Madame Connasse.

El pasado miércoles tuve el gusto de conocer a Madame Connasse en la línea 6 del metro. Se subió en Nationale o en Dugommier, no podría decirlo con certeza. Llevaba una botella en la mano de champagne de dudosa factura como quién porta la llama olímpica. En la otra mano llevaba un papel, una especie de notificación oficial. Tenía un compañero, un hombre con aspecto de clochard que a diferencia de Madame C., no parecía querer llamar la atención. Vive la France!, ese fue el primer grito de guerra de Madame C. Su voz era ronca, tenía un ligero acento extranjero y su rostro rivalizaba en maldad y dureza con el de la mismísima Cruela Devil. Iba vestida de forma sencilla, pero en absoluto daba la impresión de ser una persona descuidada o abandonada.

Eran alrededor de las tres de la tarde, me dije que debía llevar toda la mañana pimplando. Descorchó el champagne como una auténtica profesional, ni una sola gota cayó de la botella. Comenzó entonces a mostrar el papel al mendigo, parecía muy orgullosa de ese dichoso trozo de papel. Deduje entonces que Madame C. festejaba algo y que su acompañante era posiblemente una amistad reciente, un camarada de borrachera. Un tipejo que soportaba entre estoico e indiferente los aspavientos de su nueva «mentora». Madame C. comenzó a buscar nuevos horizontes, nuevos interlocutores, era obvio que el mendigo no era público suficiente para ella.

El vagón no estaba muy lleno, éramos unos quince afortunados los que asistíamos al gratuito espectáculo de esta extraordinaria mujer. Giró la cabeza y empezó a gritar hacia su nuevo público. «Vous êtes tous des alcooliques !», fue la cosa más agradable que salió de su boca. Luego personalizó el discurso para cada uno de nosotros. A una mujer que tenía justo detrás le dijo que no disimulara, que ella sabía bien que se escondía en su casa para beber todos los días. Luego me miró a mi, yo estaba un poco más alejado, pero no lo suficiente para escapar a su radio de acción. A mi me dijo algo así como que fumaba una cajetilla de porros al día. Yo permanecí impasible. Venía de dar clase en el Liceo y de comer con una compañera de trabajo y la verdad es que el espectáculo me estaba resultando muy entretenido.

Madame C. volvió a cargar contra la señora que estaba sentada más cerca de ella, de hecho era la única persona que se había mantenido en primera de línea de fuego desafiando impertérrita la cólera de Madame C. Esta mujer respondió de manera contundente al segundo ataque de Madame C: Ferme ta gueule !, le espetó secamente. La reacción de Madame C. no se hizo esperar, sin moverse de su asiento la miró con la peor de sus miradas asesinas, se bebió de un trago casi la mitad de la botella de champagne ante la mirada desesperada del mendigo y acto seguido soltó una terrorífica carcajada que nos hizo temer lo peor a todos los que íbamos en el vagón. Sin embargo, la cosa no fue mucho más lejos, ya tan sólo quedaban dos paradas para Nation, el terminus de la línea 6.

Madame c. lanzó un último ataque verbal a su íntima enemiga, la irreductible señora de la que yo tan sólo podía ver una melena rubia teñida peinada en una permanente pasada de moda. La mujer repelió de nuevo el ataque con una repuesta seca y contundente: Connasse !, le replicó esta verdadera heroína parisina. Madame C. vio entonces la oportunidad para reafirmarse, su gran momento, su bautizo metropolitano. Ni corta ni perezosa, se levantó y dijo: Madame, Madame Connasse ! 

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Pour l’amour de Paris.

Todavía no he ido a ver la exposición fotográfica de Brassai en el Hôtel de Ville y, la verdad, ya no creo que lo haga. Es una exposición gratuita y siempre hay unas enormes colas para entrar. No soy persona de hacer colas, no soy un tipo paciente ni pretendo serlo. Pero el título de la exposición, Pour l’amour de Paris, me gusta especialmente. Habla de mi relación con París. Aunque me cueste decirlo, soy un tarado un tanto pudoroso, estoy enamorado de esta ciudad. Lo estoy desde hace mucho tiempo, creo incluso que desde antes de conocerla si es que tamaña estupidez sea posible.

La primera vez que visité París tenía 18 años. Pasé una noche en un hotel con mi novia de entonces, el primer amor de mi vida. No recuerdo en que barrio estaba el hotel, tengo la impresión de que era el 3ème arrondissement. Después de aquella primera vez, he vuelto muchas veces a esta ciudad. Aquí he vivido todo tipo de experiencias, buenas, malas, tristes, alegres, horribles y maravillosas.

