Place d’Italie.

Las mañanas que voy al Collège paso por la estación de Place d’Italie. En invierno dejan entrar en esta estación a los mendigos para que puedan protegerse del frío. Es un espectáculo muy triste ver a toda esa pobre gente. Se acurrucan unos encima de otros para darse calor. El otro día vi un grupo que me impresionó mucho, parecían venir de algún país de Europa del este. Un hombre sentado mecía en sus brazos a una mujer con el pelo rubio. Los pasajeros que bajábamos del metro éramos testigos de este momento de íntima ternura entre personas que viven en el abandono total. Yo pasé muy cerca de ellos, mis piernas casi rozaron los cabellos rubios de la mujer.

El martes de la semana pasada salí del colegio con un colega, un joven profesor de Historia. Ambos estábamos muy cansados después de lidiar con los chavales durante interminables horas. Este profesor es enérgico y sonriente, pero aquel día le vi particularmente agotado. Le hablé de Place d’Italie, torció el gesto y me explicó que abren la estación del metro para los sin techo porque no quieren ir a los hospicios por miedo a que les roben. El dantesco espectáculo de Place d’Italie le avergonzaba. No le entraba en la cabeza como en un país como Francia donde existen tantas ayudas podía suceder algo así. Esas personas viven al margen de todo y no se dejan ayudar, algo así me explicó. Acto seguido dijo que quizá era que simplemente había otros países más solidarios, esta frase le pronunció con pena y un poco de vergüenza.

Anduvimos juntos hasta el metro y seguimos charlando sobre la historia de Francia y España. Ya sentados en el vagón del metro le dije que mi país me había decepcionado. Él se revolvió incómodo en su estrecho asiento. Le comenté que había conocido la España cutre, pero naif y divertida del postfranquismo, que luego había vivido plenamente el eufórico periodo de los años 90 cuando pensábamos que nos comíamos el mundo y que no existía otro país mejor en el mundo para, finalmente, darme un enorme leñazo y perderlo casi todo con la crisis como gran parte de mis compatriotas. Mi colega me miraba un tanto impresionado, quizá no se esperaba tamaña declaración, pero no lo expresé con especial amargura. No estoy ni triste ni amargado, tan sólo me siento un tanto decepcionado como supongo que se sentirán muchos otros españoles. Yo soy un afortunado, estoy rehaciendo mi vida en otro lugar.

En la parada de Place d’Italie me bajé del vagón y me despedí de mi colega. A esa hora de la tarde los mendigos aún no han ocupado el lugar y los apresurados usuarios del metro somos dueños y señores de los sucios y húmedos pasillos subterráneos que recorren las entrañas de París.

images-1

Jean-Michel Basquiat en el Bus 61.

La semana pasada se me hizo especialmente dura en el colegio, la más difícil desde que empecé a trabajar con los chavales. Mejor no entrar en detalles. El viernes estaba muy tocado. Me subí al bus 61 con la cabeza como un bombo. Me senté al final, en el único asiento donde puedo estirar bien las piernas. En la parte reservada para los carritos de los niños que hay justo enfrente de la salida posterior había tres policías que parecían fuera de servicio. Iban de uniforme, pero hablaban por teléfono y portaban mochilas.

En la parada de la Place August Métivier se subió la reencarnación de Jean-Michel Basquiat. Era un verdadero zombi, un muerto viviente vestido como un clochard de lujo.
Una de las consecuencias de la crisis en Francia es que los hospitales públicos han dejado salir a un gran número de enfermos mentales. No pueden mantenerles encerrados, no tienen presupuesto y los han soltado. Andan libres por las calles mezclándose con el resto de parisinos. Cada vez que subo al auto-bus me topo con uno de ellos, son muy fáciles a reconocer, sus extraños comportamientos les delatan inmediatamente.
El doble de Basquiat era uno de ellos, lo puedo afirmar con casi total certeza. Tenía un cigarrillo apagado en los labios y andaba torpemente, cada uno de sus pasos representaba una verdadera proeza técnica, una obra maestra que combinaba a partes iguales gracia y equilibrio. Su vestimenta era ciertamente curiosa, calzaba unas Nike último modelo «Air Jordan», unos pantalones vaqueros nuevos y un buen abrigo de lana ceñido a su corpulento y rígido cuerpo. Pero el detalle que le traicionaba era una bufanda blanca atada con un firme y pequeño nudo, un nudo atado en la nuca y no en la garganta. Una camisa de fuerza de lujo .
Atravesó todo el pasillo del auto-bus, pasó por delante de los policías y, como no podía ser de otra forma, se sentó justo delante de mí. La operación de sentarse hubiera debido ser asistida por una grúa, fue algo tan lento como poco preciso. Sin embargo, a los dos minutos de hacerlo se volvió a levantar para sentarse en el asiento que quedaba a su izquierda. Una vez sentado, se palpó los pantalones en busca de algo, me dio la impresión que lo que buscaba era el mechero para prender el cigarrillo que colgaba de sus gruesos labios. Pero entonces miró hacia adelante, vió a los policías en mitad del pasillo y se volvió a levantar. Se levantó y se sentó en el lugar donde lo hizo por primera vez. En este momento, perdí la paciencia, el espectáculo de Basquiat, su particular Happening, me hartó. Me levanté y me acomodé en la mitad del bus, justo enfrente de los policías.
Por un momento pude respirar con tranquilidad, pero duró poco, Basquiat se había levantado de nuevo y empujado por una misteriosa y caprichosa fuerza se había plantado en mitad del pasillo, justo entre los policías. El cigarrillo en la boca, la mirada perdida, su cuerpo, sus pies, todo su ser se balanceaba como hipnotizado por la fuerza misteriosa. Esta fuerza no era otra cosa que el vaivén del auto-bus, algo que obviamente resultaba demasiado poderoso para un hombre sin equilibrio alguno. Los policías apenas le miraron, era tan evidente que Basquiat estaba como un cencerro que ninguno de ellos le dedicó la mínima atención. Esta escena duró tres o cuatro minutos, pero pasó como a cámara lenta y cuando la recuerdo en mi cabeza suena un lejano y fantasmagórico vals.

Yo pensaba que la intención de Basquiat era bajarse en la siguiente parada, pero no era así, se volvió a sentar. Esta vez al lado de una mujer de mediana edad. A esta mujer le preguntó algo, no pude escucharlo bien, pero ella no le tenía miedo, le contestó amablemente y Basquiat se quedó tranquilo.
En la parada de la Gare de Lyon se bajaron todos los actores de la obra: los policías, Basquiat y la mujer que habló con él. Yo me bajé en la última parada del trayecto del 61. Delante mía estaban las puertas del Jardin des Plantes, uno de los lugares donde mejor me siento en esta ciudad. Mi rincón de paz, mi hospital mental particular.

images