Paseo por Madrid.

 

En la Terminal 3 del Charles de Gaulle. 

Tres horas de retraso. El tiempo pasa de manera extraña aquí. No podría decir si llevo mucho o poco tiempo esperando. Observo a todo el mundo, no me aburro. Es como una película interminable, no paran de aparecer nuevos personajes. Algunos parecen ya conocidos de toda la vida. Hay tres suecos en calcetines que no paran de ir y volver al baño. En pantalones cortos parecen desnudos. Son altivos y risueños a partes iguales. Me pregunto si no se les mojan los calcetines en el baño. Hay dos argentinas pecosas con pasaporte español. Las dos modelos españolas se han cansado de hablar de sus respectivas vidas profesionales. Una de ellas tiene una terrible mancha en el pantalón blanco de lino. Las colas que se montan y desmontan. Nadie sabe a que hora saldremos de aquí. La jefa del vuelo es un viajera española que habla un francés muy correcto y que se pasea por la terminal con una lata de cerveza en la mano. Parece decepcionada, no consigue que el avión despegue a pesar de ser la jefa oficiosa del vuelo. Las faldas prietas de las azafatas resultan anacrónicas, de otra época. Habría que revisar y actualizar sus uniformes. El chico rasta de la tienda Relay tienda de prensa es el tipo más ocupado de la terminal, es el único que está en su sitio. Los demás somos como fantasmas en el limbo. Llega un momento en que se me antoja improbable salir de aquí. 

Paseo por un pueblo de la sierra madrileña.

La gente parece tranquila, todos sonríen y no tienen prisa alguna. No hace calor, pero no llueve. Esto no es París ni pretende serlo.

Paseo por Madrid.

Los edificios del centro me parecen más bonitos que nunca, parecen hechos de papel y de cartulinas de colores. La luz es única, es la luz de Madrid.

Cena en Majadahonda.

Los viejos colegas. Las risas. Los silencios. No soy como yo pensaba, ellos se acuerdan de más cosas, tienen mejor memoria que yo. No me importa, me encanta escuchar sus recuerdos e intentar imaginarme a mi mismo en aquella época en que éramos unos gloriosos locos salvajes. 

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Adieu Mr. Djoko.

Son las siete y media de la mañana. Ya no soporto más el maldito BZ (cama plegable) de Conforama. Me duele todo el cuerpo, esta cama es un verdadero potro de tortura. Djoko y su prole hace un rato que están despiertos. Djoko lo ignora, pero ayer firmamos el contrato de alquiler de un nuevo apartamento. Hemos vivido un año y dos meses hacinados en este apartamento, siempre con la sensación de dormir en el pasillo, siempre con la sensación de vivir chez Djoko.
C’est fini, mec. On en a ras-le-bol. On se tire, Adieu. (Se acabó, tío, hasta los huevos. Nos piramos. Hasta nunca).
Nos vas a echar de menos, ¿nosotros a ti? Lo dudo mucho. Hemos sido demasiado amables, demasiado pacientes contigo y tu familia. Nos hemos dejado machacar olfativa y acústicamente. Sólo un día que no podía más grité, ¡arrête!, para haceros callar. Luego me arrepentí, en el fondo sé que eres una buena persona. Eso si, cambia de colonia y de marca de tabaco si es que pretendes vivir más de cincuenta años.
Adieu Djoko. Todavía nos cruzaremos por el estrecho pasillo los próximos días, pero ya queda poco, nos vamos de aquí, nos vamos a vivir lejos de ti y de los tuyos.

Mayo del 68 en la Avenue Montaigne.

