Les jardins du Luxembourg .

No tuve el placer de conocer el parque de Luxemburgo hasta la tercera vez que visité París en 1998. Hay que decir que la primera visita fue muy breve, apenas cuenta, y que después, aunque viví un par de meses en París en 1997, estaba cojo y además residía en el extremo sur del 15ème. Una zona ciertamente alejada del 6ème y de los jardines de Luxemburgo. La historia de mi cojera la dejaré para otro momento, es una historia larga y complicada de contar. Como suculenta primicia puedo adelantar que visité el Mussée d’Orsay en silla de ruedas.

Pero volvamos al parque de Luxemburgo. La primera vez que entré en dichos jardines fue acompañado de una joven rusa. La había conocido una media hora antes en un Café de Saint-Michel. Yo estaba sentado tomando un café en la terraza cuando la persona que estaba sentada a mi lado, una atractiva mujer rubia que leía una revista de moda, me preguntó el motivo de mi tristeza: Pourquoi êtes-vous triste? Es posible que estuviera triste aquel día, poco importa, ha llovido mucho desde entonces. A partir de ese momento nos pusimos a charlar y al poco rato me preguntó si conocía el Parque de Luxemburgo. Dije que no, ella se ofreció a acompañarme. Está muy cerca de aquí, me dijo.

Subimos juntos el Boulevard Saint-Michel hasta la entrada del parque y nos sentamos en las típicas sillas de hierro cerca del estanque. Nos comunicamos en una mezcla de francés e inglés. Esa misma tarde volvía a Madrid. Recuerdo que nuestra conversación fue intensa y extraña. En algún momento le hablé de Don Quijote y Sancho Panza y también sobre mi intención de escribir una novela. No soy un conversador ni ágil ni original. Ella me habló de su trabajo. Se dedicaba al turismo individual, acompañaba a sus clientes a la Ópera y a sitios del mismo estilo. Obviamente su ocupación profesional me llamó la atención. Hacía un espléndido día de primavera.

Nos despedimos un tanto azarados, era verdaderamente frustrante decirse adiós nada más conocerse. Por un breve segundo se me pasó por la cabeza quedarme un día más, reservar un hotel y quedarme con ella, conocerla. No lo hice.

Así, de esta manera tan novelesca, fue como conocí el Parque de Luxemburgo. Desde aquella primera vez lo he cruzado en innumerables ocasiones, pero nunca me ha parecido tan embriagador y misterioso como cuando lo hice acompañado por esa atractiva e inquietante mujer rusa. Ninguna otra desconocida me ha vuelto a preguntar cuál era el motivo de mi tristeza.

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