Últimas noticias desde la Rue del Percebe.

La vida es fascinante en el número 13 de la Rue del Percebe. Todos los inquilinos de este noble y destartalado inmueble construido en 1905 han vuelto ya de vacaciones. A decir verdad, no sé cuántos han tenido vacaciones. Nuestra vecina del cuarto (la de la fuga de agua. https://diegopitap.wordpress.com/2013/07/21/13-rue-del-percebe/), se fue unos días al extranjero, creo que a Turquía. Es actriz de teatro y su mejor papel, el más convincente de su carrera, es el de vecina ultrajada. Es la presidenta de la comunidad, mejor andarse con ojo con ella.
Los del rez-de-chaussée no se han movido de Montreuil. Gracias a la vecina del quinto derecha tenemos nuevos datos sobre ellos. Nos ha dicho que el hijo de la señora inválida, el mendigo, es esquizofrénico. La verdad es que parece inofensivo. El otro día le vimos salir del Pizza Kosher de la esquina, posiblemente el peor restaurante del barrio y que abre y cierra sus puertas siempre de manera inesperada. Nadie conoce realmente los horarios del Pizza Kosher, ni su propio dueño, un hombre de torso peludo (se quita la camisa a la menor ocasión), lo sabe realmente. Todo depende de infinidad de variables incontrolables y de innumerables cábalas indescifrables.

El volcán se ha despertado. Anoche «Enkulator» dio nuevas señales de vida. Enkulator es un personaje fantasmal que vive en el cuarto piso, justo debajo de nosotros. No sabemos quién es, nunca le hemos visto. De ahí su carácter fantasmal. Se manifiesta siempre después de medianoche. Comienza gimiendo suavemente y de manera progresiva sube el volumen hasta proferir verdaderos alaridos que parecen más bien producidos por el dolor que por el placer. Sinceramente, he de decir que me preocupa la salud de este vecino de Rue del Percebe, un día va a aparecer en la sección de sucesos de Le Parisien y no precisamente por un logro «deportivo».
El resto del vecindario es más discreto, apenas me cruzo con ellos por las escaleras. Los portugueses no han vuelto todavía, deben de estar apurando las vacaciones hasta el último minuto. Seguro que están en su tierra. A la vecina del tercero no la he visto todavía desde que hemos vuelto, pero se la puede escuchar hablando por teléfono desde el primer piso, tiene una voz poderosa. En su puerta hay un cartel de prohibido fumar y otro que prohíbe la entrada de perros. Es una mujer enorme de origen africano y tiene un hijo aún más grande y enorme.

Estas son las últimas noticias desde la Rue del Percebe.

À bientôt les enfants !

En otro país.

Ya estamos de vuelta en París, es decir, en Montreuil. En el vuelo leí una novela corta titulada En otro país (1970) de José María Riera de Leyva. Ya había leído otras obras del mismo autor y me habían gustado. Riera de Leyva tiene un estilo conciso y directo que me resulta muy atractivo. La novela me ayudó a pasar el mal trago del aeropuerto. No me acostumbro a los aeropuertos, hay algo en ellos que me deja fundido, sin habla. El aire acondicionado a tope, viajeros en pantalones cortos, niños enloquecidos corriendo por los pasillos interminables, las tiendas del duty-free…

Todo ese universo que a otras personas parece excitar tanto, a mi me produce una punzante sensación de angustia. No soy el único que lo pasa mal aquí. De hecho, he aprendido a disimular bastante bien, el secreto es gastar las mínimas energías posibles y alejarse, si se puede y no resulta peligroso, de los viajeros que te resulten más desagradables. En este último viaje conseguí esquivar in-extremis una tripleta de españoles de mediana edad que eran claros favoritos para ganar el certamen de personajes menos apetecibles de la terminal. Más tarde, ya inmovilizado en el avión, fui presa de una familia francesa con un par de niños pequeños que les hubieran puesto las cosas muy difíciles a la temible tripleta hispánica. 