El pasado jueves me invitaron al Theâtre des Champs Elysées en el número 15 de la Avenue Montaigne. Vimos un concierto magnífico. Gracias a @juanpeces nos dieron pases de prensa. Allí estábamos, rodeados de parisinos estirados y de expertos en música clásica de todo el mundo. Delante nuestra teníamos a una doble de Tintin. Se parecía tanto al héroe de Hergé que daba grima, evité mirarla en exceso. La primera parte del programa estaba dedicada a Wagner. En el descanso salimos a la entrada del Teatro a fumar un cigarrillo. Unos ruidos de cláxones de coches y de pitos nos sacaron de nuestro éxtasis musical. Delante de nosotros pasaban en bicicleta, como en una suerte de pelotón de tarados, los que se manifiestan en contra del «Mariage pour tous». Todos los que estábamos enfrente del teatro reaccionamos como un solo hombre, el abucheo y los insultos que les dedicamos les hicieron callar. Fue un momento memorable.

http://www.theatrechampselysees.fr/

Stop, Diego, Stop.

Mon pote Mikel et moi habitions à Boston il y a douze ans. Je travaillais dans une librairie et lui dans une entreprise. Ne me demandez pas quel genre d’entreprise, je ne me souviens pas. Bref,on a décidé de faire un petit voyage à New York, c’était au mois d’avril, mais il faisait froid à Boston. À New York il faisait beau. Nous nous sommes installés dans un hôtel à Manhattan. L’hôtel était loin d ́être glamour: c’était un vrai trou à rats tenu par des Indiens.
A cette époque-là j’étais fou, mais pas fou d’une façon agressive,simplement, je ne connaissais rien de la vie et surtout, je ne me connaissais pas du tout.J’avais des amis de Madrid qui étaient venus pour visiter NewYork. Ils séjournaient chez des copains à Brooklyn. On a fait la fête sur le toit de l’immeuble. C ́était en 2001, les Twin Towers étaient encore là, je me rappelle les avoir vues sur l’horizon illuminé de Manhattan.
Le matin, sans avoir dormi, je suis rentré seul à l ́hôtel, Mikel avait disparu à un moment de la soirée. Quelle sensation d’arriver dans ce bouge tout seul! Heureusement, j’ai trouvé mon pote en arrivant : Mikel était là, il venait de rentrer lui aussi. On a bien rigolé sur tout ce qui s’était passé pendant la nuit. Après,malgré le bruit de la circulation je me suis endormi.
J’ai fait un rêve très bizarre. J’ai rêvé qu’un mec qui me ressemblait beaucoup me parlait avec une voix très grave. Il me disait: “Stop, Diego, stop. Tu dois changer, sinon tu est perdu, il faut que tu arrêtes, tu sais bien de quoi je parle…”.
Quand je me suis réveillé j’étais seul, Mikel avait trouvé le courage de prendre une douche dans la salle de bain commune de l’hôtel. Oui, c’est vrai, je savais parfaitement de quoi parlait ce mec qui me ressemblait, mais ce n’était pas le moment, c’était très trop tôt pour moi. Je le sais maintenant.

I woke up this morning.

Pequeña historia del metro.

Hace unos meses. Línea 6 dirección Nation, procedencia Place d’Italie. Sale del vagón un músico que tocaba el acordeón. Entra otro rasgando un blues con una vieja guitarra. Sólo puedo escucharle, estoy sentado de espaldas a él. Hay algo verdadero y muy potente en la música de este hombre, se puede sentir en los rostros de todos los que viajamos en el vagón. El músico tiene toda nuestra atención. La canción es muy sencilla, sólo tiene una frase como única letra que se repite insistentemente, pero que cada vez parece tener un significado diferente. I woke up this morning, I woke up this morning, I woke up this morning. Una vez terminada la canción, el músico se sienta y comienza a hablar con un fuerte acento que no puedo localizar. Se queja de que todo su dinero, todo lo que gana en el metro, es para «Le chinois et la chinoise» (el chino y la china), la pareja que regenta la pensión de Montreuil donde se alberga. «Le chinois et la chinoise», es el nuevo estribillo que repite sin parar.

Historias del Frank Zappa del 12ème.

Tengo sabrosas informaciones sobre Frank Zappa. Me lo ha contado el camarero del café. Trabaja como una especie de mensajero de facturas para el gimnasio de su hermano. Este gimnasio está justo al lado del café, por eso pasa primero por delante y aparece luego a los pocos minutos por la puerta. Baja por el Boulevard, entra en el gimnasio, entrega o recoge las facturas y entra a tomar su Kir en el café. El camarero me lo ha confirmado, viene todos los días. Él también sospecha que se va parando por todos los cafés del barrio. 

