Un, deux, trois, Roi du Silence. Version française.

Avec les enfants, nous jouons au Roi du Silence. Un, deux, trois, Roi du Silence.
Tous les mardis, je me rends dans une école du 16ème arrondissement et les vendredis, du 15ème. Les enfants ont entre 3 et 5 ans. Avant de lire des histoires, nous jouons au roi du silence, c’est devenu un rituel. J’adore voir leurs têtes quand je leur annonce que pour gagner et devenir le roi du silence, ils doivent se taire le plus longtemps possible. Très peu y parviennent, presque aucun n’est capable de garder la bouche fermée pendant la lecture du conte. Ca ne me dérange pas, leurs commentaires me font mourir de rire. C’est hallucinant de voir l’intensité avec laquelle ils vivent les histoires. Pour autant, ils les oublient en une fraction de seconde. Ce qu’ils n’oublient pas, c’est le jeu du début, ils veulent savoir qui a gagné et qui a perdu. En général, je ne décrète aucun gagnant. Je l’ai seulement fait une fois mais c’était pour un enfant qui l’avait vraiment mérité. Il est resté silencieux pendant toute la durée du conte, fasciné par l’histoire. L’expression de son visage aurait attendri un Belzébuth.
Le moment de la récré est particulièrement intéressant. Les enfants deviennent littéralement fous : ils se bagarrent, rient, pleurent, s’embrassent, des coups de pied volent, ils tombent, se relèvent, crient, jouent, courent…
Nous, les adultes en charge de surveiller la cour, sommes des chanceux. La cour de récré absorbe nos esprits, efface nos préoccupations, fait taire nos traumas et fuir nos fantômes. Nous sommes témoins d’une représentation absolue de la vie. La vie n’est rien d’autre qu’une satanée cour d’école : brutale, sauvage, tendre, amusante, terrifiante, injuste, horrible, merveilleuse.
Les enfants m’épuisent, me pressent, me poussent à la limite de mes forces mais en même temps, ils me soignent, me relient à ma propre enfance, et par dessus tout, ils me font voir les autres autrement.
On souffre tous un peu dans la cour de récré, personne n’y échappe. Comme personne n’échappe aux moments amers de la vie. C’est peut-être la seule justice qu’il existe dans ce monde, la seule certitude.
Un, deux, trois, Roi du silence.

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Un, deux, trois, Roi du silence.

 

Con los niños pequeños jugamos a Le Roi du Silence. Un, deux, trois, Roi du Silence. Los martes voy a un colegio del 16 ème, los viernes a uno en el 15 ème. Los niños tienen de tres a cinco años. Antes de leer jugamos al Roi du Silence, es como un rito. Me encanta ver la cara que ponen cuando les digo que deben permanecer callados para ganar el juego y ser los reyes del silencio. Muy pocos lo consiguen, casi ninguno es capaz de no abrir la boca durante la lectura del cuento. No me molesta, sus comentarios me hacen muchísima gracia, es alucinante ver como viven las historias. Eso sí, las olvidan en una fracción de segundo. Lo que no olvidan es el juego, quieren saber quien lo ha ganado y quien lo ha perdido. No suelo dar ganadores, tan sólo lo hice una vez y fue porque el niño lo mereció, estuvo callado durante todo el cuento con una carita de interés que hubiera enternecido al mismísimo Belcebú. 

El momento del recreo es especialmente interesante, los niños se vuelven literalmente locos: se pegan, saltan, ríen, lloran, se dan besos, patadas, se caen, se levantan, gritan, juegan, corren… Los adultos que nos ocupamos del recreo somos unos afortunados, el recreo centrifuga nuestros cerebros, elimina todas nuestras preocupaciones, acalla nuestros traumas, ahuyenta nuestros fantasmas. Somos testigos de una representación absoluta de la vida. La vida no es otra cosa que un jodido patio de colegio: brutal, salvaje, tierna, divertida, escalofriante, injusta, horrible, maravillosa.

Los niños me dejan agotado, me exprimen, me llevan al límite de mis fuerzas, pero también me curan, me hacen recuperar mi propia infancia, y por encima de todo, me hacen mirar a los demás de otra manera. Todos lo pasamos mal en el patio del colegio, nadie está a salvo, todos sufrimos el lado amargo de la vida en algún momento. Esa es quizá la única justicia que existe en este mundo, la única certeza. 

Un, deux, trois, Roi du silence. 

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Ménilmontant mais oui madame

Según el amable señor argentino que regenta el Épicerie-bistrot de la Rue Ménilmontant este es un barrio muy interesante. No muy lejos de allí, justo detrás de la iglesia, en un bello recoveco de la Rue de la Mare, hay una librería-galería de arte llamada Le monte en l’air. La Rue Sorbier tiene varios cafés muy agradables y una boulangerie estupenda. Nosotros vivimos desde hace una semana muy cerca del cementerio Père Lachaise, en el quartier Amandiers-Ménilmontant. Desde nuestras ventanas se adivinan los árboles que pueblan el campo santo más bello de París. En la Place Auguste Metivier situada en la intersección del Boulevard Gambetta y el Boulevard Menilmontant hay varios pequeños comercios, entre ellos una Fromagerie regentada por una nonagenaría que nunca te vende «exactamente» lo que le pides. La Place Nadaud tiene un par de bistros muy bobos (bourgeois-bohème) que aún no hemos visitado.

Ménilmontant mais oui madame
C´est là que j´ai laissé mon cœur
C´est là que je viens retrouver mon âme
Toute ma flamme
Tout mon bonheur…

Así comienza Ménilmontant, la canción de Charles Trenet. La vida no es tan bonita como las canciones de Trenet. Cuando era niño me preguntaba porque las canciones que me gustaban no podían durar más tiempo. La vida es mucho más complicada que una canción, pero existen breves momentos de felicidad plena, por eso las canciones duran tan sólo tres minutos.
Hace tiempo que conozco las canciones de Trenet. Swing troubadour, el primer CD suyo que me compré, no paré de ponerlo en El Bandido, la librería que cerré hace ahora cuatro años. Por aquel entonces nunca hubiera podido imaginar que años más tarde viviría en París, y menos aún en Ménilmontant.

La canción de Trenet siempre me pareció un himno de felicidad improbable. Pero sí, se puede recuperar el alma perdida, quizás no por completo, pero tampoco se trata de eso. Cuando pierdes ta flamme es que algo no funcionaba chez toi. Eso implica un inevitable periodo de duelo y un cambio de piel.

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