ver sus manos de cerca. Manos elegantes y delicadas, perfectas. Al abrirse las puertas del metro ella desapareció en la corriente de gente sin mirar hacia atrás. Mentiría si negase que en ese instante me sentí un poco perdido. Sin embargo, salí a la calle por la salida que me convenía mejor y no volví a pensar en ella hasta hace una hora aproximadamente.

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RUMBLE FISH (La ley la calle)

La ley de la calle de Susan Hinton es, junto a El Guardian entre del centeno de J.D.Salinger, la novela que marcó mi adolescencia. Debería decir El cazador oculto y no El guardian entre el centeno ya que fue la traducción argentina la que leí a los quince años. Desde entonces, el apelativo tarado forma parte del top ten de mis vocablos favoritos.

He perdido la cuenta de las veces que he visto Rumble fish, la película de Francis Ford Coppola inspirada en la novela de Hinton. Ver esta película de nuevo con mis alumnos ha sido toda una revelación. Ahora comprendo un poco mejor porque he sido un tarado toda mi vida y porque lo seré mientras viva. Al igual que Rusty James, yo siempre pensé que acabaría pareciéndome al Chico de la moto. Me llegué a creer ser un tipo super cool, inalcanzable. Sin embargo, es evidente que además de no ser tan «cool», gracias a Dios no lo soy, me parezco más a Rusty James. Como a él, me aterra la soledad, no soporto estar sólo.

Tampoco disfruto en exceso de la compañía de los demás. Después de un cierto tiempo rodeado de gente necesito huir, necesito escaparme para refugiarme en mi soledad atormentada. En esto si que me parezco al Chico de la moto. Comparto su incapacidad por encontrar algo en la vida que realmente me apasione. Todavía me cuesta aceptar que durante la mayor parte del tiempo la vida me resulta un soberano coñazo y que la mediocridad y una asfixiante sensación de absurdo me persiguen allá donde vaya.

Lo confieso, soy un ser ligeramente resentido. No puedo evitarlo, vivo en un eterno estado de nostalgia de un pasado ficticio, inventado. Tengo momentos en los que me invade una angustia que me paraliza y que me susurra al oído lo inútiles y patéticos que resultan mis esfuerzos por parecer normal. No lo eres, me dice Madame Angustia, y no lo serás nunca. Eres un fracasado y no tienes remedio. Madame A viene a verme justo antes de dormirme, a veces incluso me despierta a los pocos minutos de haberme quedado dormido. Me lanza una flecha envenenada que me impide conciliar el sueño, eso es lo que me hace la maldita Madame A.

La próxima vez que me visite pienso decirle que me importa un carajo el no ser normal. Pienso aceptar de una vez por todas que soy un tarado y un inadaptado y que además estoy orgulloso de serlo. Como dicen en mi país: ¡ Y a mucha honra !

Lo tengo decidido, esta noche voy a salir a la calle a pintar tres graffitis cerca del Canal Saint Martin. Uno de ellos en castellano: «Dejad de fingir, cabrones». Otro en inglés: «Fuck me gently… ». Y el tercero en francés : «Bonne nuit salopards!».

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Sid & Nancy

Finalmente he conseguido que los técnicos de la universidad arreglen el proyector del aula donde imparto la mayor parte de mis clases. También han vuelto a sintonizar el ecualizador. Todo funciona correctamente en el aula Lang. Me di cuenta de esta nueva hazaña el pasado miércoles con mis alumnos de primer año de imagen y sonido.

Esta clase me gusta especialmente. Son muy jóvenes, tienen entre 18 y 20 años. Algunos de ellos son un poco macarrillas, otros van de listillos, pero no me llevo mal con ellos. Sólo hay una chica en clase y forma parte de los más revoltosos, es graciosa y un poco caradura.

La clase versaba sobre el Punk. Hablamos primero un poco sobre lo que era el Punk: la música, la ideología nihilista y revolucionaria, la heroína … Si, les hablé de la heroína y de lo devastadora que era esta droga. La conversación sobre la heroína les dejó boquiabiertos. Es posible que fuera la primera vez que un profesor les hablase de drogas. Habíamos tocado de pasada el tema cuando vimos Quadrophenia, pero es evidente que la heroína es una droga que resulta mucho más impresionante que las anfetaminas.

No lo tenía preparado, no tenía pensado hablar sobre esta droga, pero me pareció lógico tocar el tema antes de ver una película como Sid & Nancy donde los dos protagonistas son yonquis. No era primera vez que veía esta película con alumnos de esta universidad, pero era la primera vez que la veía con esta calidad de imagen y sonido.

La noche anterior no había dormido muy bien y acababa de tomarme el tercer café del día. Me pasa de vez en cuando, hay noches en que se amontonan los fantasmas en la cabeza. El caso es que puse el sonido mas alto de lo normal, es posible que esté un poco sordo también. La película nos sacudió como un martillazo en la cabeza. Nadie abrió la boca durante los primeros treinta minutos. Era muy consciente de que el volumen estaba demasiado alto, pero fui incapaz de moverme de mi silla para bajarlo.

Allí estábamos todos, mis alumnos y yo en medio del Támesis subidos a la péniche, al canal boat, desafiando a la mismísima Reina de Inglaterra. De la misma manera que los Bobby´s interceptaron a los Sex Pistols mis alumnos y yo fuimos interceptados por la profesora de la clase contigua. Mi colega envió un emisario que divertido y fascinado por el ruido que provenía de nuestra clase nos pidió que bajásemos el volumen. Lo hice rápidamente, pero ninguno de mis alumnos pestañeó, estaban tan metidos en el película que apenas se dieron cuenta de nada.