Ayer en la piscina. 

Me ha tocado la taquilla 41. Mi edad, tengo 41 años. Todo encaja, todo en su sitio. Luego ha sido como mi cumpleaños, no había casi nadie nadando. Por un momento he compartido mi calle con sólo otro nadador. Ha durado poco, pero ha sido un momento estelar. El otro día me comentaba un colega galés que lleva unos años viviendo en París: «En París te pasas todo el día comiendo mierda hasta que, de repente, cuando estás a punto de ahogarte la ciudad te hace un regalo que te hace tan feliz que se te pone una cara de tonto de tres pares de pelotas». El chaval es todo un poeta, no puedo estar más de acuerdo con él. Al estar bajo el agua, con gorro y gafas de natación, nadie ha podido apreciar mi cara de tarado extasiado.  

La vida imaginaria de Djoko. 

No entiendo que hace Djoko durante el día, es un misterio. No trabaja, es un padre entregado a sus dos pequeños monstruos. Esta mañana he escuchado, como todas las mañanas a las siete y cuarto, a Djoko despedirse de su mujer. Hoy se han dado un sonoro beso al despedirse. Djoko debe estar muy contento, todas las mañanas suele llevarse unas broncas tremendas. Ella sí trabaja, no tengo ni idea donde. Los niños, D1 y D2, adoran a su padre. Cuando entra en casa lo reciben con gritos ultrasónicos. Djoko se pasa el día en el ascensor. Sube y baja por lo menos tres o cuatro veces entre las siete y nueve de la mañana. Pasada esa hora se encierra en casa y ya no sale hasta las cuatro de la tarde para ir a buscar a sus bestezuelas. 

Me imagino cruzarme con Djoko por la calle. Arrinconarle y ponerle contra las cuerdas: «¿Qué coño haces encerrado en casa todo el día? ¡Confiesa, especie de tarado!». Djoko rompería a llorar y entre sollozos acertaría a decir: «No aguanto mas, quiero volver a mi país, no soporto esta ciudad, pero no puedo, allí han puesto precio a mi cabeza». Esta es la vida imaginaria de Djoko. Es un criminal de guerra, es un asesino arrenpentido y humillado que ahora es torturado por sus hijos, su mujer y su suegra (el zombi).

 

 

Soberbios.

 

Historias del Frank Zappa del 12ème. 

En el Café. La ropa en la secadora de la laverie. Frank Zappa pasó a su hora habitual. Esta mañana estaba en modo reivindicativo. Le changement c’est moi* (el cambio soy yo), es su slogan. Como todas las mañanas ha intentado entablar conversación con propios y extraños. Nadie ha entrado al trapo, nadie le ha seguido el rollo cuando ha criticado la política exterior de Los Estados Unidos: «Ah, les Américains, ils ne font que des conneries!», («Los Americanos no hacen mas que tonterías!») ha dicho con su voz aguda y quebradiza. El camarero, hoy me ha invitado al segundo café, se ha burlado de él. Es entonces cuando ha soltado su broma del día: Le changement c’est moi. Tiene un poster con su foto y todo, eso es lo que ha dicho. El Frank Zappa del 12ème es así, nos toma por idiotas. Nadie se ha reído, de hecho nadie le ha vuelto a hablar. Frank Zappa se ha ido sin decir adiós, a la francesa. 

Dato curioso: en francés irse sin despedirse se dice filer à l’anglaise.

*El slogan durante la última campaña del actual presidente François Hollande era «Le changement c’est maintenant» (El cambio es ahora).

 

En La Coupole.

