Madrid. Verano de 1999.

El verano de 1999 trabajé como becario en una conocida revista de cultura pop. Fueron dos meses de intenso calor madrileño que representan la gran experiencia periodística de mi vida. Posteriormente he colaborado con revistas, pero nunca he vuelto a trabajar en el seno de una redacción. El primer día de trabajo me recibió el director, era un tipo joven que me soltó un discurso apasionado sobre el periodismo. Me dijo que en aquella redacción había que darse «dentelladas» para hacerse un hueco. No me impresionó especialmente su speech. No me daba la impresión de verme rodeado de tiburones, de hecho, todos mis futuros colegas resultaron ser gente muy simpática y agradable. Los tiburones eran otros, aquellos que tenían cierto poder, me refiero al director, al redactor jefe y a los amigotes de ambos. Especialmente memorable fue mi breve, pero intensa conversación telefónica con el «crítico de cine», gran amigo del redactor jefe. Le hice repetir su nombre dos veces y estalló de ira. Lo cierto era que no tenía la menor idea de quién era.

La revista tenía sus oficinas en un barrio céntrico y cuando salía a comer algo a eso de las dos, los termómetros de la calle marcaban cuarenta grados como mínimo. En la clásica cafetería del centro siempre me encontraba al redactor jefe. Allí estaba bebiendo su Gin-tonic. El primero o el segundo, difícil de saber. El redactor jefe bebía y tomaba drogas sin parar. Me ofrecía rayas de coca a las once de la mañana y una tarde me «obligó» a liar un porro en la oficina del director. Guardaba una botella de ginebra en su mesa y nos daba dinero para que le comprásemos botellas de Coca-cola que debíamos pasarle a medio beber. Él las rellenaba luego con ginebra.

No le guardo rencor, yo mismo, años más tarde, fui jefe y también cometí errores. Además, yo no era ni mucho menos una hermanita de la caridad. De los dos meses que trabajé en la revista creo que no me digné a ir un sólo viernes a la redacción. En aquella época la noche de los jueves era mi noche fetiche. Había en Madrid tal cantidad de tugurios gloriosamente decadentes… Nadie me llamó la atención, tengo la impresión de que los jefes tampoco iban a trabajar los viernes.

Acabado el periodo de prácticas nadie me ofreció continuar, yo tampoco lo pedí. En la revista publiqué un par de artículos y realicé un par de entrevistas telefónicas en inglés que nunca se publicaron. Una de ellas fue a Elvis Costello. También entrevisté en un hotel del Paseo de la Castellana a Alan Parsons, tampoco la publicaron.

Muchos años más tarde y en esta gris y lluviosa mañana parisina puedo sentir aún el calor tórrido del verano madrileño quemándome la garganta.

Estoy allí ahora mismo, estoy cruzando la Gran vía con los ojos cerrados.

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Maryan, la «pintura-verdad».

Ayer me quedé totalmente paralizado delante de las obras de Maryan (1927-1977). Creo que nunca había experimentado una sensación parecida al contemplar un cuadro. La exposición lleva como título La ménagerie humaine (El zoo humano) y el 9 de febrero es el último día que se expone en el Musée d’art et d´histoire du Judaïsme.

Un amigo canadiense me la había recomendado. Me había dicho que seguramente me iba a gustar y no se equivocó. Me habló de una serie de personajes inquietantes y de Philip Guston, no tuvo que decir más. La semana siguiente estaba pasando el control de seguridad del Museo de Arte e Historia del Judaísmo situado en el 71 de la Rue du Temple y cinco minutos más tarde estaba frente a esos inquietantes personajes de los que me había hablado mi colega norteamericano.

No podía creer lo que estaba viendo, esos cuadros parecían estar pintados para mí, me enamoré de ellos de manera instantánea. Estuve a punto de decírselo a las personas que  en ese momento estaban conmigo en la sala  y preguntarles si acaso no les sucedía lo mismo. No lo hice, no tenía claro que idioma utilizar para expresar las profundas emociones que los cuadros de Maryan estaban provocando en mi interior. Tenía ganas de abrazarles, de tocar a esas extrañas y desamparadas figuras que resultaban a la vez primitivas y futuristas. Esa raza de hombres robot encerrados en una caja, esos colores mezclados con la inocencia de un niño y la maestría de un superdotado, esas caras deformes, esos ojos abiertos al abismo.

