Salut tout le monde.

Hace un año trabajé en una librería de la Avenue de l’Opera. Tan sólo por el mes de diciembre. La cosa no funcionó, no me renovaron el contrato que en un principio era indefinido. Pero no fue una experiencia totalmente negativa, tuvo ciertos «momentos estelares».
La librería había sido en el pasado la mejor librería americana de París, era muy conocida en Estados Unidos y la mayor parte de sus empleados eran norteamericanos. Durante la ocupación nazi fue utilizada por la Gestapo para su departamento fotográfico. Hasta hace unos diez años era la referencia parisina en cuanto a libros en lengua inglesa se refiere. Pero los antiguos propietarios no pudieron hacer frente al altísimo alquiler que les pedía el banco que compró el local y acabaron arruinados. La librería fue subastada públicamente y una sociedad del sur de Francia dedicada a la papelería y a la decoración se hizo con ella. Estos últimos fueron los que tras tres intensas y extrañas entrevistas me contrataron a finales de noviembre del año pasado. Digo extrañas porque realmente no me preguntaron nada concreto, tan sólo me hacían ir allí y eran ellos los que hablaban todo el rato. Por esta razón y por mi legendaria habilidad en las entrevistas de trabajo, no se dieron cuenta de que por aquel entonces mi francés era todavía un tanto rudimentario. Como pude comprobar más tarde, el nivel de francés de mi jefe tampoco era excesivamente refinado. El encargado de la tienda tampoco destacaba por su destreza en el manejo de la gramática francesa, que todo quede dicho.
De la antigua librería tan sólo quedaban unos cinco mil libros divididos en unas seis secciones: literatura, comics, moda, arte, fotografía y viajes. Aún quedaban algunos buenos libros y tuve la satisfacción de vender algunos ejemplares de obras de Sherwood Anderson, John Fante, Curson McCullers, Charles Bukowski o Jean Rhys. Sin embargo, estas pequeñas proezas librescas quedan como una mínima anécdota, la tienda era en su mayor parte una enorme cueva de artículos de papelería, decoración y souvenirs de todo tipo y factura. Había cosas que no estaban mal, pero había otros «artículos» que ponían los pelos de punta. Resultaba triste pensar que toda esa morralla ocupaba el lugar de los libros. Pero así son las cosas. En su día, yo tuve que hacer algo parecido con la librería que terminé por cerrar hace ahora unos cuatro años.
Mis primeras jornadas laborales en aquel lugar fueron una verdadera tortura para mi. Había dos momentos especialmente terroríficos. Uno era cuando me dejaban sólo a cargo de las tres cajas y debía cobrar a todos esos clientes cargados de postales de mil tipos diferentes que tenían mil precios distintos. Es la cosa más absurda que he visto en mi vida. La caja era una especie de laberinto infernal donde era imposible no equivocarse. Primero había que dar con el distribuidor de la postal de marras y luego dar con el modelo concreto. Pero, me olvidaba, antes había que teclear decoración, papelería o una tercera opción que he olvidado y que espero no recordar jamás. Eso en cuanto a las postales, los libros tenían otra caja. Si un cliente compraba libros y artículos de decoración o cualquier otra chorrada, entonces, tenías que hacer dos jodidos tickets, y eso no era fácil cuando había una cola enorme de turistas japoneses que llegaban en autobuses y que tomaban literalmente la tienda. Además, los japoneses querían ser atendidos a toda velocidad y pagar con sus endiabladas tarjetas de crédito que había que manejar de manera diferente y que no siempre funcionaban ante su estupor e impaciencia.
El otro momento horrible era cuando terminada la jornada había que cuadrar las putas tres cajas. Creo que nunca me salieron bien, siempre faltaba o sobraba algo. Mis «compañeros» nunca me explicaron bien como lo hacían ellos, eso hay que sumarlo a mi legendario escaso talento a la hora de hacer cuentas. El resultado era un total calvario que me dejaba sumido en una profunda sensación de inutilidad.
Una semana antes del fin del mes de diciembre me di cuenta de que no me iban a renovar. Mi relación con mis compañeros y con mis jefes me dejaban claro que no contaban conmigo para el futuro, sin embargo, nadie me dijo nada. Los domingos del mes los trabajé con el dueño, un tipo de lo más peculiar con un carácter digno de un personaje interpretado por el bueno de Peter Sellers. Nunca entendí lo que me pedía, intuyo que él desconocía también el verdadero sentido de sus indicaciones. Llevaba treinta años en Francia, pero su francés era ciertamente incomprensible. Aunque tenía un lado temible, se enfadaba con frecuencia, no guardo un recuerdo excesivamente desagradable de su persona. Aún me puedo reír al recordar el domingo en el que olvidamos una torre de postales abandonada en mitad de la Avenida de la Opera o también al rememorar sus curiosos consejos de management.
Así llegué al último día de diciembre, el día 31. Le dije al encargado que si no me decía si seguía o no el mes siguiente, me negaba rotundamente a trabajar. Me pidió un momento para llamar al contable, era la primera vez que escuché de hablar de dicho contable, para saber si el dueño había dejado alguna consigna con respecto a mi porvenir en la tienda. Lo había hecho, no me renovaban el contrato. Obviamente, era algo que me esperaba, lo que no me esperaba tanto eran las razones que aducían para no hacerlo. El encargado me las comunicó en el sótano de la tienda. Uno, un día no me afeité. Dos, aunque era un buen vendedor, era un poco lento. Y tres, un día al entrar en la tienda había dicho: «Salut tout le monde». Una familiaridad poco apropiada. Al escuchar tamañas estupideces no pude reprimir una carcajada. No tenía ninguna intención de seguir en aquel antro, pero me tranquilizó escuchar sus razones. Le dije al encargado que nunca había dicho tal cosa, él replicó que había testigos, yo sonreí y pensé en mis «queridos compañeros».
Terminé aquella jornada laboral y me fui con mi cheque y mi finiquito bajo el brazo a cenar en un restaurante japonés de la Rue Saint-Anne.