Hemos comido en La Coupole en el Boulevard Montparnasse. En la mesa de al lado, una señora mayor y un pequeño perro. Sobre la mesa, en un pequeño platito, la comida del perrito. Todos los camareros la conocían, a ella y a su perrito. Hemos tomado el curry d’agneau, una de las especialidades de la casa, bajo la mirada inquieta del pequeño y lanudo perro de la Madame. Cuando la señora ha terminado su café no ha pedido la cuenta, ha sacado la tarjeta de crédito y la ha dejado sobre la mesa. El perrito se ha refugiado dentro de su bolso. Una camarera le ha preguntado si había disfrutado la comida, Madame ha torcido el gesto como única respuesta. La camarera no se lo ha tomado mal, se ha despedido de ella con una gran sonrisa: À demain, Madame.

http://www.lacoupole-paris.com/fr/

 

Historias de Djoko.

Djoko está escondido, ha perdido en Roland Garros contra Rafa Nadal. Me gustaría tener los brazos de Nadal y barrer a Djoko a base de raquetazos.

 

Películas.

Mud. Es fantástico cuando vas al cine sin esperar nada extraordinario y te encuentras con una película que no está nada mal. Debería ser siempre así, lo mismo debería pasar en la vida. No tener expectativas, ir por la vida sin esperar nada de nadie, pero todavía no soy tan sabio y dudo que lo llegue a ser jamás. Esto es lo que me pasó con Mud. No esperaba mucho de este director, su anterior película Take Shelter me pareció aburrida y pretenciosa. Tampoco tenía grandes expectativas puestas en Mathew MacConaughey, hasta la fecha no había visto una sola película suya digna del mínimo elogio. Por eso fue tan grata la sorpresa. Mud es una especie de Huckelberry Finn del siglo XXI. Transcurre en el sur de EEUU, en la ribera del Mississippi. El reparto está especialmente inspirado. Mathew MacConaughey me pareció creíble, incluso vibrante. Sham Sheppard y los dos chavales de catorce años están soberbios. Pero me quedo con el personaje de Sheppard, con ese viejo solitario que en el pasado fue un infalible franco tirador. Una perfecta metáfora del escritor, alguien perpetuamente armado con unos prismáticos y un fusil con mira telescópica y silenciador.

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Soberbio, este era el adjetivo favorito de mi abuelo materno. Lo utilizaba cuando, por ejemplo, un jugador de fútbol firmaba una actuación soberbia. Recuerdo que una vez lo dijo de Marañón, un jugador navarro del Español de Barcelona. Yo debía tener siete u ocho años. Marañón era el capitán del equipo y creo que el partido era de competición europea. Al igual que Marañón en sus tiempos, Sheppard firma una actuación soberbia en Mud.

 

 

Las Banzai

La imagen de las Banzai volvió del rincón más profundo de mi turbulenta adolescencia en una agreste y pedregosa playa italiana. Las causantes fueron cuatro jóvenes turistas americanas que subidas sobre una roca desafiaban un mar embravecido. Reían mientras las olas parecían intentar arrastrarlas mar adentro. Me recordaron a las Banzai. Tuve la sensación de que alguien me susurraba su nombre al oído, pero en aquella playa sólo estábamos Mélanie y yo. Dudé un instante si compartirlo con ella, si hablarle de lo que venía de ocurrir. Nunca una imagen de mi pasado se me había aparecido con tanta fuerza. Finalmente decidí hablarle de las Banzai.

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Las Banzai eran tres. Siempre iban juntas. Tomaban la primera cerveza en el bar que mis amigos y yo frecuentábamos cuando teníamos diecisiete años. Nosotros las llamábamos las Banzai. Ellas eran más jóvenes, tendrían un par de años menos, o quizá o no, puede que tuvieran nuestra misma edad. Es difícil decirlo, nunca hablé con ellas, nunca les dirigí la palabra. Ellas tampoco nos hablaron jamás.

Pocos años antes de conocer a las Banzai, yo era un chico extremadamente tímido que jugaba a las chapas reproduciendo el Tour de Francia etapa por etapa y que pasaba horas interminables desplegando ejércitos de soldados en miniatura por jardines propios y ajenos. En un abrir y cerrar de ojos me vi en un descampado no para jugar con mis inofensivas chapas e inocentes soldaditos de plástico sino formando parte de una enloquecida pandilla armada de drogas hasta los dientes.

