Micro-relato electrónico.

Eran las nueve o diez de la mañana. La carretera de la Coruña estaba casi desierta. Eramos cuatro en la vieja camioneta. Veníamos de una discoteca del Paseo de Extremadura de Madrid. No hablamos una sola palabra durante todo el trayecto, en el radiocasete sonaba una vieja cinta de música tecno.
Yo era de esos tarados que iba siempre con la misma gente, con la misma pandilla. Fue así hasta que perdí la cabeza por completo. Los últimos años de mi vida nocturna los pasé en total soledad. Pero en 1993 tenía veinte años y aún conservaba la capacidad de relacionarme superficialmente con los demás.
Aquella noche nos habíamos juntado una serie de conocidos que no solíamos salir juntos. Formábamos un grupo extraño: un amigo que hacía tiempo que no veía, su novia y una amiga. A mi me gustaba la amiga. Tenía una manera de bailar tímida y melancólica que me volvía loco, me hechizaba. Apenas hablaba y todos sus gestos eran lánguidos, como ejecutados a cámara lenta. En la discoteca habíamos bailado el uno al lado del otro.
Poco antes de que cerraran la discoteca, mi amigo me pidió que les llevase hasta la casa de su novia a las fueras de la ciudad. Los padres de su novia estaban de viaje, tenían el chalet para ellos todo el fin de semana. Yo me las prometí muy felices, estaba convencido de que me invitarían a pasar la mañana y el resto del sábado con ellos.
La vieja camioneta nos llevó hasta la casa de la novia de mi colega. Imposible de saber las veces que perdí ese bendito coche. Lo aparcaba, entraba en el garito de turno y al salir no tenía la más remota idea de dónde lo había dejado. Aquel coche me salvó la vida en más de una ocasión, hacía bien en ocultarse de mi.
Paré la camioneta a las puertas de la urbanización. Nadie me invitó a entrar en la casa. Se bajaron del coche, me dieron las gracias y allí me quedé con una inmensa cara de gilipollas. El hermano de la novia de mi amigo estaba en la casa, yo no me llevaba bien con aquel capullo.
Conduje hasta la casa de unos amigos que seguían de fiesta. Allí me sentí extraño. Estaban todos muy pasados. Sus bromas y sus risas me parecían huecas, falsas. Llevaba toda la noche de fiesta, a saber todo lo que me había metido en el cuerpo, pero estaba totalmente sobrio, lúcido. Lo que pude pensar sobre la vida y la estupidez del ser humano en aquel momento se me escapa, pero puedo imaginármelo. Defraudado, embaucado, engañado. Todavía tengo momentos en los que me siento de esta manera.
Mi ex-novia me llamó a la casa de mis amigos. Hacía más de un año que lo habíamos dejado, pero nos seguíamos viendo y sobre todo, seguíamos haciéndonos daño el uno al otro. Esta vez no tendría que colarme por la puerta de atrás. Una vez la sorprendí con otro tío en la cama. Me senté en la mesa del cuarto, enfrente de ellos, él se hizo el dormido. No recuerdo donde fui después.
Aquel día era ella quién me llamaba. Le dije que no podíamos seguir así, que había que dejarlo de una vez por todas. Ella se puso a llorar. Le dije que la seguía queriendo, que me perdonase. Fui a su casa. Pasamos juntos el resto del día, envueltos en un dolor dulce y aniquilador. Cuando me desperté era de noche. Me vestí y me fui sin hacer ruido, sin despedirme.
En el viaje de vuelta a mi casa, sólo en el coche, aún podía escuchar los ecos de las voces y de las risas de mis amigos y por debajo de estas, la música tecno y la imagen de aquella chica bailando entre el humo y la luz verde del láser.
images

3 pensamientos en “Micro-relato electrónico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.