Transformaciones después de tres años viviendo en París

Ayer hizo tres años que vivo en París. Tengo la sensación de que ha pasado mucho más tiempo. He vivido mucho y creo que he también he cambiado bastante. Sin embargo, sigo siendo un tarado en muchos sentidos. Un intenso y redomado tarado. Hay cosas que parecen ser imposibles para mi. Una de ellas es aceptar que la vida es aburrida. Otra es pensar que las personas podemos entendernos los unos a los otros. Quizá por eso la vida me resulta aburrida y frustrante. La imposibilidad de alcanzar a ser comprendido me deprime ligeramente. Luego se me olvida, es decir, vuelvo a pensar que un día alguien me comprenderá. Aún no he conocido a esa desgraciada persona. Todo me hace pensar que el conocerme no es ningún chollo. Yo he intentado durante años evitarlo, pero al final no me ha quedado más remedio que intentarlo. Al parecer hay cosas mucho más urgentes que el hacerse entender de una manera profunda y completa. Es evidente que hay que estar mal de la cabeza para pretender tamaña cosa.

Después de tres años en París me sigo enamorando de mujeres en el metro. Me iría con ellas a vivir el resto de mi vida sin dudarlo un instante. Hoy en la línea 9 me he enamorado total y estúpidamente de una joven dinámica que llevaba las gafas de sol puestas. Tenía un aire de estrella de cine de los años 50. Tenía algo de Audrey Hepburn. Estaba impecablemente vestida con un traje de verano y unos zapatos negros. Una elegante chaqueta de verano doblada en su brazo derecho, un bolso de color crema en el izquierdo. Llevaba medias blancas y manejaba con insolente agilidad su smart phone. Brillaba en el ambiente cargado del vagón con rabiosa e irresistible fuerza. Sus perfectos labios dibujaban un cierto aire de desdén. Era dolorosamente misteriosa. Podría interpretar sin despeinarse una película de la mejor época de David Lynch. Luc Besson la hubiera contratado sin dudarlo un instante para interpretar de nuevo a Nikita.

Yo la espiaba discretamente, intentaba no mirarla demasiado, pero mi mirada no es precisamente pura e inocente. No pasa desapercibida aunque ponga mi alma en ello. Así es como yo miro a las mujeres. Las espío torpe y obsesivamente. He perdido el juego desde el principio y ellas lo saben.

Un sitio se quedó libre a mi lado, pero ella prefirió sentarse en los asientos plegables situados cerca de las puertas. Entonces una anciana dama entró en el vagón y ella se vio forzada a dejarle su plaza. Yo me dije, eso le pasa por no querer sentarse cerca mía. En la siguiente parada, un nuevo asiento enfrente de mí quedó libre. Esta vez ella se sentó. Allí la tenía, la podía ver bien de cerca. Pero no lo hice. Apenas la miré. Ella me miró fugazmente y yo fingí estar totalmente embebido en la música que escuchaba con mis cascos. No la pienso mirar, no sirve para nada. Yo estoy bien tal y como estoy. No necesito más mujeres misteriosas. Me gusta mi vida después de tres años en París.

Nos bajamos en la misma parada. Antes de hacerlo, antes de bajar, pude ver sus manos de cerca. Manos elegantes y delicadas, perfectas. Al abrirse las puertas del metro ella desapareció en la corriente de gente sin mirar hacia atrás. Mentiría si negase que en ese instante me sentí un poco perdido. Sin embargo, salí a la calle por la salida que me convenía mejor y no volví a pensar en ella hasta hace una hora aproximadamente.

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6 pensamientos en “Transformaciones después de tres años viviendo en París

  1. No te preocupes. En esos momentos sólo idealizas a la persona. Nada más. Es peor cuando insistes y ves que en realidad no era lo que en tu mente se había creado. Al final todo se convierte en decepción. En realidad es mejor dejarlo pasar y que así permanezca en tu recuerdo, como algo perfecto que nunca fue. Digo yo, no sé.

  2. ¡Hola Diego! Me encanta seguir tus andanzas, por como las cuentas, tu evolución. Sólo decirte que para mí la vida es todo menos aburrida. Es una suerte vivir en París
    Besos

  3. Hola! Vivo enamorada de París, y tu blog es precioso! Que envidia como escribes chico! Yo también vivo en París, te invito a pasarte por mi blog, aunque no escribo tan bien como tu, tengo algunas fotos que quizás te gusten. Un saludo.

    onceapril.blogspot.com

  4. Hola Diego por casualidad, como pasan las cosas buenas, he dado contigo, soy Eduardo en la facultad compartimos alguna salida malasañera y en una fiesta en tú casa, bueno de tus padres , recuerdo que ese noche descubriste el secreto de aquella chica que te miraba y llevaba los puños de la camisa sucios. un fuerte abrazo y me alegro de saber que sobrevives.

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