Mis amigos y yo éramos una pandilla de suicidas superados por los efectos del alcohol, el hachís y los ácidos. Teníamos algo de esos soldados que son enviados al frente sin preparación alguna, de carne de cañón. No estábamos preparados para recibir tanta metralla y menos aún para las sutilezas de la seducción femenina. Yo desde luego que no lo estaba. No sé que me aterraba más, las peleas o tener que hablarle a una chica que me gustaba. Ambas cosas me dejaban completamente paralizado. Algunos de mis amigos eran expertos seductores que no pestañeaban al acercarse a las chicas en antros y tugurios de todo tipo, otros, en cambio, eran guerreros consumados siempre listos para el combate y no dudaban un instante a la hora de soltar un buen par de puñetazos al primer despistado que pasaba por allí.

Yo destacaba en el arte del mutismo absoluto. Mis negras ojeras alcanzaban desmesuradas dimensiones y mi boca quedaba sellada ante el dantesco espectáculo nocturno del noroeste madrileño. Bares y discotecas atrozmente impersonales donde era ciertamente imposible no perder la cabeza ante tanta exhibición de mediocre superficialidad. La violencia era una salida fácil, lógica. No para mi, un ser amedrentado que tan sólo bajo los efectos de las drogas y el alcohol podía derrumbar todas las barreras de terror que me producían los demás.

Los viernes por la tarde, después de salir del colegio, llamaba uno a uno a todos mis amigos. Me pasaba una hora al teléfono. Quedábamos primero en mi casa. En mi terraza fumábamos los primeros canutos. Juntos cogíamos el auto-bus que nos llevaba al pueblo vecino. Una vez allí nos dirigíamos al bar donde coincidíamos con las Banzai.

Las Banzai tenían un estilo propio y cierta actitud de rebeldía, no eran como la mayoría de las chicas de la zona. La más alta era mi chica Banzai. Tenía el pelo largo y castaño cortado a flequillo. Era delgada, y en mi memoria la recuerdo vestida con un holgado jersey de lana, pantalones ajustados y zapatillas de deporte blancas muy gastadas. Sus ojos eran castaños y tenía unas ojeras que me resultaban muy atractivas. Tenía una mirada triste, o quizá es así como yo la quiero recordar. Su mejor amiga, con la que siempre parecía estar conspirando, era bajita y morena. De la tercera tan sólo puedo recordar que era rubia y que llevaba el pelo corto. Ninguna de ellas encajaba en aquel bar inmundo donde nos sentábamos tan cerca los unos de los otros en unas incómodas butacas blancas.

No coincidíamos con las Banzai en otro bar o discoteca de la zona. Seguramente saliesen luego por Madrid, tan sólo tomaban esa primera cerveza en el pueblo. Nosotros nos quedábamos en aquel maldito pueblo de mierda. No teníamos coche y las pocas veces que lo conseguíamos, resultaba verdaderamente milagroso no sufrir un accidente mortal.  Tuvimos suerte, otros no la tuvieron. En aquella época muchos conocidos míos encontraron la muerte en la carretera. Desaparecieron como estrellas fugaces en una noche de verano. Sus nombres se amontonan desordenadamente en el cementerio de mi memoria. En ese mismo cementerio olvidado descansaba el recuerdo de las Banzai hasta que resurgió de manera totalmente inesperada en una playa italiana.

Una noche coincidimos con ellas por la calle. Las vimos a los lejos, bajaban hacia la parada del auto-bus. Uno de mis colegas salió corriendo tras ellas gritando Banzai, Banzai, totalmente enloquecido. Creo que ellas no se dieron cuenta de nada, las vimos subir la auto-bus sin mirar atrás. Nuestro amigo, el idiota que las persiguió, resbaló y cayó al suelo. Desafortunadamente, no se hizo ni un triste rasguño. Lo hubiese matado en ese mismo instante. Nunca le perdoné.

Las Banzai dejaron de ir a tomar la primera cerveza en aquel bar. No las volvimos a ver. No tengo la menor idea de lo que habrá sido de sus vidas. No sé como se llaman. No las puedo buscar en Google, ni en Facebook y menos aún en la GuíaTelefónica.

