El invencible Monsieur Gazpacho

La semana pasada interpreté el papel de mi vida. Encarné al mismísimo Monsieur Gazpacho en un bistró bobo ( bourgeois-bohème) del Faubourg de Strasbourg Saint-Denis en el Xème arrondissement. Nadie estaba preparado para la irrupción de tamaño tocapelotas. Los camareros ultra bobo intentaron frenarle y aplacarle sin éxito alguno. Monsieur Gazpacho es invencible. Esta es la breve e increíble historia de este legendario justiciero lingüístico.

Conocí el local de marras por puro azar. No suelo frecuentar Strasbourg Saint-Denis, pero había quedado con un danés que me había propuesto traducir un texto del español al inglés. El escandinavo llegó tarde a la cita y aproveché para dar un paseo por este barrio de corazón africano. En el mismo corazón del Faubourg di con un café recién reformado que me pareció bastante atractivo. No entré en ese momento, aún debía encontrarme con el danés en la boca del Métro. Una vez reunido con este, nos dirigimos juntos al local para hablar sobre la traducción. Era tarde para pedir café, pero no se me escapó la imponente cafetera que dominaba la barra. Tampoco pasé por alto que fabricaban su propio café de filtro. Al salir del bistró tanto el danés como yo nos hicimos con sendas de tarjetas del local.

No volví hasta la semana pasada, un mes después de aquella primera visita. Estaba un tanto cansado de ir a escribir a mi café habitual. La tarjeta del local apareció una mañana como por arte de magia dentro de un libro que había dejado de leer hacía unas semanas. Decidí ir a pie desde mi casa, no vivo lejos de Strasbourg Saint-Denis, de hecho vivo en el mismo distrito. Aunque es cierto que vivo en el norte del 10ème, pegado al 19ème y apenas frecuento la parte sur oeste del arrondissement. Casi nunca paso por Châteu d’Eau o Strasbourg St-Denis. Esa zona siempre me ha impresionado mucho. Hace veinte años, cuando intenté por primera vez instalarme en París, visité un piso por esa zona de la ciudad y recuerdo el propietario diciéndome que a parte de los heroinómanos que dejaban sus jeringuillas usadas en el portal de la casa todo era de lo más tranquilo y agradable. Afortunadamente, la época dorada de la heroína ha pasado, pero este barrio sigue teniendo un fuerte carácter por decirlo de alguna manera.

Me perdí un par de veces antes de dar con el café. No me suele pasar a menudo el perderme en París y menos en mi propio distrito. Estoy seguro de que algo en mi interior intuía lo que iba a suceder e intentaba evitarlo. Era demasiado tarde, para aquel entonces el espíritu de Monsieur Gazpacho se había colado dentro de mi. Demasiadas pequeñas humillaciones, demasiadas dificultades y obstáculos son los que encontramos aquellos ilusos que intentamos echar raíces en París. Por algún lado debía encontrar salida toda esa frustración acumulada durante más de tres años.

Me senté en una mesa situada en una esquina del bar que tenía una privilegiada vista de la calle. Pedí un café y el camarero, un joven y aún no resabiado bobo, me recomendó no añadirle azúcar ya que se trataba de un café artesanal con un sabor muy especial. Seguí su consejo, no era la primera vez que tomaba un café de este tipo y que recibía una indicación parecida en París. Normalmente tomo el café con azúcar. Desde mi mesa pude ver al otro lado de la calle al actor Vincent Macaigne. Esta circunstancia me debía haber alertado, nada bueno sucede si este tipo anda cerca. Es el clásico cenizo absurdo y pretencioso. El típico personaje que protagoniza escenas ridículas y rocambolescas y que no tienen ninguna gracia.

Había quedado con un amigo para comer y cuando una altiva y fría camarera nos tendió la carta algo me llamó poderosamente la atención. A parte de no tener Plat du jour, señal inequívoca de rigidez, tenían Gaspacho. Allí estaba mi oportunidad. Me pareció intolerable que escribieran gazpacho con «s». Algo un tanto absurdo ya que lo había visto escrito así mil veces desde que vivo en París. Y además, no es que en España no hagamos cosas parecidas con vocablos franceses, valga el ejemplo de Champán. Sin embargo, no pude reprimirme y hacer algo totalmente impropio de mi persona. Con un tono y una seguridad totalmente desconocida le dije a la camarera que no podía evitar decirle que gazpacho no se escribe con «S» sino con «Z». No lo digo para molestar, añadí, pero es una palabra española y así es como se escribe correctamente. La reacción de la camarera fue fulminante. Sin mover una sola facción de su joven e impoluto rostro me dijo que lo importante eran los platos y no las palabras y que además dudaba ciertamente de lo que le decía. Decidí no insistir, pero mantuve el tipo y la sonreí cínicamente. Era evidente que el comentario había dado en la diana, por mucho que se esforzase estaba claro que le había molestado mucho.

La cosa parecía haber quedado ahí, pero en cuestión de dos minutos el mismísimo encargado del local se presentó en nuestra mesa para defender su dichoso gaspacho. Era un tipo alto y fornido de unos treinta y pico años, un verdadero estandarte de su estirpe. Le había visto entrar al local unos minutos antes y me ha había dedicado una penetrante mirada que yo había sostenido estoicamente. El encargado sostuvo que en francés se escribía de esa manera y que, de todas formas, era una receta original que distaba bastante de la original. Me abstuve de comentar los ingredientes que se habían permitido añadir a uno de nuestros brebajes más patrios. Le dije que no se lo tomara tan mal, que había sido un comentario inocente, una pequeña broma. Esto pareció desconcertarle, el verme sereno y con un rápido sentido del humor no entraba en sus planes. Seguramente esperaba un enfrentamiento o que bajase intimidado la cabeza, pero no que me tomase el asunto a broma. Bajo entonces un poco la guardia y con una aire más resignado admitió que los franceses tendían a apropiarse de las palabras extranjeras. Yo, sintiendo su momento de debilidad, decidí asestar el golpe definitivo. Le dije que si, de todas formas, quería escribir la palabra correctamente yo me ofrecía a corregirla directamente en su carta con mi bolígrafo rojo de profesor de español.

El encargado se retiró sin decir una palabra más, tuvo que hincar la rodilla ante el invencible Monsieur Gazpacho, pero durante el resto de la comida sentí sus ojos bien clavados en mi, no sólo los suyos, también los de los demás camareros del local. Yo evité mirarles y no seguí la broma con la camarera cuando momentos mas tarde nos sirvió el café. Sin embargo, no me tembló el pulso una sola vez y pedí la cuenta con gran firmeza. La camarera apenas pudo reprimir una sonrisa cuando nos fuimos, ella también se rindió al invencible Monsieur Gazpacho.

Un pensamiento en “El invencible Monsieur Gazpacho

  1. Hola, he encontrado el blog por casualidad y le he echado un ojo. Muy bueno y “touchant” todo lo que cuentas. Con lo del gazpacho me reído un montón! Yo lucho con los peques todos los días para decirles que en español no se dice: “no hay problemo” Dichoso Bart Simpson! Mucho ánimo y muchas aventuras por vivir y contar.

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