Mister Freak

Mister Freak vive dentro de una caja de madera en la rue Guillaume Bertrand del 11ème arrondissement de París. Es un hombre mayor, casi un anciano, pero me sería difícil calcular su edad. Tiene un ligero aspecto de reptil. Su pelo, el poco que le queda, suele estar encrespado formando una especie de cresta. Mister Freak parece haberse escapado de un comic o de una grotesca película de horror de los años ochenta. Es como un Joker arruinado y caído en desgracia de manera perpetua.

Un día, al pasar por la rue Guillaume Bertrand, vi el interior de su habitáculo. Mister Freak estaba recostado en su interior. Normalmente, mendiga en la rue des Bluets al otro lado de la Avenue de la République. El interior de la caja era fascinante, allí había de todo: ropa, libros y cacharros de todo tipo. Era un desorden coherente, cada cosa parecía estar en su sitio. Esa fue la sensación que me dio la caja-casa de Mister Freak. Por las noches o cuando se ausenta para dar un paseo por el barrio cierra su casa con un candado. Es un hombre métodico. Tan sólo pide una moneda de 20 céntimos cuando mendiga. La gente del barrio le conoce. Le he visto hablar con algunos vecinos. Ignoro cuantos años lleva viviendo en el barrio. Cuando, hace un año, me mudé al barrio, Mister Freak ya estaba aquí. El mes pasado le di un par de monedas por primera vez. Me lo agradeció con una sincera y penetrante mirada.

En la calle donde vivo, no muy lejos de la calle donde vive Mister Freak, también hay una persona que duerme en la calle. Es un hombre joven. Llegó en mitad del invierno y se instaló en un soportal. No debe tener más de veinte y pico años. Hace unos meses hablé con él. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no me decidía, no encontraba el momento. En ocasiones cambiaba de itinerario para no pasar por delante de él. Desde que hablé con él no cambio de trayecto para evitarle. Viene de un país cercano a la India, no recuerdo exactamente el cual. Hablamos en inglés. Me dijo que buscaba trabajo y que a veces cargaba un camión en Ménilmontant. Le di todo el suelto que llevaba en los bolsillos. No era mucho, unos dos euros como máximo.

Desde entonces, me he parado a hablar con él tres o cuatro veces. Le suelo saludar cuando paso por delante de su soportal. No lo hago siempre. Me digo que igual no le apetece saludar constantemente a todo el que pasa por la calle. Tampoco nos saludamos cuando nos cruzamos fuera de la calle donde vivimos. Su mirada es triste y esquiva cuando sale de su territorio.

Cuando le saludo me sonríe y susurra una especie de «Bonjour». Su sonrisa es plácida y profunda. Tiene un teléfono móvil. Alguna vez se me ha pasado por la cabeza el pagarle un billete de avión para que vuelva a su casa. Dudo que lo aceptaría. Creo que lo que quiere es encontrar trabajo aquí en París. No tiene papeles. Nunca le he visto rezar. Fuma de vez en cuando. No soy el único que se para a hablar con él. Algunas personas del barrio también lo hacen. Le hablan y le dan comida. Cuando el soportal está vacío y sus pertenencias desaparecen me inquieto un poco por él, pero siempre reaparece al cabo de un par de días.

A veces, en mi cama antes de dormir pienso en ellos. Me pregunto si podrán conciliar el sueño y qué tipo de sueños o pesadillas tendrán. ¿En quién pensarán?¿Echarán de menos a alguien?¿A alguna mujer?¿A su familia?

Ayer volví a ver al joven. Había cambiado de lugar. Estaba en una esquina a tan sólo unos metros del soportal en el que duerme habitualmente. En un primer momento, me pareció que estaba molesto conmigo. Esquivó mi mirada, como si se avergonzara de que le descubriera traicionando la calle donde vivimos por otra aledaña. Sin embargo, al saludarle me dedicó una de sus sinceras sonrisas. No me paré a hablar con él.

Hace unos días que no he visto a Mister Freak. La última vez que me crucé con él en la Rue des Bluets le di una moneda de 20 céntimos. Me excusé por no tener más dinero suelto y seguí mi camino.