Deberían existir en las terminales, además de capillas de todas las confesiones, salas de meditación, salas de cine alternativas (todo cine independiente subtitulado), cursos intensivos de defensa personal, cursos intensivos de lenguas extranjeras, clases de yoga, restaurantes bio, farmacias de guardia, psicoterapeutas de guardia, pequeños conciertos de música, jacuzzis, saunas y baños turcos. Al pasar el control de seguridad te entregarían una pulsera y cuando esta cambiase de color sabrías que es hora de embarcar. Todos los viajeros irían vestidos con una especie de fina escafandra especialmente diseñada para no pasar ni frío, ni calor.

 En otro país, la novela de Riera de Leyva, hay un diálogo entre el protagonista y un viejo amigo suyo barcelonés que vive en París. Este último anima al protagonista a dejar Barcelona e irse con él a París. El protagonista le responde:

  •  Mi francés es muy pobre y además, ¿que haría yo en París?
  • Cualquier cosa- .
  • Eso ya lo hago aquí.
  • Sí, pero no compares. Además allí uno es extranjero.
  • ¿Y eso qué?
  • Que no estas en tu país. Eso tranquiliza.

Me siento muy identificado. Tranquiliza no vivir en tu país. Me resulta inquietante, sin embargo, la continuación de este diálogo.

  • ¿No te sientes francés?¿Ni un poquito?
  • No. Me siento un bravo español en el exilio.
  • Te han jodido entonces. A partir de ahora te sentirás como un bravo español turista.

 

 

Jardim dos sentimentos.

El verano es peligroso. El verano siempre me sorprende, siempre me sacude de alguna manera. Bajo la guardia, me relajo y quedo más expuesto de lo normal. La vida, sin embargo, no se toma nunca vacaciones. No entiende de periodos vacacionales. Esto es algo que me cuesta asumir, sigo esperando que el tiempo se pare, a que haya un momento en que la vida se detenga y así poder reflexionar y soñar despierto sin riesgo de caerme de la cama. Pero no es así, esto no se para ni para bien, ni para mal. Incluso en lugares donde el tiempo parece haberse detenido esta sensación se hace aún más patente.

La semana pasada visitamos la ciudad portuguesa de Oporto. No era la primera vez que la visitaba. Tampoco será la última, siempre saco algo de Oporto. Esta ciudad portuaria tan decadente produce en mi una sensación contradictoria, ambivalente. Por un lado, me parece extraordinariamente bella, pero al mismo tiempo, me resulta de una tristeza casi insoportable. No consigo pasar en Oporto más de veinticuatro horas.

En esta ocasión nos hospedamos en un pequeño hotel situado al norte de la ciudad. Veníamos de Galicia, escapando de la dichosa Festa del Alvariño. Comimos en un restaurante en la Praza Carlos Alberto. Durante más de cinco horas nos paseamos por las calles de los barrios de Boavista, Baixa y Ribeira. A la mañana siguiente, antes de volver, nos dimos un paseo por los jardines del Palacio de Cristal. En el Jardim dos sentimentos nos sentamos un rato a contemplar la magnífica vista de la ciudad. Muy cerca de nosotros una estatua de color negro consagrada al dolor se retorcía en un eterno escorzo de desasosiego.

Volvimos a Galicia, el pueblo ardía en Festas. El pequeño puerto estaba abarrotado, los coches mal aparcados bloqueaban sus estrechas callejuelas. La música tecno de los coches de choque, la de los conciertos, los ecos de la feria y los petardos se entremezclaban formando un ruido tan horrible como ensordecedor. El pueblo estaba literalmente tomado, como enajenado por una oscura y siniestra fuerza. Atónitos ante tamaño espectáculo, nos asomamos a la ventana. Nuestros vecinos también se habían asomado a sus respectivas ventanas y observaban como los coches quedaban atrapados en el callejón sin salida.

Aquella noche me costó dormir. Me hubiera costado conciliar el sueño igualmente sin todo ese ruido de fondo. Algo muy profundo se estaba manifestando en mi interior, una emoción muy antigua se había liberado en el laberinto del Jardim dos sentimentos de Oporto.

2013-08-03 11.30.21