Jugar al fútbol.

El otro día en el Collège vi a los chavales de 4ème jugar un partido de fútbol. Estaban todos los más macarras, aquellos a los que más veces llamo la atención durante las clases y también al que echo cada dos por tres. Yo estaba comiendo con los demás profesores, hablábamos de los alumnos o de la principal, casi siempre charlamos de las mismas cosas. En ese momento hubiera dado dinero por poder jugar libremente al fútbol con los alumnos. Les miraba desde la ventana del comedor de profesores y apenas participaba en la conversación con mis camaradas.

Siempre me ha gustado jugar al fútbol. Nunca he destacado mucho, pero lo he disfrutado como pocas otras cosas en mi vida. Ahora ya no puedo jugar, tengo una tendinitis crónica en el talón de Aquiles. Hace años que no doy unas buenas patadas a un balón de fútbol.

Cuando teníamos unos veintitantos años mis colegas y yo jugábamos todos los fines de semana. Nos colábamos en unos campos de tierra en un complejo deportivo donde por aquel entonces entrenaba el Atlético de Madrid. Los campos de hierba estaban vallados, no así los de tierra. Jugábamos siempre los mismos equipos. Debimos de hacerlo por un par de años como mínimo. Cada domingo el mismo derby, el mismo clásico entre los dos equipos. Mi equipo era el que solía perder, pero nos daba lo mismo, éramos unos fanáticos, lo de ganar es para gente de otra pasta. Yo siempre he jugado en equipos perdedores.

Un par de años más tarde, una especie de selección de los dos equipos legendarios participamos en una liga de fútbol siete. Nos echaron, lo nuestro no era la disciplina y los horarios fijos. Desde entonces no he vuelto a jugar de manera regular al fútbol. No podría realmente decir que lo eche de menos, el fútbol muchas veces sacaba lo peor de mí, pero es cierto que el otro día, al ver a mis alumnos jugar, me invadió una enorme e incontrolable nostalgia balompédica.

Decido bajar al patio y unirme al partido. Al principio, nadie quiere pasarme el balón, me miran extrañados, los profesores no juegan al fútbol con los alumnos. Poco a poco se tranquilizan, se olvidan de que soy el jodido profesor de español, ese tipejo extranjero con un drole d’accent. 

Mamadou me pasa la bola, yo estoy pegado a la banda derecha a la altura del centro del campo. Youcef intenta arrebatarme el balón, pero le driblo fácilmente y me planto ante el enorme Bakary que se lanza contra mi como un perro de presa. Con un simple y efectivo amago le dejo literalmente tumbado, esa es la ventaja de las canas, las ves venir. Me he quedado sólo delante del portero, a este chaval no le conozco. Debe dar alemán, mejor para él. Antes de que este pueda incluso pestañear he colocado la pelota pegada al poste izquierdo con un certero y suave derechazo. El balón entra mansamente en la portería ante la incredulidad de todos.

Obviamente, todo esto nunca sucedió, no existen los suaves derechazos.

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