LAS BANZAI (Versión 2014).

Las Banzai eran tres. Iban siempre juntas. Tomaban la primera cerveza en el bar que mis amigos y yo frecuentábamos cuando teníamos dieciséis años. Nosotros las llamábamos las Banzai. Ellas eran más jóvenes, tendrían un par de años menos, o quizá o no, puede que tuvieran nuestra misma edad. Es difícil decirlo, nunca hablé con ellas, nunca les dirigí la palabra. Ellas tampoco nos hablaron jamás.

Pocos años antes de conocer a las Banzai, yo era un pequeño freak que jugaba a las chapas reproduciendo el Tour de Francia etapa por etapa y que pasaba horas interminables desplegando ejércitos de soldados en miniatura por jardines propios y ajenos. En un abrir y cerrar de ojos me vi en un descampado, no para jugar con mis inofensivas chapas e inocentes soldaditos de plástico, sino formando parte de una enloquecida pandilla armada de drogas hasta los dientes.

Mis amigos y yo éramos una pandilla de suicidas superados por los efectos del alcohol, el hachís y los ácidos. Teníamos algo de esos soldados que son enviados al frente sin preparación alguna, de carne de cañón. No estábamos preparados para recibir tanta metralla y menos aún para las sutilezas de la seducción femenina. Yo desde luego, no lo estaba. No sé que me aterraba más, las peleas o tener que hablarle a una chica que me gustaba. Ambas cosas me dejaban completamente paralizado.

Algunos de mis amigos eran expertos seductores que no pestañeaban al acercarse a las chicas en antros y tugurios de todo tipo, otros, en cambio, eran guerreros consumados siempre listos para el combate y no dudaban un instante a la hora de soltar un buen par de puñetazos al primer despistado que pasaba por allí. Yo destacaba en el arte del mutismo absoluto. Mis negras ojeras alcanzaban desmesuradas dimensiones y mi boca quedaba sellada ante el dantesco espectáculo nocturno del noroeste madrileño. Bares y discotecas atrozmente impersonales donde era ciertamente imposible no perder la cabeza ante tanta exhibición de mediocre superficialidad. La violencia era una salida fácil, lógica. No para mi, un ser amedrentado que tan sólo bajo los efectos de las drogas y el alcohol podía derrumbar todas las barreras de terror que me producían los demás.

Los viernes por la tarde, después de salir del colegio, llamaba uno a uno a todos mis amigos. Me pasaba una hora al teléfono. Quedábamos primero en mi casa. En mi terraza fumábamos los primeros canutos. Juntos cogíamos el auto-bus que nos llevaba al pueblo vecino. Una vez allí nos dirigíamos al bar donde coincidíamos con las Banzai. Las Banzai tenían un estilo propio y cierta actitud de rebeldía, no eran como la mayoría de las chicas de la zona.

La más alta era mi chica Banzai. Tenía el pelo largo y castaño cortado a flequillo. Era delgada, y en mi memoria la recuerdo vestida con un holgado jersey de lana, pantalones ajustados y zapatillas de deporte blancas muy gastadas. Sus ojos eran castaños y tenía unas ojeras que me resultaban muy atractivas. Tenía una mirada triste, o quizá es así como yo la quiero recordar. Su mejor amiga, con la que siempre parecía estar conspirando, era bajita y morena. De la tercera tan sólo puedo recordar que era rubia y que llevaba el pelo corto. Ninguna de ellas encajaba en aquel bar inmundo donde nos sentábamos tan cerca los unos de los otros en unas incómodas butacas blancas.

No coincidíamos nunca con las Banzai en otro bar o discoteca. Seguramente saliesen luego por Madrid, tan sólo tomaban esa primera cerveza en el pueblo. Nosotros nos quedábamos en aquel maldito pueblo de mierda. No teníamos coche y las pocas veces que lo conseguíamos, resultaba verdaderamente milagroso no sufrir un accidente mortal. Tuvimos suerte, otros no la tuvieron. Una noche coincidimos con ellas por la calle. Las vimos a los lejos, bajaban hacia la parada del auto-bus. Uno de mis colegas salió corriendo totalmente enloquecido tras ellas gritando: ¡ Banzai, Banzai ! Creo que ellas no se dieron cuenta de nada, las vimos subir la auto-bus sin mirar atrás. Nuestro amigo, el idiota que las persiguió, resbaló y cayó al suelo. Desafortunadamente, no se hizo ni un triste rasguño. Lo hubiese matado en ese mismo instante. Nunca le perdoné.

Las Banzai dejaron de ir a tomar la primera cerveza en aquel bar. No las volví a ver. No tengo la menor idea de lo que habrá sido de sus vidas. No sé como se llaman. No las puedo buscar en Google, ni en Facebook y menos aún en la GuíaTelefónica. Lo que tengo claro es que existía una silenciosa complicidad entre nosotros. Nos reconocíamos los unos a los otros. Nos hubiese gustado hablar otro idioma, haber tenido una familia diferente y haber estudiado en otro colegio. Nos hubiese gustado crecer en otro barrio, en otra ciudad, en otro país.

2 pensamientos en “LAS BANZAI (Versión 2014).

  1. Me ha gustado mucho, Pita. Es muy evocador de recuerdos que se tienen por haber tenido esa edad, aunque fuera en otro extremo del mundo. La relevancia de ciertas personas en la memoria no coincide necesariamente con el tiempo compartido con ellas en la realidad.
    Somos lo que elegimos recordar, o algo así.
    Un abrazo.

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