Permanecí mucho tiempo en aquella primera sala, algo me retenía allí, sin duda la certeza de estar contemplando algo extraordinario y absolutamente genial, una especie de revelación.

El arte para mí tiene que ser como los cuadros de Maryan; brutal, conmovedor, desgarrador, escalofriante, infantil, ingenuo, genuino, desesperado, tierno, doloroso, asesino, redentor. El arte tiene que ser una llamada de auxilio y, al mismo tiempo, una llamada salvadora. El arte tiene que salir de las entrañas y no del intelecto del artista. El arte tiene que ser de verdad.

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«Yo no obligo a nadie a que le guste mi pintura, pero que no me cuelguen etiquetas, por ejemplo: pintura denuncia, agresividad sin límites, o que digan de mí que no les extraña lo brutal de mi arte después de haber sobrevivido a un campo de concentración. En lo que a mi concierne, declaro oficialmente que yo hubiera calificado mi pintura como pintura-verdad». (Maryan).

Jugar al fútbol.

El otro día en el Collège vi a los chavales de 4ème jugar un partido de fútbol. Estaban todos los más macarras, aquellos a los que más veces llamo la atención durante las clases y también al que echo cada dos por tres. Yo estaba comiendo con los demás profesores, hablábamos de los alumnos o de la principal, casi siempre charlamos de las mismas cosas. En ese momento hubiera dado dinero por poder jugar libremente al fútbol con los alumnos. Les miraba desde la ventana del comedor de profesores y apenas participaba en la conversación con mis camaradas.

Siempre me ha gustado jugar al fútbol. Nunca he destacado mucho, pero lo he disfrutado como pocas otras cosas en mi vida. Ahora ya no puedo jugar, tengo una tendinitis crónica en el talón de Aquiles. Hace años que no doy unas buenas patadas a un balón de fútbol.

Cuando teníamos unos veintitantos años mis colegas y yo jugábamos todos los fines de semana. Nos colábamos en unos campos de tierra en un complejo deportivo donde por aquel entonces entrenaba el Atlético de Madrid. Los campos de hierba estaban vallados, no así los de tierra. Jugábamos siempre los mismos equipos. Debimos de hacerlo por un par de años como mínimo. Cada domingo el mismo derby, el mismo clásico entre los dos equipos. Mi equipo era el que solía perder, pero nos daba lo mismo, éramos unos fanáticos, lo de ganar es para gente de otra pasta. Yo siempre he jugado en equipos perdedores.

Un par de años más tarde, una especie de selección de los dos equipos legendarios participamos en una liga de fútbol siete. Nos echaron, lo nuestro no era la disciplina y los horarios fijos. Desde entonces no he vuelto a jugar de manera regular al fútbol. No podría realmente decir que lo eche de menos, el fútbol muchas veces sacaba lo peor de mí, pero es cierto que el otro día, al ver a mis alumnos jugar, me invadió una enorme e incontrolable nostalgia balompédica.

Decido bajar al patio y unirme al partido. Al principio, nadie quiere pasarme el balón, me miran extrañados, los profesores no juegan al fútbol con los alumnos. Poco a poco se tranquilizan, se olvidan de que soy el jodido profesor de español, ese tipejo extranjero con un drole d’accent. 

Mamadou me pasa la bola, yo estoy pegado a la banda derecha a la altura del centro del campo. Youcef intenta arrebatarme el balón, pero le driblo fácilmente y me planto ante el enorme Bakary que se lanza contra mi como un perro de presa. Con un simple y efectivo amago le dejo literalmente tumbado, esa es la ventaja de las canas, las ves venir. Me he quedado sólo delante del portero, a este chaval no le conozco. Debe dar alemán, mejor para él. Antes de que este pueda incluso pestañear he colocado la pelota pegada al poste izquierdo con un certero y suave derechazo. El balón entra mansamente en la portería ante la incredulidad de todos.

Obviamente, todo esto nunca sucedió, no existen los suaves derechazos.

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