Jean Pierre Léaud en El Reino de los Sueños Perdidos.

El otro día coincidí con Antoine Doinel, es decir, con Jean Pierre Léaud, en un restaurante español del 5ème arrondissement. Léaud tenía muy mal aspecto, apenas hablaba y cuando lo hacía su débil hilo de voz era casi inteligible. Estaba acompañado por otras dos viejas glorias a las que no pude poner nombre. Un hombre grueso que no paraba de hablar de los «viejos tiempos» y una vieja dama tan demacrada como coqueta que no abrió la boca para hablar una sola vez.

Yo le daba la espalda a Jean Pierre Léaud, sólo podía verlo si me daba la vuelta, pero su presencia me impresionó enormemente. Nunca pensé que podría coincidir con él, llegar un día a verlo con mis propios ojos. Aquel niño que mira directamente a la cámara en la escena final de Les Quatre Cents Coups estaba sentado tan sólo a unos dos metros de mí. Por un momento, todo mi cuerpo se estremeció, Jean Pierre Léaud…

Al levantarme para ir al baño pude verle mejor. Parecía borracho y estaba totalmente dejado. Mi admiración se tornó en una profunda sensación de tristeza. Era tan sólo una lejana sombra de lo que fue en su día. Un rostro difuminado por interminables horas de alcohol y soledad, eso es lo que tenía ante mí. El cruel rostro del abandono, de la renuncia y del dolor.

Le había visto por última vez en la estupenda película Camille Redouble de Noémi Lvovsky. En esta película tiene un pequeño papel, interpreta a un excéntrico relojero que recita una oración a la protagonista, la oración de la serenidad. Una oración que, aunque no soy creyente, conozco muy bien. Dice así:

«Dios, concédeme serenidad para afrontar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia».

Cuando le escuché recitar esta oración me conmovió profundamente. En la reparadora oscuridad de la sala de cine me sentí íntimamente conectado con el viejo Antoine Doinel. Ambos conocíamos el secreto de la oración de la serenidad. Un año y pico después, allí lo tenía, borracho y consumido ante mis propios ojos y a plena luz del día.

Yo no quiero convertirme en la sombra de mi mismo. No quiero ser un alma en pena. No quiero ser un jodido muerto viviente o un fantasma condenado al limbo. No quiero escuchar ausente y abatido las viejas y aburridas historias de tiparracos que lo único que quieren es aprovecharse de mí.

Es por eso que desde hace ya más de cuatro años intento cambiar lo que está en mi mano y no pensar demasiado en aquello que queda fuera de mi alcance. El rezo lo dejo para otros, pero cualquier cosa me parece válida para evitar ser un triste y escalofriante habitante del reino de los sueños perdidos.

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LAS BANZAI (Versión 2014).

Las Banzai eran tres. Iban siempre juntas. Tomaban la primera cerveza en el bar que mis amigos y yo frecuentábamos cuando teníamos dieciséis años. Nosotros las llamábamos las Banzai. Ellas eran más jóvenes, tendrían un par de años menos, o quizá o no, puede que tuvieran nuestra misma edad. Es difícil decirlo, nunca hablé con ellas, nunca les dirigí la palabra. Ellas tampoco nos hablaron jamás.

Pocos años antes de conocer a las Banzai, yo era un pequeño freak que jugaba a las chapas reproduciendo el Tour de Francia etapa por etapa y que pasaba horas interminables desplegando ejércitos de soldados en miniatura por jardines propios y ajenos. En un abrir y cerrar de ojos me vi en un descampado, no para jugar con mis inofensivas chapas e inocentes soldaditos de plástico, sino formando parte de una enloquecida pandilla armada de drogas hasta los dientes.

Mis amigos y yo éramos una pandilla de suicidas superados por los efectos del alcohol, el hachís y los ácidos. Teníamos algo de esos soldados que son enviados al frente sin preparación alguna, de carne de cañón. No estábamos preparados para recibir tanta metralla y menos aún para las sutilezas de la seducción femenina. Yo desde luego, no lo estaba. No sé que me aterraba más, las peleas o tener que hablarle a una chica que me gustaba. Ambas cosas me dejaban completamente paralizado.

Algunos de mis amigos eran expertos seductores que no pestañeaban al acercarse a las chicas en antros y tugurios de todo tipo, otros, en cambio, eran guerreros consumados siempre listos para el combate y no dudaban un instante a la hora de soltar un buen par de puñetazos al primer despistado que pasaba por allí. Yo destacaba en el arte del mutismo absoluto. Mis negras ojeras alcanzaban desmesuradas dimensiones y mi boca quedaba sellada ante el dantesco espectáculo nocturno del noroeste madrileño. Bares y discotecas atrozmente impersonales donde era ciertamente imposible no perder la cabeza ante tanta exhibición de mediocre superficialidad. La violencia era una salida fácil, lógica. No para mi, un ser amedrentado que tan sólo bajo los efectos de las drogas y el alcohol podía derrumbar todas las barreras de terror que me producían los demás.

