Falsa alarma en el Cannibale.

El viernes por la noche volvía a casa a eso de las 10:30 de la noche cuando me topé en la esquina de Rue de Oberkampf y la rue Amelot con la policía reculando ante una amenaza invisible. No escuché ningún disparo, pero el silencio era atronador. Seis policias armados con metralletas se atrincheraban detrás de un coche a menos de doscientos metros de mi. Era un espectáculo hipnotizante.

Montado en mi velib intenté reaccionar y pensar en un camino alternativo para volver a casa. Se me pasó por la cabeza el dejar tirada la bici en el suelo, me dió la impresión de que así era un blanco muy llamativo, pero la estúpida idea de tener luego que pagar una multa por ello me hizo mantenerme a lomos de esa pesada máquina de tres velocidades. Me cruzé con un tipo en silla de ruedas que iba directo hacia el lugar del tiroteo. Le dije que no siguiera por esa dirección, pero no me hizo el menor caso. Luego escuché a un joven hablando por teléfono enfrente de una terraza muy cercana al Cirque d’Hiver. El joven le decía a su interlocutor que era inadmisible, que la policía les tenía totalmente abandonados.

El resto de mi camino de vuelta a casa fue tan extraño como esos sueños que no se deciden a convertirse en pesadillas, pero que son pronfundamente perturbadores. Justo enfrente de mi casa, antes de dejar la bici, vi un alumno de la Escuela de Cine donde enseño. Estaba totalmente ausente y no me vió. Le ví bajar como un sonámbulo la Avenue de la République.

Al llegar a casa encendí la televisión y mandé un mensaje a mi familia. Comencé a recibir mensajes de multitud de amigos.

Dormí mal la noche del viernes. Durante el breve momento en el que me encontré de cara al peligro no había tenido tiempo de pasar miedo, pero por la noche, una mezcla de temor, cólera e incomprensión me sacudió con fuerza.

El domingo se presentaba de manera diferente. El sábado me había acostado agotado y había dormido de un tirón. Di una vuelta por mi barrio y bordeé el cementerio del Père-Lachaise. Los turistas, con su ingenuidad y curiosidad a prueba de bombas, conferían naturalidad y normalidad al enrarezido ambiente. Hacía buen tiempo, brillaba el sol.

Esa tarde tenía pensado ver a una ex-novía con la que había retomado contacto en los últimos días. Después de comer fuí a preparar mis clases a un café. A eso de las cinco mi amiga me llamó. Quedamos cerca de mi casa y lo primero que hicimos fue pasar por una librería. Nos compramos sendos libros. De allí fuimos a tomar algo a un café, fuimos al Cannibale.

El ambiente en el Cannibale era muy atractivo. La terraza estaba llena de gente y en el interior del café reinaba una especie de caos fascinante. Había un grupo de jóvenes estilosos a la manera parisina que dominaban con su medida insolencia la barra y las mesas aledañas. Ella venía de salir de una historia complicada. Yo no había vuelto a tener una relación estable desde que lo dejamos. Las cosas no terminaron demasiado bien entre los dos. En ese momento el pasado no tenía peso alguno.

Unas sombras precedidas de unos gritos de pánico sacudieron el Cannibale. Ella salió corriendo. Todo el mundo salió corriendo despavorido. Esos dos segundos fueron tan largos como un minuto. Mi primer impulso fue saber que era lo que estaba pasando. Un camarero pasó como una flecha a mi lado. Le seguí hasta la cocina. Allí vi como mi amiga resbalaba, el camarero se le venía encima. Agarré al camarero por los hombros e impedí que cayera sobre ella. Yo fuí el ultimo en entrar en la cocina.

La puerta que daba al patio trasero del edificio estaba cerrada con llave. Eramos unas diez personas: los camareros, los cocineros y algunos clientes. Llamé a mi amiga ya que no la veía entre el amasijo de gente. Alzó el rostro, estaba muy asustada. Un camarero reaccionó y le pidió las llaves al cocinero que estaba de pie a mi lado. Este pareció no escucharle. Yo se las volví a pedir. Todos los demás estaban en cuclillas. El cocinero me tendió las llaves y yo se las pasé al camarero y este abrió la puera posterior de la cocina. Salimos muy lentamente al patio trasero y entramos al edifico.

Subimos dos pisos y nos refugiamos en un minúsculo apartamento. Pregunté a los camareros si sabían lo que había pasado exactamente. Nadie supo responderme. Alguién dijo de llamar a la policía.

Al rato nos confirmaron que se trataba de una falsa alarma. Bajamos de nuevo al bar a recuperar nuestros abrigos y los libros que habíamos comprado horas antes. Salimos a la calle tras despedirnos de los camareros y de los demás con los que habíamos compartido esta experiencia tan singular.

La calle tenía un punto irreal, tenía la misma sensación que cuando se sale del cine después de ver una película de terror.

Fuímos a mi casa. Pusimos la televisión y vimos las noticias mientras cenábamos algo.

Esa noche también me costó dormir, pero no me sentía ni triste ni sólo. Por primera vez en mi vida sentí que el amor por los demás habita dentro de uno mismo.

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