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Vous êtes dans la merde prof d’espagnol !

Desde el 2 de diciembre soy profesor de español en un Collège de la periferia sur de París. Enseño a más de cien chavales de trece a quince años divididos en cinco clases, tres de 4ème y dos de 3ème. La mitad de los alumnos del Collège provienen de familias  de inmigrantes con escasos recursos.

Mi primer día de clase me parece ya muy lejano, fue todo tan intenso que apenas recuerdo como me sentí delante de mis nuevos alumnos. Aquella primera noche no pude dormir. Me esperaba algo difícil, pero dar cinco clases el mismo día a cinco grupos de chavales como estos es agotador. Todos te hablan a la vez, estos chicos son capaces de pelearse con su compañero y seguir la clase al mismo tiempo. Hay chicos que tienen tantas expulsiones y castigos acumulados que nada que les digas les infunde el mínimo temor. Pero no son todos así, hay muchos otros que parecen contentos de tener clases de español. Sus miradas ávidas de conocimiento se me clavan en el cerebro.

Yo reemplazo a otra compañera que a su vez reemplazó a la profesora titular. Mi status es el de reemplazante de una reemplazante. Mi contrato es hasta marzo, pero algunos colegas que conocen a la profesora titular me han dicho que esta no tiene intención de volver a dar clase este curso. Mis colegas, los demás profesores, me han acogido muy bien, gracias a ellos he podido aguantar el tipo, ellos también pasan dificultades y no lo esconden. Nadie lo pone en duda, dar clase aquí es complicado, podemos decir que hasta un tanto heroico o insensato.

Llevo varios años luchando y buscando trabajo, trabajando un mes por aquí, otro mes por allá, he dejado mi país porque allí no había nada que hacer ni nada que esperar. Esta oportunidad es irrechazable aunque no tenga clara mi vocación de profesor. No soy alguien especialmente disciplinado, tampoco soy una persona excesivamente afectiva. En el fondo soy de esas personas que lo quieren es que les dejen en paz, soy como esos alumnos que están hartos de sus compañeros, que están horrorizados de sus congéneres y de la vida que les aguarda. Soy de esos chavales que se preguntan si toda esta locura es lo que los adultos llaman vida. Soy de esos chicos que miran con los ojos muy abiertos y nunca abren la boca.

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