Los viernes por la tarde, después de salir del colegio, llamaba uno a uno a todos mis amigos. Me pasaba una hora al teléfono. Quedábamos primero en mi casa. En mi terraza fumábamos los primeros canutos. Juntos cogíamos el auto-bus que nos llevaba al pueblo vecino. Una vez allí nos dirigíamos al bar donde coincidíamos con las Banzai. Las Banzai tenían un estilo propio y cierta actitud de rebeldía, no eran como la mayoría de las chicas de la zona.

La más alta era mi chica Banzai. Tenía el pelo largo y castaño cortado a flequillo. Era delgada, y en mi memoria la recuerdo vestida con un holgado jersey de lana, pantalones ajustados y zapatillas de deporte blancas muy gastadas. Sus ojos eran castaños y tenía unas ojeras que me resultaban muy atractivas. Tenía una mirada triste, o quizá es así como yo la quiero recordar. Su mejor amiga, con la que siempre parecía estar conspirando, era bajita y morena. De la tercera tan sólo puedo recordar que era rubia y que llevaba el pelo corto. Ninguna de ellas encajaba en aquel bar inmundo donde nos sentábamos tan cerca los unos de los otros en unas incómodas butacas blancas.

No coincidíamos nunca con las Banzai en otro bar o discoteca. Seguramente saliesen luego por Madrid, tan sólo tomaban esa primera cerveza en el pueblo. Nosotros nos quedábamos en aquel maldito pueblo de mierda. No teníamos coche y las pocas veces que lo conseguíamos, resultaba verdaderamente milagroso no sufrir un accidente mortal. Tuvimos suerte, otros no la tuvieron. Una noche coincidimos con ellas por la calle. Las vimos a los lejos, bajaban hacia la parada del auto-bus. Uno de mis colegas salió corriendo totalmente enloquecido tras ellas gritando: ¡ Banzai, Banzai ! Creo que ellas no se dieron cuenta de nada, las vimos subir la auto-bus sin mirar atrás. Nuestro amigo, el idiota que las persiguió, resbaló y cayó al suelo. Desafortunadamente, no se hizo ni un triste rasguño. Lo hubiese matado en ese mismo instante. Nunca le perdoné.

Las Banzai dejaron de ir a tomar la primera cerveza en aquel bar. No las volví a ver. No tengo la menor idea de lo que habrá sido de sus vidas. No sé como se llaman. No las puedo buscar en Google, ni en Facebook y menos aún en la GuíaTelefónica. Lo que tengo claro es que existía una silenciosa complicidad entre nosotros. Nos reconocíamos los unos a los otros. Nos hubiese gustado hablar otro idioma, haber tenido una familia diferente y haber estudiado en otro colegio. Nos hubiese gustado crecer en otro barrio, en otra ciudad, en otro país.

Monsieur Putain et la concierge.

Monsieur Putain, así me llamaban algunos de mis alumnos en el Collège. Me enteré a la vuelta de las últimas vacaciones escolares. Cuando entré en clase aquel ya lejano lunes 3 de marzo había una nota sobre mi mesa. La nota decía lo siguiente: «Monsieur Pita, vous êtes cool !». Este mensaje no era negativo, todo lo contrario, pero la nota no se acababa allí. Escrito con una letra diferente, otro alumno había escrito un mensaje que decía únicamente: «Monsieur Putain…». Finalmente, era Monsieur Putain lo que prevalecía. Monsieur Putain no podía ser tan «cool».

Lo comenté con los otros profesores. Una profesora me dijo que debía localizar a los alumnos que me habían escrito la nota. «Puedes descubrirlo por la caligrafía», me dijo muy convencida. Era mi última semana en aquel colegio infernal y no juzgué oportuno perder mis últimos días en tamaña investigación.

Hoy hace un mes que acabé mi contrato en el Collège y tengo la impresión de estar viviendo una vida totalmente diferente. De hecho, muchas cosas han cambiado en este último mes. Una de ellas es el lugar donde vivo.

Mi nuevo apartamento no tiene mucha luz, pero tiene los techos altos y no tengo la sensación de claustrofobia y hacinamiento que tuve en anteriores pisos. Mi vecino es un gran aficionado al fútbol, todos los fines de semana le escucho animar al PSG. Por la única ventana del piso puedo ver un edifico en el que han construido unos enormes lofts. Por las noches, uno de los inquilinos de estos lofts ve la televisión en una pantalla gigante.

La portera de mi edificio es una cotilla empedernida. Cada vez que me cruzo con ella por las escaleras sufro un interrogatorio en toda regla, ella misma lo dice: «Je suis curieuse, tu sais ?». El otro día coincidimos con ella en la entrada del edificio, yo iba con una amiga, y la concierge, ni corta ni perezosa, me preguntó: «C’est ta copine ?». Cuando recibo correo lo hace pasar por debajo de mi puerta y luego siempre lo comenta conmigo cuando nos cruzamos por las escaleras.

Los días de diario a las diez de la mañana, si aún no estoy despierto, los niños del colegio que hay justo pegado a mi edificio se encargan de hacerlo. El griterío que forman durante su primer recreo del día sería capaz de despertar y devolver la vida a los mismísimos difuntos.

En el nuevo edificio nadie conoce al Monsieur Putain, ni siquiera la portera sabe que aquellos petits monstres me llamaban así. Seguro que le haría mucha gracia. Monsieur Putain, diría muerta de risa, Monsieur Putain…

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