Terminada la clase me excusé con mi colega que aceptó amablemente mis excusas. No le expliqué que estábamos viendo Sid & Nancy y que una película sobre el Punk resulta casi obligatorio verla con el volumen a tope.

La semana que viene veremos el final de la película. Veremos morir primero a Nancy e inmediatamente después a Sid Vicious. La heroína ganará la partida a estos dos amantes. Su loca historia de amor acabará en un baño de sangre.

Parafraseando a los Rita Mitsouko: Les histoires d’amour finissent mal en général …

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We are the Mods !

Hace tres semanas que trabajo como profesor de inglés en una universidad privada de imagen y sonido. No hay duda de que se trata del mejor trabajo que he tenido desde que me vine a vivir a París. Se trata de un trabajo temporal. He firmado hasta el mes de abril.

La semana pasada les puse Quadrophenia, la película producida por The Who basada en la Opera Rock del mismo título. Creo que les ha impresionado bastante. Tienen de 19 a 22 años. Yo vi Quadrophenia por primera vez a los 16. El otro día vi a uno de mis alumnos vestido con un traje ceñido y una corbata. Es posible que ya tuviera la costumbre de vestir así antes de ver la película.

Antes de ver la primera parte leímos un artículo del New York Times sobre este auténtico filme de culto. En un principio, el papel principal era para Johnny Rotten, el cantante de los Sex Pistols. Sin embargo, Franc Roddam, el director de Quadrophenia, cambió de opinión tras una noche de borrachera con Rotten. Le pareció demasiado inteligente para interpretar el papel de Jimmy. El papel fue finalmente para el casi desconocido Phil Daniels. Phil Daniels no ha vuelto a interpretar otro personaje en la gran pantalla. Siempre será Jimmy, el más Mod de los Mods. El único que está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias para defender su identidad, su forma de vida. Una forma de vida totalmente despegada de la realidad. Una interpretación suicida y autodestructiva de la existencia que, sin embargo, me sigue resultando cercana, poética y profundamente rebelde e inconformista. Resulta difícil salirse del papel que la vida, en cierto momento, nos adjudica. Al igual que Phil Daniels, me siento encasillado en un papel que no sé hasta que punto elegí. Aún tengo momentos donde lo único que me gustaría hacer es salir a la calle a bailar y quizá a lanzarme al vacío desde el piso más alto de una discoteca.

Nadie parece entender a Jimmy en la película. Es evidente que nuestro Jimmy tiene algo de tarado y que las drogas no le sientan precisamente bien. Sin embargo, cada vez que veo esta película me sigo indentificando con él y no con los otros personajes. El personaje interpretado por Sting, the Ace Face, me sigue pareciendo insoportable. La chica me parece una frívola y una superficial. Los amigos no son más que un atajo de traidores que son incapaces de ayudarle de ninguna manera. Jimmy está sólo ante el precipicio, pero al final sólo vemos la moto caer al vacío. ¿Donde está Jimmy entonces? Jimmy está en cada uno de nosotros. Es esa parte rebelde y enloquecida que nunca nos abandona y sin la que no podríamos seguir viviendo.

We are the Mods !

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Jardin des plantes

El Jardin des plantes es mi parque favorito de París. Lo atravieso, por lo menos, un par de veces por semana. Me suelo sentar a tomar un café en un banco dentro del parque si el tiempo lo permite. En el Jardin de Plantes veo mi vida pasar como una película de sobremesa. Se trata de un melodrama un tanto aburrido que, sin embargo, no puedo evitar de ver una y otra vez. Hace dos semanas que no lo cruzo y he admitir que lo extraño. Echo de menos el jodido Jardin des Plantes. Echo de menos la profunda y reconfortante soledad que allí siento.

Mañana iré a escribir al Café de l’industrie. Escribiré y observaré a los clientes y a las camareras de este café cercano a la Place de la Bastille. No iré hasta el Jardin de Plantes, quizá debería hacerlo. Quizá debería ir y esconderme en algún recoveco del parque para pasar allí la noche.

Aquí estoy, sentado a la mesa del café. He pasado mala noche, los macarras han dado la vara hasta las cinco de la mañana. Sin embargo, el motivo de mi insomnio era otro. Una inmensa ola colérica me sacudió y me impidió dormir. Un nuevo desencuentro, una nueva muesca en el corazón. No puedo culpar a los macarras de todo lo malo que me sucede, ellos son simplemente ruidosos y molestos. No hubiera dormido mejor en el Jardin des Plantes.

Las camareras son tan antipáticas como siempre en el Café de l’Industrie, esta circunstancia es verdaderamente conmovedora. Deberían llevar un ranking para saber quien de ellas es la más insoportable. Me tranquiliza constatar que hay cosas que no cambian, se puede confiar en la estupidez, es un valor seguro. Antes me molestaba esta antipatía tan típicamente parisina, ahora tan sólo me hace sonreír. No iré al Jardin des Plantes hasta el martes, pero puedo imaginarme perfectamente allí. Atravieso la vereda que bordea el pequeño zoológico donde están los osos panda rojos y mi alma y mi cerebro entran en centrifugación.

Finalmente, mi impertérrita sonrisa ha arrancado el nombre de una camarera del café. Me ha dicho su nombre y dónde estudia. Hasta pronto ma chérie, hasta pronto mon cher Jardin des Plantes…