«On n’a rien fait, mais on a bien rigolé.»

El viernes pasado en une école élémentaire del 12ème arrondissement. Mi misión es sustituir a una profesora que organiza un taller de juegos. Llego el primero al colegio, me hacen esperar en una enorme sala de juegos que da al patio del recreo. La mujer que me ha contratado apenas me ha explicado lo que tengo que hacer, me ha dado un par de hojas con una serie de juegos y ejercicios y me ha agradecido que accediera a realizar la sustitución. Mi taller de lectura de cuentos no comienza hasta el mes de noviembre, pasadas las vacaciones escolares de la Toussaint.

La sala de juegos se fue llenando del resto de «formateurs occasionnels» (así nos llaman a los que intervenimos en los colegios). Cada uno de nosotros debe organizar un taller diferente con grupos de unos quince niños de seis a siete años. Primera sorpresa, a mi me habían contratado para dar el taller a niños más pequeños, de cuatro a cinco años. Suena el timbre, una marabunta enloquecida de niños baja de las clases, es la hora del recreo. El nivel de ruido es ensordecedor. Es una desbordante manifestación vital. Los niños invaden el patio de la misma manera que un batallón de marines americanos desembarcando en una playa de Normandía. Sálvese quién pueda.

Los formateurs debemos reunir a los niños que participan en nuestro taller para llevarlos al aula que el colegio nos ha asignado previamente. Los niños se nos acercan y nos preguntan cuál es nuestro taller. Dos de ellos, aparentemente simpáticos (luego comprobaré que forman parte de un comando extremadamente belicoso), me dicen que les toca conmigo. Mi grupo es el último en formarse, me es imposible saber cuantos son en realidad. Llegamos a la clase entre gritos y carreras. Se trata de la clase habitual de estos niños y no hay espacio para hacer los juegos y ejercicios que he preparado. Los chicos están muy nerviosos, cuatro de ellos se suben a los pupitres gritando como locos. Son los miembros del comando. Intento controlarlos, primero sin gritar, aún estoy tranquilo. Nadie me hace el menor caso por lo que decido pegar un par de gritos. No resulta una buena idea, la situación es aún peor. Un niño se cae al suelo y se hace una herida. Le mando al baño. Todos los demás también quieren ir al baño. Intento controlarlos, pero uno de ellos, uno especialmente «activo», abre una puerta que yo no había visto e invade el aula vecina. Varios le siguen, en un abrir y cerrar de ojos me he quedado con menos de la mitad de la clase. Un par de niñas me miran entre sorprendidas y compasivas, me preguntan si vamos a jugar a algo. Decido dibujar en la pizarra y que ellos adivinen lo que dibujo. Se vuelven aún más locos, «un bateau, un bateau!» (¡Un barco, un barco!), gritan y se ponen a dibujar barcos por todo el encerado. Luego, otro de los más «activos» del comando, se dedica a borrar con un trapo mojado todo lo que sus pequeños compañeros y compañeras han dibujado. El resultado es un enorme charco de color difuso. Le quito el trapo y en ese momento entra una profesora, la miro y le digo, ya superado, «Ici, c’est le bordel» (Esto es un desastre). Ella se compadece de mi y se lleva a los tres miembros más beligerantes del comando infantil que ha conseguido ponerme contra las cuerdas. El resto de la hora pasa y no consigo hacer nada de lo que había preparado. Les digo cuatro cosas en español y evito que uno de ellos, el único miembro del comando que ha quedado en la clase, no se tire por la ventana para comprobar que puede volar. «Je veux voler!», grita cuando le arranco literalmente de la ventana.

A las cuatro y veinte suena el timbre. Bajamos todos juntos las escaleras, cualquiera pensaría que somos una clase normal y que hemos pasado una hora estupenda jugando. Antes de dejarles en la puerta del colegio para que les recojan sus padres les digo: « Bon les enfants, finalement, on n’a rien fait». (Bueno, niños, al final no hemos hecho nada). Una niña se da la vuelta y me dice con una sonrisa: «On n’a rien fait, mais on a bien rigolé». (No hicimos nada, pero nos hemos reído mucho).

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