Lo que tengo claro es que existía una silenciosa complicidad entre nosotros. Nos reconocíamos los unos a los otros. Nos hubiese gustado hablar otro idioma, haber tenido una familia diferente y haber estudiado en otro colegio. Nos hubiese gustado crecer en otro barrio, en otra ciudad, en otro país.

Monstruos.

El Frank Zappa del 12ème arrondissement.

En nuestro apartamento no hay lavadora. Todas las semanas toca ir a la laverie. Suelo ir a primera hora de la mañana que es cuando hay menos gente. Dejo la ropa dando vueltas dentro del tambor de la lavadora y me voy a tomar un allongé (café americano) al café de al lado. Allí me conocen, el camarero hasta me da la mano y todo. También conozco al dueño de la laverie, pero hablaré de él en otra ocasión, es todo un personaje que quizá merezca una petite histoire propia. Hoy quiero hablar de un parroquiano muy especial de este café de mi barrio. Es un tipejo de mediana edad, digamos de unos cincuenta y tantos años. Siempre lleva unos pantalones de cuero negro y una gorra. Llega al café a eso de las diez y cuarto de la mañana. Tiene un bigote tipo mostacho y el pelo un poco largo. Su forma de andar y de moverse es muy particular, como si fuera mucho más joven y aún viviera en los años setenta. Baja el Boulevard Diderot y antes de entrar en el café da un rodeo muy extraño, se le ve pasar de largo y a los cinco minutos vuelve y aparece por la puerta. Siempre hace lo mismo, da la impresión de que no es su intención entrar, pero que en el último momento decide hacerlo. Al entrar en el café, lo primero que hace es quitarse los cascos, son los suyos unos auriculares muy pasados de moda, de esos que se gastaban en los ochenta. El camarero, ese que me de la mano, le recibe fríamente, no parece alegrarse mucho de verle. El Frank Zappa del 12ème pide siempre un Kir (cocktail de sirope y vino blanco). Le llamo el Frank Zappa del 12ème porque una mañana de invierno aleccionó a un joven deportista sobre la música de los años setenta dejándole bien claro que Frank Zappa era, sin duda alguna, el más grande. Aquella mañana estuve a punto de desenmascararle, de decirle al joven deportista y al camarero que de hecho este hombre se parecía mucho a su ídolo. Ambos llevan el mismo bigote y la misma desaliñada melena. No lo hice y me alegro. El Frank Zappa del 12ème no es muy querido en el café, nadie parece aprobar su costumbre de beber Kir a las diez de la mañana. No es un tipo agresivo, pero resulta molesto, anacrónicamente molesto. Suele buscar conversación y los camareros le rehuyen. Es posible que hayan tenido algún problema en el pasado, lo ignoro, pero es evidente que el camarero no es fan suyo. El Frank Zappa del 12ème se toma su Kir y vuelve Boulevard arriba.

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Frankenstein en el Liceo.

En la última sesión del taller de escritura que estoy impartiendo en un Liceo parisino leímos un pasaje de Frankenstein de Mary Shelly. Les impresionó, les pareció que el Doctor Frankenstein era mucho más cruel que el monstruo.

«¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y déspota conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que yo sólo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en un demonio. Haz que sea feliz y seré virtuoso otra vez»

Historias de Djoko.

El otro día olvidé las llaves puestas en la puerta del apartamento durante toda la noche. A la mañana siguiente llamaron a la puerta, era Djoko. Nos dió las llaves. Ese mismo funesto día pasó lo inevitable, compartí el ascensor con Djoko. Él bajaba la basura y yo salía a ver a un amigo. Le di las gracias por lo de las llaves. Su enorme cara estaba demasiado cerca, sus bolsas de basura también lo estaban. Me dio una especie de golpecito cariñoso en la espalda mientras decía: «Attention aux clés!» Lo que me faltaba. Esta mañana de domingo está siendo especialmente movida Chez Djoko. Hay que salir de aquí cuanto antes.