Hace unos quince años pensé en instalarme en París. No lo hice, tampoco lo intenté verdaderamente, no era mi momento. Dentro de unos días hará dos años que vivo aquí. Cuando llegué, ahora puedo decirlo, era un auténtico y genuino mar de dudas. Venía de muchos años difíciles y complicados en Madrid, tuve que partir casi de cero, volver a aprender a vivir.

En París he vuelto a nacer a los cuarenta años de edad. Nunca es tarde si la dicha es buena, eso dicen. El tema de la suerte es muy relativo. No hay que ser un genio para darse cuenta de que las cosas que nos hacen felices son raras, pertenecen generalmente al terreno de lo escaso y lo excepcional. Esta realidad, este aspecto esquivo de la «felicidad» se me hace especialmente visible y palpable en París. Una fugaz sonrisa en el metro, un jardín oculto, una mujer bella y distante, una película antigua, un libro de mi autor favorito, una librería abierta todos los días de la semana, un día soleado entre una semana entera de cielos grises, un rincón donde poder escribir, una preciosa canción, un rayo de sol entrando tímidamente en el café del barrio donde voy todos los fines de semana. Esta ciudad me da todos los días, al menos, una de estas cosas.

¿Qué estoy dispuesto a hacer por el amor de París? Nada, tampoco pido nada a cambio. Mi amor por París es pasivo, contemplativo. Sólo aspiro a que me dejen admirar  tranquilamente la belleza de la ciudad. Por ahora, lo digo sin levantar mucho la voz, creo que nos entendemos. París y yo hemos llegado a una especie de acuerdo tácito, tenemos un pacto secreto mediante el cual yo me he comprometido a pedir muy poco y a aceptar todo aquello que París decida ponerme en el camino. Amores, desamores, trabajos de mierda, trabajos cojonudos, pisos con ascensor, pisos sin ascensor, frío, calor, luz, oscuridad, compañía o soledad.

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Au revoir les enfants !

«C’est l´école qui lui avait appris à dissimuler. Dès le premier jour, il avait compris que dorénavant il aurait deux vies, l’une à l’exterieur et l’autre à lìnterieur, et que cette dernière, il ne pourrait jamais la partager avec personne».

Le Grand Loin. Pascal Garnier.

No me despedí de los chavales. El último día de mi contrato en el Collège pasó como uno más. No les dije que me iba, no les dije que mi contrato finalizaba y que no pensaba continuar aunque me lo ofreciera la principal. De hecho, lo hizo. Me preguntó si quería seguir ese mismo último día. Hacía un mes que ella sabía que la profesora titular de español no iba a volver. Le dije que no podía continuar y que tenía otros planes. También le dije que había hecho todo lo posible para dar clase en esas precarias condiciones. Casi no cabíamos en la diminuta clase destinada a la enseñanza del castellano.

La mañana siguiente me desperté especialmente ligero y liberado. Esta sensación duró poco. Alguien se encargó de devolverme a la «realidad». La vida no se toma descansos. Por lo que parece en París nadie tiene el privilegio de dormirse en los laureles. Sin trabajo y forzado a buscar un nuevo apartamento en esta bella y despiadada ciudad, así estaban las cosas el pasado viernes. Pero la suerte resultó estar de mi parte. Encontré un piso el domingo pasado y en una semana comienzo otro trabajo.

Un amigo más joven que yo, pero que lleva más en tiempo en esta ciudad, me dijo hace tiempo: «En París te pasas todo el día comiendo mierda hasta que, de repente, cuando estás a punto de ahogarte la ciudad te hace un regalo que te hace tan feliz que se te pone una inmensa cara de tonto». No sé si me habrá quedado cara de tonto. Todavía debo digerir todo lo que ha sucedido en estos últimos días.

Ignoro si los chavales estarán enfadados conmigo por no haber seguido y no haberme despedido de ellos, pero era imposible decir adiós a 125 alumnos sin tener que dar cien veces la misma explicación.  Estoy tranquilo, hice todo lo que pude.

Nunca me gustó el colegio. Hay algo en los pasillos de los colegios que me pone los pelos de punta.

Muy cerca de mi nuevo apartamento hay un École élémentaire. Ahora mismo escucho el griterío de los niños, es la hora del recreo. Acaba de sonar el timbre, las clases vuelven a comenzar.

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