Ventajas de vivir en París.

El cielo gris de París me resulta especialmente atractivo. París es París cuando los días son grises y húmedos. Cuando amenaza tormenta y las nubes son de un gris oscuro es entonces cuando soy más consciente de vivir en París. Todavía hay momentos en los que me sorprende verme en esta ciudad, doblo una esquina y me digo, no sueñas, vives en París. Esta sensación es fugaz, un breve instante que sucede cuando consigo liberarme de los ruidos que produce mi jodida cabeza con el único objetivo de volverme loco. Después de todo, yo no debería estar viviendo aquí, pienso esbozando una sonrisa. A veces pienso que debería, como mínimo, estar encerrado a cal y canto en algún tipo de institución mental.

La principal ventaja de vivir en París es que ya no necesito soñar que vivo en París. Como sueño no es muy original, no pretendo serlo. No soy original y me importa un bledo. París me impide pensar en todas aquellas ilusiones vanas de la infancia y de la adolescencia. Mi pasado es borroso, muy confuso, ni siquiera estoy seguro de recordar si tenía algún sueño o aspiración especial cuando era un chaval a parte de ser escritor. Siempre quise ser escritor, podría incluso decir que siempre me sentí escritor. Imaginar historias ha sido siempre mi afición preferida. A los cinco años contaba aventuras increíbles y totalmente improvisadas a mis compañeros de clase mientras esperábamos nuestro turno para comer. Historias de náufragos, eso es lo que les contaba a mis dos mejores amigos en aquel pasillo de colegio. Los tres hemos resultado unos náufragos de la vida como lo somos todos lo queramos aceptar o no.

En algún momento soñé con ser un autor famoso e influyente. Es muy posible que no fuera ese mi destino, es muy posible también que carezca de todo cuanto se necesita para ser ese tipo de persona. Tengo la sospecha que la fama es pasajera y caprichosa. Sospecho igualmente que el éxito esclaviza a las personas y que antes o después anula su autenticidad.

No soy ambicioso porque aún no me conozco bien, todavía ignoro quién soy en realidad. Llegó un momento de mi vida en que sobrevivir se convirtió en algo totalmente prioritario, las ambiciones y aspiraciones quedaron en un segundo o tercer lugar. Desconozco si volverán a despertar, si volveré a soñar con ser algo más que un náufrago en una isla desierta. No podría poner la mano en el fuego, a lo largo de mi vida me he quemado infinidad de veces.

Mi vida en París es como un regalo. Por el momento, no me veo en otro lugar. Quizá mi única ambición sea vivir en París por el resto de mi vida.

Le RER B direction Mitry

Ayer en la Gare du Nord. Tenía que dar una última clase de español en Villepinte, no lejos del Aeropuerto Charles de Gaulle. La última vez que fui hasta allí me perdí. Llegué tres cuartos de hora tarde. La madre de la alumna tuvo que venir a buscarme a un pueblo vecino. Eso sucedió hace dos semanas, al día siguiente me mudaba.

Debido a una huelga hay servicios mínimos en el transporte. La Gare de Nord es un hervidero de gente desorientada que no encuentra el tren que les lleve a sus casas o al aeropuerto. Yo soy uno de ellos. Me pregunto qué coño hago aquí. Todo este lío para dar una hora y medía de español a una chica que ya terminó sus clases. Un agente de la RATP me informa que el RER B dirección Mitry no sale de su plataforma habitual.

Me cuesta unos minutos entender de donde sale este jodido tren. Finalmente, lo encuentro y me subo al vagón. Enseguida se llena de gente, de gente humilde que vive en lugares como La Courneuve o Drancy. Yo voy a Vert Galant, no lejos del final del trayecto. En diez minutos el vagón se llena hasta los topes, no cabe un solo alfiler y hace calor. Yo me he podido sentar y observo con un ligero punto de angustia los rostros curtidos de todos mis compañeros de viaje. La mayor parte de ellos son inmigrantes. Hay un hombre de apariencia magrebí con una enorme cicatriz en su cabeza afeitada. Hay mujeres con velo, jóvenes de color con los cascos de música enfundados en sus cabezas, mujeres del este de Europa con melenas rubias y rizadas, dos chicas jóvenes de color con piercings y tatuajes y un señor árabe de gesto grave y ausente.

Sentada a mi lado, hay una pareja francesa de mediana edad que habla con el típico acento de las clases populares de París. La mujer habla por teléfono y dice : «On décolle dans 7 minutes». Su propio labsus le hace reir, décoller quiere decir despegar. La imagen de este tren despegando para surcar los cielos de la région parisienne me ha arrancado una cínica sonrisa. Pero no la miro, estoy un poco angustiado en este vagón lleno hasta los topes que parece no querer partir de la Gare du Nord.

