Chercher Hortense

Los macarras de mi barrio celebran reuniones todas las semanas. Les encanta dejarse ver y hacer ostentación de su fuerza y número. El jueves pasado a eso de las ocho de la tarde consiguieron reunir un pequeño ejército, eran unos veinte. Lo más gracioso es que nadie les hizo el menor caso. Nadie expecto yo y quizá algún otro aburrido vecino que asomado a la ventana observaba el curioso espectáculo ofrecido por estas particulares hordas macarrescas.
Mi relación con ellos, quiero decir con los macarras, es ciertamente compleja. Por un lado, me tocan los huevos y me producen un profundo rechazo. No soporto sus maneras exageradamente viriles ni sus constantes gritos. Pero, por otro lado, me inspiran un poco de lástima. Siempre están allí, me da la impresión que no saben hacer otra cosa.
Su edad ronda los veinte años de edad. Muchos de ellos no han terminado sus estudios. Algunos no trabajan. Otros son repartidores y surcan París a lomos de sus pequeñas y ruidosas motocicletas. Otros, lo más populares, se dedican a vender chocolate. Conozco bien sus costumbres y sus miedos. La ciudad es un territorio demasiado vasto y peligroso para ellos, por eso se quedan varados enfrente del edificio de vivienda social que les ha visto nacer.
Por mi lado, dejando por el momento tranquilos a mis queridos amigos, he comenzado mis clases de español. Este año enseño en un École élémentaire privado y en el Liceo público para décrocheurs en el que trabajo desde el curso pasado. También tengo mis clases particulares. Por ahora sólo tengo un alumno, pero reside en la misma calle donde vivió sus últimos días Joseph Roth, uno de mis escritores predilectos y, sin duda alguna, el que me inspira mayor simpatía y ternura.
La semana que viene tendré todos mis cursos en marcha. El año acabó por organizarse, tan sólo faltan una par de detalles para cuadrarlo. A pesar de ello, ayer no fue un día fácil. Demasiados viejos fantasmas en mi cabeza. Demasiada ira y frustración mal canalizada que brotaba de manera torpe y agresiva.
Para calmarme decidí volver a ver Chercher Hortense del escritor, realizador y guionista Paul Bonitzer. Es una película sencilla y poderosa. En una de las últimas escenas del filme, el personaje encarnado de manera excepcional por Jean-Pierre Bacri hace frente a su padre, presidente del Conseil D’état. Este último se a negado ha utilizar su influencia para ayudar a una joven balcánica amenazada con ser expulsada del país.
Cuando hace un par de años vi la película en el cine me causó una muy buena impresión. Anoche me pareció aún mejor. No tuve que subir el volumen de la televisión. Ayer, aunque era viernes, la calle estaba extraordinariamente tranquila. Los macarras no se reúnen los fines de semana enfrente de su edificio. Me pregunto qué hacen los fines de semana. Me pregunto dónde irán. Me gustaría saber qué buscan allá donde van. Espero que lo encuentren, sea lo que sea.

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