Agosto en París.

Los macarras de mi barrio se han ido de vacaciones. Hace una semana que no se reúnen en el banco que hay enfrente del número 13 de mi calle. Yo vivo en el 10 y sus risas nocturnas me han desvelado en más de una ocasión. Los alumnos del Progress Santé, una escuela superior privada, también están de vacaciones. La calle está mucho más silenciosa de lo habitual. Tan sólo los autobuses y los dichosos scooters permanecen obstinadamente fieles a esta arteria del 10e arrondissement. Yo también me he quedado aquí y no me arrepiento.
El secreto para pasar un agosto agradable en París reside en hacer lo mínimo posible. Nada de museos ni de exposiciones, eso es para los turistas. Tampoco hay que contar con las piscinas públicas, los funcionarios aprovechan los domingos para hacer huelga. Algunas estaciones del Métro cierran por obras. De los RER y de los trenes mejor no hablar. Nunca sabes lo que puede pasar una vez que te subes a un tren de la SNCF. En el mejor de los casos te lleva a tu destino, si además llegas a la hora y en plena salud física y mental puedes dar gracias a Dios.
Lo mejor es no salir del barrio en el que vives, tan sólo cuando sea estrictamente necesario. Yo me veo obligado a cruzar a la Rive Gauche tres días por semana y cada vez que vuelvo a la Rive Droite lo hago con gran alivio. Todo el barrio latino está infectado de turistas, para mayor inri muchos de ellos hablan castellano.
El otro día en la línea 7 de metro me senté cerca de una madre y de un niño españoles. Este último debería tener unos seis o siete años. Llevaba gafas y tenía un aire de lo más frágil. Tenía un punto casi evanescente. Miraba todo con una enorme curiosidad y luego le preguntaba a su madre. Ella sonreía e intentaba contestarle lo mejor posible. Luego, ella nos miraba y sonreía. Parecía sorprendida de la candidez de su propio hijo y parecía buscar ayuda entre el resto de pasajeros del vagón. Como si buscase a alguien que pudiera responder mejor que ella a las terriblemente tiernas preguntas de su hijo. Yo no me quité los cascos. Aquel día los llevaba puestos sin escuchar música.
De repente, el niño se levantó de su asiento y se lanzó hacia el centro del pasillo. Su rápido gesto nos pilló a todos por sorpresa. La madre dio un respingo, atrapó a su hijo y lo recondujo junto a ella. Fue una escena que duró unos breves segundos, pero que se me ha quedado grabada en la cabeza.

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