El tren sale con tan sólo cinco minutos de retraso sobre el horario previsto. Llego puntual a mi cita. La clase transcurre de manera satisfactoria. La alumna, a pesar de sus frecuentes bostezos, realiza todos los ejercicios que le propongo. Hemos dado la clase en la cocina de esta humilde casa. La madre me tiende los cupones de pago, pero se equivoca y me da uno de más que le devuelvo con una sonrisa. Me previene que debido a la huelga puede que me resulte difícil volver a París.

En la estación de Vert Galant debo esperar tres cuartos de hora. Tengo tiempo para meditar. Recuerdo todo lo sucedido en estos últimos meses. Los alumnos del Collège, sus ávidas miradas y aquellas noches sin dormir. Recuerdo también aquella mañana en la que mi ex, antigua viajera del RER A, me dijo que quería dejarlo. Yo estaba en la cama, medio dormido. No me dio más explicaciones. Cuando luego la llamé por teléfono a su trabajo me trató como si fuera un desconocido, una persona que te molesta con un asunto absurdo e intrascendente a media mañana.

Me vuelve la imagen del piso de Jourdain donde pasé dos meses y medio y me rehice una vez mas a mí mismo. Esto es lo que pasaba por mi cabeza en la Gare de Vert Galant. ¿Cuántas veces podemos rehacernos a nosotros mismos? ¿Acaso no es eso la vida? ¿Rehacerse y transformarse constantemente?

El RER B me devolvió a la Gare de Nord, pero yo ya me había vuelto a transformar en otra persona, en otro ser humano hambriento por vivir.

Unknown

Déménager. (Solo)

Soy un experto en mudanzas de pequeña escala. Las organizo meticulosamente, no dejo un mínimo detalle al azar. Creo que esta vez me he superado a mi mismo. Un viaje en el Bus 26, un pequeño trayecto en taxi y asunto arreglado. Sin embargo, no puedo evitar experimentar cierta sensación de vértigo y desasosiego una vez que me encuentro sólo rodeado de mis bártulos en mi nuevo espacio.

De nuevo debo habituarme a una nueva casa, a un nuevo barrio. Después de tantes mudanzas, cinco en los últimos dos años, debería estar acostumbrado. No es así, me sigue resultando agotador cambiar de decorado. Los nuevos ruidos, los nuevos vecinos, los nuevos macarras del barrio…

Vaya donde vaya me encuentro siempre con los típicos pintamonas de barrio. No me molesta, son acogedores a su manera, se dejan ver y son los primeros en darte la bienvenida con sus gritos y aspavientos.

Luego están los ancianos del barrio y del edifico. Son los segundos a descubrir, son estáticos y eso les hace mas visibles. Asomados a las ventanas del inmueble ven la vida pasar sin juzgar a los demás. Sus miradas vacías han visto demasiado y atrincherados en sus apartamentos renuncian a seguir tomando parte del juego absurdo, fascinante y cruel de la existencia humana. Los jóvenes macarras y los viejos lo ignoran, pero forman parte del mismo grupo de gente. Son los primeros en darte la bienvenida.

Por otra parte, alejándome de consideraciones aparentemente más profundas, me veo obligado a conceder que el barrio donde vivo ahora es especialmente agradable. No me puedo quejar, esta vez he subido de nivel. Vivir cerca del Canal Saint Martin es un verdadero lujo. Salgo de mi casa, camino dos minutos y me doy de bruces con él. Me entran unas enormes ganas de sumergirme en el agua verde oscura del Canal Saint Martin.

Ayer por la tarde me infiltré en el Point éphémère, centro de enrollados culturetas donde los haya. No llegué a tomarme nada. Me hubiera tomado una tónica swcheppes, pero los camareros eran tan estúpidos que decidí que era mejor no establecer contacto visual directo con ellos. La estupidez extrema resulta peligrosamente contagiosa.

Aún no tengo instalada la conexión a internet ni tampoco la televisión. Me han mandado un paquete con la dichosa Freebox, pero se olvidaron de incluir una pieza sin la cual no puedo hacer nada de nada. Mientras espero la llegada de esta santa pieza me dedico a ver viejas películas francesas.

Ayer vi por segunda vez “Solo” de Jean-Pierre Mocky. Es una película muy curiosa que tiene unos diálogos francamente inspirados. Narra la historia de un grupo de estudiantes parisinos que desencantados de las vanas promesas del Mayo del 68 deciden pasar a la acción. Se convierten en terroristas.

Mocky interpreta al hermano mayor del jefe del comando, un elegante violinista y sofisticado ladrón de joyas. La suya es una lucha individual. Un personaje, un componente del comando, le califica de parásito y de cínico. Una atractiva chica, también miembro del comando, le tacha de conservador por no querer practicar sexo con ella en un coche. El personaje encarnado por Mocky le replica a esta última: «C’est mon côte de vieux à la con».

Yo también tengo un lado de viejo cínico y estúpido. Es cierto que la mía es también una lucha principalmente individual.

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