Pour l’amour de Paris.

Todavía no he ido a ver la exposición fotográfica de Brassai en el Hôtel de Ville y, la verdad, ya no creo que lo haga. Es una exposición gratuita y siempre hay unas enormes colas para entrar. No soy persona de hacer colas, no soy un tipo paciente ni pretendo serlo. Pero el título de la exposición, Pour l’amour de Paris, me gusta especialmente. Habla de mi relación con París. Aunque me cueste decirlo, soy un tarado un tanto pudoroso, estoy enamorado de esta ciudad. Lo estoy desde hace mucho tiempo, creo incluso que desde antes de conocerla si es que tamaña estupidez sea posible.

La primera vez que visité París tenía 18 años. Pasé una noche en un hotel con mi novia de entonces, el primer amor de mi vida. No recuerdo en que barrio estaba el hotel, tengo la impresión de que era el 3ème arrondissement. Después de aquella primera vez, he vuelto muchas veces a esta ciudad. Aquí he vivido todo tipo de experiencias, buenas, malas, tristes, alegres, horribles y maravillosas.

Hace unos quince años pensé en instalarme en París. No lo hice, tampoco lo intenté verdaderamente, no era mi momento. Dentro de unos días hará dos años que vivo aquí. Cuando llegué, ahora puedo decirlo, era un auténtico y genuino mar de dudas. Venía de muchos años difíciles y complicados en Madrid, tuve que partir casi de cero, volver a aprender a vivir.

En París he vuelto a nacer a los cuarenta años de edad. Nunca es tarde si la dicha es buena, eso dicen. El tema de la suerte es muy relativo. No hay que ser un genio para darse cuenta de que las cosas que nos hacen felices son raras, pertenecen generalmente al terreno de lo escaso y lo excepcional. Esta realidad, este aspecto esquivo de la «felicidad» se me hace especialmente visible y palpable en París. Una fugaz sonrisa en el metro, un jardín oculto, una mujer bella y distante, una película antigua, un libro de mi autor favorito, una librería abierta todos los días de la semana, un día soleado entre una semana entera de cielos grises, un rincón donde poder escribir, una preciosa canción, un rayo de sol entrando tímidamente en el café del barrio donde voy todos los fines de semana. Esta ciudad me da todos los días, al menos, una de estas cosas.

¿Qué estoy dispuesto a hacer por el amor de París? Nada, tampoco pido nada a cambio. Mi amor por París es pasivo, contemplativo. Sólo aspiro a que me dejen admirar  tranquilamente la belleza de la ciudad. Por ahora, lo digo sin levantar mucho la voz, creo que nos entendemos. París y yo hemos llegado a una especie de acuerdo tácito, tenemos un pacto secreto mediante el cual yo me he comprometido a pedir muy poco y a aceptar todo aquello que París decida ponerme en el camino. Amores, desamores, trabajos de mierda, trabajos cojonudos, pisos con ascensor, pisos sin ascensor, frío, calor, luz, oscuridad, compañía o soledad.

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Un pensamiento en “Pour l’amour de Paris.

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