Le RER B direction Mitry

Ayer en la Gare du Nord. Tenía que dar una última clase de español en Villepinte, no lejos del Aeropuerto Charles de Gaulle. La última vez que fui hasta allí me perdí. Llegué tres cuartos de hora tarde. La madre de la alumna tuvo que venir a buscarme a un pueblo vecino. Eso sucedió hace dos semanas, al día siguiente me mudaba.

Debido a una huelga hay servicios mínimos en el transporte. La Gare de Nord es un hervidero de gente desorientada que no encuentra el tren que les lleve a sus casas o al aeropuerto. Yo soy uno de ellos. Me pregunto qué coño hago aquí. Todo este lío para dar una hora y medía de español a una chica que ya terminó sus clases. Un agente de la RATP me informa que el RER B dirección Mitry no sale de su plataforma habitual.

Me cuesta unos minutos entender de donde sale este jodido tren. Finalmente, lo encuentro y me subo al vagón. Enseguida se llena de gente, de gente humilde que vive en lugares como La Courneuve o Drancy. Yo voy a Vert Galant, no lejos del final del trayecto. En diez minutos el vagón se llena hasta los topes, no cabe un solo alfiler y hace calor. Yo me he podido sentar y observo con un ligero punto de angustia los rostros curtidos de todos mis compañeros de viaje. La mayor parte de ellos son inmigrantes. Hay un hombre de apariencia magrebí con una enorme cicatriz en su cabeza afeitada. Hay mujeres con velo, jóvenes de color con los cascos de música enfundados en sus cabezas, mujeres del este de Europa con melenas rubias y rizadas, dos chicas jóvenes de color con piercings y tatuajes y un señor árabe de gesto grave y ausente.

Sentada a mi lado, hay una pareja francesa de mediana edad que habla con el típico acento de las clases populares de París. La mujer habla por teléfono y dice : «On décolle dans 7 minutes». Su propio labsus le hace reir, décoller quiere decir despegar. La imagen de este tren despegando para surcar los cielos de la région parisienne me ha arrancado una cínica sonrisa. Pero no la miro, estoy un poco angustiado en este vagón lleno hasta los topes que parece no querer partir de la Gare du Nord.

El tren sale con tan sólo cinco minutos de retraso sobre el horario previsto. Llego puntual a mi cita. La clase transcurre de manera satisfactoria. La alumna, a pesar de sus frecuentes bostezos, realiza todos los ejercicios que le propongo. Hemos dado la clase en la cocina de esta humilde casa. La madre me tiende los cupones de pago, pero se equivoca y me da uno de más que le devuelvo con una sonrisa. Me previene que debido a la huelga puede que me resulte difícil volver a París.

En la estación de Vert Galant debo esperar tres cuartos de hora. Tengo tiempo para meditar. Recuerdo todo lo sucedido en estos últimos meses. Los alumnos del Collège, sus ávidas miradas y aquellas noches sin dormir. Recuerdo también aquella mañana en la que mi ex, antigua viajera del RER A, me dijo que quería dejarlo. Yo estaba en la cama, medio dormido. No me dio más explicaciones. Cuando luego la llamé por teléfono a su trabajo me trató como si fuera un desconocido, una persona que te molesta con un asunto absurdo e intrascendente a media mañana.

Me vuelve la imagen del piso de Jourdain donde pasé dos meses y medio y me rehice una vez mas a mí mismo. Esto es lo que pasaba por mi cabeza en la Gare de Vert Galant. ¿Cuántas veces podemos rehacernos a nosotros mismos? ¿Acaso no es eso la vida? ¿Rehacerse y transformarse constantemente?

El RER B me devolvió a la Gare de Nord, pero yo ya me había vuelto a transformar en otra persona, en otro ser humano hambriento por vivir.

Unknown

4 pensamientos en “Le RER B direction Mitry

  1. Es uno de los ¿problemas? de vivir en París, las horas ¿interminables? que pasamos en los transportes en común. A veces me da la sensación de que en el transcurso de entrar y salir de una misma línea de metro, me he rehecho varias veces. Genial el escrito. Un abrazo.

  2. Genial escrito, como siempre, aunque me gustaría puntualizar algo.

    Con riesgo a equivocarme diría que esos “inmigrantes” que mencionas, la mayoría, es posible que sean franceses de segunda-tercera generación, habiendo llegado sus ancestros aquí mucho antes que nosotros.

    Es mi opinión, transformada a través del tiempo evidentemente. Cuando yo llegué aquí pensaba y hacía las mismas observaciones, pero creo que es debido a nuestra visión un poco verde de la inmigración.

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