Jardim dos sentimentos.

El verano es peligroso. El verano siempre me sorprende, siempre me sacude de alguna manera. Bajo la guardia, me relajo y quedo más expuesto de lo normal. La vida, sin embargo, no se toma nunca vacaciones. No entiende de periodos vacacionales. Esto es algo que me cuesta asumir, sigo esperando que el tiempo se pare, a que haya un momento en que la vida se detenga y así poder reflexionar y soñar despierto sin riesgo de caerme de la cama. Pero no es así, esto no se para ni para bien, ni para mal. Incluso en lugares donde el tiempo parece haberse detenido esta sensación se hace aún más patente.

La semana pasada visitamos la ciudad portuguesa de Oporto. No era la primera vez que la visitaba. Tampoco será la última, siempre saco algo de Oporto. Esta ciudad portuaria tan decadente produce en mi una sensación contradictoria, ambivalente. Por un lado, me parece extraordinariamente bella, pero al mismo tiempo, me resulta de una tristeza casi insoportable. No consigo pasar en Oporto más de veinticuatro horas.

En esta ocasión nos hospedamos en un pequeño hotel situado al norte de la ciudad. Veníamos de Galicia, escapando de la dichosa Festa del Alvariño. Comimos en un restaurante en la Praza Carlos Alberto. Durante más de cinco horas nos paseamos por las calles de los barrios de Boavista, Baixa y Ribeira. A la mañana siguiente, antes de volver, nos dimos un paseo por los jardines del Palacio de Cristal. En el Jardim dos sentimentos nos sentamos un rato a contemplar la magnífica vista de la ciudad. Muy cerca de nosotros una estatua de color negro consagrada al dolor se retorcía en un eterno escorzo de desasosiego.

Volvimos a Galicia, el pueblo ardía en Festas. El pequeño puerto estaba abarrotado, los coches mal aparcados bloqueaban sus estrechas callejuelas. La música tecno de los coches de choque, la de los conciertos, los ecos de la feria y los petardos se entremezclaban formando un ruido tan horrible como ensordecedor. El pueblo estaba literalmente tomado, como enajenado por una oscura y siniestra fuerza. Atónitos ante tamaño espectáculo, nos asomamos a la ventana. Nuestros vecinos también se habían asomado a sus respectivas ventanas y observaban como los coches quedaban atrapados en el callejón sin salida.

Aquella noche me costó dormir. Me hubiera costado conciliar el sueño igualmente sin todo ese ruido de fondo. Algo muy profundo se estaba manifestando en mi interior, una emoción muy antigua se había liberado en el laberinto del Jardim dos sentimentos de Oporto.

2013-08-03 11.30.21

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