Peloti

Ayer por la noche me acordé de Peloti. Estaba en la cama a punto de quedarme dormido y su alargada y desgarbada figura se apareció ante mí. El Bandido, el bar librería que regenté en Madrid del 2002 al 2009, se coló en mis posteriores sueños.

Peloti y su tropa llegaban siempre al Bandido los sábados hacia las cuatro y media de la tarde. Comían en un restaurante castizo del barrio. El número de la tropa era variable, podía llegar a ser unos diez, pero el núcleo duro estaba formado por Peloti y sus tres escuderos más fieles. Eran todos varones de mediana edad y decir que eran de derechas es quedarse corto. Pertenecían a una clase anclada en el pasado. Una clase que se sentía vencedora, pero que había tenido que aceptar una serie de cambios que no digería muy bien. De alguna manera, se puede decir que venían al Bandido para digerir no sólo la copiosa y tradicional comida servida en el castizo restaurante, sino también para hacer gala de su existencia y recordarnos a todos de donde veníamos.

Estas intenciones las dejaron muy claras desde el principio. El primer día que vinieron al Bandido se mofaron de un grupo que hasta entonces venía a tomar café los sábados por la tarde. Era este un grupo inminentemente ideológico y eran algo más maduros que el comando proveniente del restaurante tradicional. Sólo tomaban cafés y tés y sus discusiones eran siempre políticas. A los que trabajábamos allí nos miraban con cierto desdén y desconfianza. No éramos como ellos, no comprendíamos el mundo de la misma manera. Al igual que Peloti, estaban anclados en el pasado.

La fricción no tardó en estallar entre ambos grupos tan opuestos. Peloti y los suyos les cantaron “Libertad, libertad, libertad … “. La cosa no fue a más, pero a los consumidores de tés y cafés no se les volvió a ver. Tampoco se les echó de menos en exceso, ocupaban una mesa grande durante horas y apenas consumían. Sus rivales, por el contrario, dejaban la caja llena con sus interminables rondas de pelotazos, de ahí el nombre de Peloti. “Ponme otro peloti”, era su frase favorita.

No me agradó en exceso la aparición de estos nuevos clientes, pero era una época de penurias económicas y durante un tiempo se hizo la vista gorda.

Decir que Peloti tenía un problema con la bebida es quedarse corto de nuevo. Engullía una media de diez o doce “pelotis” cada vez que nos visitaba. A veces, hasta era simpático. Pero los sábados por la tarde comenzaron a ser una tortura para todos. Los camareros ya no querían servirles y los clientes habituales comenzaron a quejarse de ellos.

La gota que colmó el vaso fue cuando uno de ellos soltó un pájaro en el Bandido. Un pobre animal que murió ese mismo día. Un tarado lo compró en una tienda de animales cercana para hacer la gracia. Estallé y les grité, creo que les trate de degenerados o algo así. Ante mi estupor, no me replicaron. Terminaron sus copas y se fueron.

Unas semanas más tarde, uno de los lugartenientes de Peloti se presentó en el Bandido para excusarse. No era el primer local que les invitaba a no volver. Peloti volvió una o dos veces más aunque tan sólo para tomar uno o dos rápidos pelotazos. Luego, desapareció. Unos pocos años después fue el propio Bandido el que cerró sus puertas para siempre.

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