Maryan, la «pintura-verdad».

Ayer me quedé totalmente paralizado delante de las obras de Maryan (1927-1977). Creo que nunca había experimentado una sensación parecida al contemplar un cuadro. La exposición lleva como título La ménagerie humaine (El zoo humano) y el 9 de febrero es el último día que se expone en el Musée d’art et d´histoire du Judaïsme.

Un amigo canadiense me la había recomendado. Me había dicho que seguramente me iba a gustar y no se equivocó. Me habló de una serie de personajes inquietantes y de Philip Guston, no tuvo que decir más. La semana siguiente estaba pasando el control de seguridad del Museo de Arte e Historia del Judaísmo situado en el 71 de la Rue du Temple y cinco minutos más tarde estaba frente a esos inquietantes personajes de los que me había hablado mi colega norteamericano.

No podía creer lo que estaba viendo, esos cuadros parecían estar pintados para mí, me enamoré de ellos de manera instantánea. Estuve a punto de decírselo a las personas que  en ese momento estaban conmigo en la sala  y preguntarles si acaso no les sucedía lo mismo. No lo hice, no tenía claro que idioma utilizar para expresar las profundas emociones que los cuadros de Maryan estaban provocando en mi interior. Tenía ganas de abrazarles, de tocar a esas extrañas y desamparadas figuras que resultaban a la vez primitivas y futuristas. Esa raza de hombres robot encerrados en una caja, esos colores mezclados con la inocencia de un niño y la maestría de un superdotado, esas caras deformes, esos ojos abiertos al abismo.

Permanecí mucho tiempo en aquella primera sala, algo me retenía allí, sin duda la certeza de estar contemplando algo extraordinario y absolutamente genial, una especie de revelación.

El arte para mí tiene que ser como los cuadros de Maryan; brutal, conmovedor, desgarrador, escalofriante, infantil, ingenuo, genuino, desesperado, tierno, doloroso, asesino, redentor. El arte tiene que ser una llamada de auxilio y, al mismo tiempo, una llamada salvadora. El arte tiene que salir de las entrañas y no del intelecto del artista. El arte tiene que ser de verdad.

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«Yo no obligo a nadie a que le guste mi pintura, pero que no me cuelguen etiquetas, por ejemplo: pintura denuncia, agresividad sin límites, o que digan de mí que no les extraña lo brutal de mi arte después de haber sobrevivido a un campo de concentración. En lo que a mi concierne, declaro oficialmente que yo hubiera calificado mi pintura como pintura-verdad». (Maryan).

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